sábado, 22 de marzo de 2008

La ética en el pensamiento de Paul Ricoeur

Nacido en Valence (Sureste de Francia) en 1.913, el filósofo y antropólogo Paul Ricoeur fue uno de los más talentosos exponentes de la tradición humanística europea y precursor de la corriente interpretativa de principios de la década de los 70. Entendiendo la libertad como la capacidad de iniciar procesos nuevos en el mundo, Ricoeur define la ética como la aventura de la libertad a lo largo de una vida, postulando sus fundamentos a partir de los propios elementos constitutivos del hombre, es decir, el deseo de ser y el esfuerzo por existir

Define la aspiración ética en términos de “tender a la vida buena, con y para los otros, en instituciones justas” dejando entrever su preocupación por el yo, por el otro y por la sociedad. Aquí se encuentran los elementos integrativos de su ética, en la que se evidencia su clara alusión Aristotélica (cuando se refiere a los fines del hombre) así como su conformidad Kantiana (en cuanto a la universalidad de la norma), pero añade un tercer elemento: el de la sabiduría práctica, defendiendo así la primacía de la ética sobre la moral, cuyos principios según dice, se encuentran inevitablemente confrontados en la complejidad de la vida. Es en este episodio de su reflexión filosófica, en el que Ricoeur conjuga su marco de pensamiento ético a través de la estima de sí”, la solicitud por el otro y el sentido de justicia

En un primer momento, argumenta que lo estimable en el "sí mismo" es: [1] la capacidad de actuar intencionalmente eligiendo mediante razones, y [2] la potestad de introducir cambios en el curso de la vida, materializando la capacidad de iniciativa. Si bien estos fundamentos de la estima de sí comportan el peligro de replegarse sobre el propio yo para tender a la vida buena (vivir bien), Ricoeur alude al desconocimiento de las exigencias sociales como circunstancia ajena al concepto de autoestima, suponiendo una relación de reciprocidad sustentada en la amistad y el respeto, a través de las cuales las personas se reconocen como insustituibles en el intercambio mismo. A este componente del saber práctico, Ricoeur lo denomina “solicitud”, enfatizando que nunca se podrá hablar de la estima de sí mismo sin que lleve aparejado un pedido de reconocimiento. De este modo, al considerar la autoestima como elemento originario de la pretensión de vivir bien, el hombre estaría moralmente obligado a: [1] reconocerse en el otro, y [2] reestablecer la igualdad donde no esté dada, siendo aquí conde adquieren relevancia los conceptos de solidaridad y justicia, mediante los cuales intenta compensar el desequilibrio en las relaciones de poder entre las instituciones y las personas, confiriéndole una connotación ética a las interacciones humanas como vía de entendimiento a partir de las diferencias, dando a entender que: [1] el vivir bien no se circunscribe solamente a las relaciones interpersonales, sino que se extiende a la vida de las instituciones, y [2] el concepto de justicia comporta exigencias de igualdad y solidaridad.

Calificado como una especie de Quijote intempestivo presto a defender con todas sus fuerzas el papel activo de la subjetividad frente a corrientes que propugnaban el entierro de lo humano, Ricoeur falleció en Francia en el año 2.005; pero por su férrea oposición a cualquier tipo de totalitarismo, por la amplitud y profundidad de su pensamiento hecho público en más de 20 obras, y por su demostrada voluntad de integrar tradiciones y escuelas aparentemente inconmensurables, sigue siendo reconocido como "el hombre de todos los diálogos" y junto con Gadamer y Vattimo, como uno de los máximos exponentes de la ontología hermenéutica y de la orientación lingüística y dialógica de la filosofía contemporánea.

Ver también:
La ética en el pensamiento de Jürgen Habermas
La ética en el pensamiento de Gianni Vattimo
La ética en el pensamiento de Edgar Morin