Premios Príncipe de Asturias: un oasis de esperanza


Durante los últimos años he podido asistir virtualmente a la ceremonia de entrega de los premios Príncipe de Asturias. Dos razones me obligan a ello: la primera, marcada por la fidelidad a mis raíces, la cual es ratificada al escuchar las notas del himno del Principado; la segunda razón es más egoísta, al permitirme sentir que mi línea central de pensamiento no es ajena a la de los hombres y mujeres de buena voluntad que en estos tiempos vacilantes, logran traspasar las tinieblas morales que acompañan nuestro viaje por los inciertos caminos de la vida.
Tanto las declaraciones de cada uno de los galardonados, como el discurso central de la ceremonia, dan cuenta de la existencia de un mundo cuya compleja naturaleza lo hace difícil de transitar, pero quizás la esencia de tal complejidad comience a dilucidarse tras afirmarse que “muchas de las viejas palabras ya no sirven para entender el presente”, y es que el paso de una sociedad previsible y fiable a otra indescifrable, en la que el poder se diluye en el espacio global, invita a “caminar sobre hielo fino”, evocando el deseo de huir de la incertidumbre como hábitat natural de la vida humana, y cuya esperanza representa el auténtico motor de todos nuestros empeños.
La complejidad del mundo está enraizada en la aventura de la vida, hoy sin brújula. Ese laberinto en el que nos hemos sumido, solamente puede ser desenmarañado mediante una conciencia crítica que conduzca a la reflexión profunda y que alumbre la forma de preservar los valores universales del humanismo, la libertad, la fraternidad y la tolerancia, al tiempo que se valore la riqueza de la diversidad humana como acicate para la convivencia armoniosa entre compañeros de viaje.
Cada año, los Premios Príncipe de Asturias llaman a la serenidad, a la libertad, a la justicia y a la concordia, pero también a la audacia y a la firmeza para luchar contra la violencia y el despropósito, constituyéndose así en indiscutibles referentes de unos valores que enaltecen la dignidad humana y que invitan a expresar, con la fuerza de nuestra lucidez, aquellos ideales mediante los cuales podamos generar ilusión y confianza.

El poder de la identidad en la gerencia


Del mismo modo como las personas y los colectivos poseen una identidad, la gerencia no escapa de esa necesidad. Como todo ente social, el aparato gerencial sumido en la complejidad, la incertidumbre y la violencia, requiere conjugar la adaptabilidad, la innovación y el compromiso, en su carácter de expresiones que definen el qué somos y el cómo somos.
Tres dimensiones pueden ser utilizadas en dicho intento de conjugación: 1) el propósito de la información y el conocimiento; 2) el significado otorgado a la gente, y 3) la forma como se toman las decisiones.
Respecto al propósito de la información y el conocimiento, son los valores y premisas culturales de la organización, las que señalan el conocimiento que se necesita, la forma de adquirirlo y el modo de utilizarlo. Ahora bien, ¿cuál es, para el gerente, el propósito de la información? Pudiera ser decidir o simplemente deducir; si se opta por decidir, se estaría cambiando el rumbo de los acontecimientos hacia un futuro cónsono con sus mayores ideales; claro está, habría que asumir el riesgo, la responsabilidad y la renuncia a otras opciones u alternativas; por el contrario, si la información sólo se utiliza para deducir las acciones a realizar, no sólo se mantiene una línea de maniobra que pudiera responder a intereses ajenos, sino que además se estaría debilitando la responsabilidad, justificándola en argumentos solamente cognitivos, pero no reflexivos desde una perspectiva moral.
Adicionalmente, la posesión de información pudiera interpretarse como un incremento del poder para doblegar voluntades, pero hoy sabemos que el verdadero poder en las organizaciones reside en la capacidad para crear y gestionar relaciones de valor. Por lo tanto, el para qué de la información constituye un elemento que determina la forma de pensar y, en consecuencia, la identidad.
Por otra parte, ¿cuál es el propósito del conocimiento adquirido? Pudiera ser unidireccional en el sentido de obtener la mayor rentabilidad en el menor tiempo posible, lo cual constituye un enorme error del que no escapa la mayoría de las organizaciones, puesto que hoy también sabemos que a pesar de que la rentabilidad continúa siendo la primera responsabilidad de la empresa, el conocimiento posee un propósito multidireccional con el fin de responder a los tres grandes retos de las organizaciones en este siglo, como son: garantizar la efectividad de sus modelos de gestión, procurar la trascendencia de sus miembros y obtener la legitimación social de su actividad.
La utilidad del conocimiento está condicionada por su propósito, es decir por los intereses que lo mueven. La gerencia pudiera interesarse tan solo en mantener estructuras y tradiciones; por el contrario, pudiera estar orientada a crear e innovar. Formulemos otra pregunta: ¿en qué lugar de la organización reside el conocimiento útil desde el punto de vista estratégico?... ¿en la cima, en la base; en la gerencia media? En consecuencia, al igual que en el caso de la información, el propósito del conocimiento, así como su ubicación, constituyen claras representaciones de una forma de pensar, la cual pudiera estar determinada por aspectos relacionados con una tradición académica o por la herencia de viejas usanzas, hoy en nada justificables.
En cuanto al significado otorgado a la gente, a ella se le puede mirar desde distintas ópticas: como un conjunto de seres obedientes y disciplinados; como entes manipulables en cuanto a sus intereses y creencias; como individuos cuyos intereses personales no se corresponden con los intereses colectivos; también pueden verse como seres adaptativos que luchan por sobrevivir, o bien como personas que no poseen las actitudes y aptitudes necesarias para actuar por sí solos; igualmente podemos verlas como las poseedoras de un talento que no hemos sabido aprovechar y cuya imaginación y creatividad son quizás más importantes que el conocimiento que poseen.
Recordemos que son nuestras creencias las que condicionan nuestras actitudes. Mientras la gerencia no reconozca el verdadero valor de la gente, sus actitudes hacia ella seguirán siendo las que han prevalecido a lo largo de la historia administrativa; actitudes que denotan cierto aire de superioridad jerárquica y cognitiva, y con ellas, comportamientos ajenos a la propia condición humana amparada en la libertad y la sociabilidad.
La libertad deviene en responsabilidad; los convencionalismos gerenciales han estado enfocados a construir individuos obedientes, más no responsables. Por añadidura, la ausencia de responsabilidad deviene en un alejamiento de la sociabilidad necesaria para configurar las nuevas y necesarias relaciones de valor que permitan transitar pacíficamente en las turbulentas aguas de la complejidad y la incertidumbre. Hoy más que nunca, la gerencia debe evolucionar, pero debe hacerlo con una identidad propia configurada a partir de la gente.
En lo que concierne a la forma como se toman las decisiones gerenciales, y dejando al margen las diferencias entre decisión y deducción (ya comentadas), abundantes son las muestras de la racionalidad instrumental que impera al momento de la elección, bajo el argumento de “yo hago esto porque conduce a lograr tal resultado”; también se evidencian las muestras de una racionalidad normativa, bajo la figura del “yo hago esto porque la norma así lo dice, o porque la norma no lo prohíbe”; pero además, existen múltiples evidencias de la racionalidad dramatúrgica que se encuentra presente en el aparato decisor... “yo hago esto porque es lo que mi superior desea que haga” o “yo hago esto para demostrar tal o cual cosa”; es decir que con la acción se pretende activar emociones ajenas que no se corresponden con la realidad, la verdad interior o las convicciones propias; por cierto, investigaciones recientes han revelado que este tipo de racionalidad se impone sobre cualquier otra.
Ahora bien, si estamos hablando de la necesidad de construir relaciones de valor como mecanismos para superar los graves desequilibrios que persisten, la racionalidad necesaria debiera ser la comunicativa, en el sentido de que el argumento por excelencia sería “yo hago esto, porque ha sido el producto de un acuerdo alcanzado” o “yo hago tal cosa porque ha sido un compromiso adquirido con la comunidad a la que van dirigidos los efectos de tal acción”. Obviamente, para utilizar dichos argumentos las personas debieron haberse despojado del enfoque en la sobrevivencia, del temor al reproche y a la recriminación.
Como se observa, la identidad opera tanto en el componente estático como en el dinámico que poseen todas las organizaciones. A partir de las creencias y significados, el componente estático define las pautas de nuestros valores y actitudes; por su parte el componente dinámico encuentra eco en la acción que deviene de la forma como se toman y ejecutan las decisiones.
En la conjunción de estas tres dimensiones se encuentra el ADN de la identidad gerencial, en otras palabras, la genética de una nueva forma de gestionar la complejidad y la incertidumbre, al tiempo que se reduce la violencia, tanto implícita como explícita, que padecen las organizaciones.
Recapitulando: los grandes desafíos sociales (en general) y organizacionales (en particular) están representados por la complejidad, la incertidumbre y la violencia (en todas su formas). Ante estos desafíos, la gerencia está llamada a obtener una identidad propia que responda a sus propias creencias y significados, para así incrementar la capacidad de adaptación a los nuevos valores emergentes, de innovación en cuanto a estrategias y procesos que impriman mayor dinamismo y efectividad, y el compromiso de las personas con sus propias convicciones, siempre y cuando sean compatibles con los intereses colectivos. Todo ello para responder a los tres grandes retos de la nueva gerencia: garantizar la efectividad de sus modelos de gestión, obtener la legitimidad social de sus actividades y procurar la trascendencia de sus miembros.
El poder de la identidad gerencial reside en la forma de maniobrar ante la complejidad, la incertidumbre y la violencia. Es ahí donde germina el orgullo de ser diferente.

Adaptabilidad, innovación y compromiso


No cabe duda que las organizaciones adolecen de cierta inconsistencia que se refleja en las continuas distorsiones entre pensamiento y acción, así como en la eterna lucha entre convicciones y responsabilidades, o entre la obediencia y la autonomía. Superar estas inconsistencias requiere la conjunción de tres palabras fundamentales por parte de la gerencia: adaptabilidad, innovación y compromiso.
En primer lugar, las organizaciones requieren adoptar un estilo gerencial que estreche su contacto con la realidad circundante y que responda a las aceleradas transformaciones culturales que se están dando en el seno de la sociedad. Tal como la ha señalado Gary Hamel, el mundo está experimentando un cambio al que las empresas deben adaptarse de forma urgente, pero la rapidez con la que el mundo se vuelve cada vez más turbulento, es mayor que la capacidad de las organizaciones para adaptarse, obteniéndose (en el mejor de los casos) respuestas tardías como producto de haber concentrado todo el poder y el dinamismo en la cima de la organización.
La necesidad de adaptación demanda una nueva forma de pensar y actuar, amparada en la autonomía y la responsabilidad de todos los miembros de la organización y no solamente de sus gerentes. En este sentido, la gerencia debe formular una meta estratégica que revierta el valor de la subordinación al “jefe” por el de la autonomía responsable, visualizando objetivos claros de aprendizaje y crecimiento, y sembrando la confianza en las potencialidades personales y el talento oculto y desaprovechado.
En segundo lugar y una vez que las organizaciones hayan internalizado las señales de cambio emitidas por la sociedad, debe implantarse la cultura de la innovación, no sólo en productos y servicios, sino sobre todo en gestión, de forma tal que los gerentes conozcan e indaguen nuevas ideas, estrategias y procesos que le impriman mayor dinamismo y efectividad.
En el mundo de hoy, el liderazgo ya no puede estar sostenido por un título universitario, un conocimiento adquirido o una experiencia acumulada, sino por lo que se es capaz de aportar a un colectivo; por ello, la gerencia tradicional sustentada en la autoridad verticalmente descendente, debe ser desplazada por un nuevo estilo definido por el poder de la gente para imprimir los cambios que la organización necesita, dotándola de libertad y de autonomía para la auto-gestión. Desde esta perspectiva, la alta gerencia está llamada a convertirse en la articuladora de un sistema en el que las órdenes son reemplazadas por las ideas, los reportes son bidireccionales y las decisiones emanan desde la base, para ser ejecutadas en sentido diagonal.
Por último, el conocimiento y la obediencia, en su carácter de factores que han moldeado la forma como se ha organizado la fuerza de trabajo, deben ser desplazados por el compromiso, lo cual implica mayor libertad pero también mayor disciplina, términos complementarios y no adversos como tradicionalmente han sido enfocados. Cuando la gerencia asocia la libertad con la indisciplina, se da una señal inequívoca acerca del desconocimiento que se tiene sobre las capacidades y potencialidades de la gente, incluso sobre su propia dignidad humana, lo cual inadvertidamente conduce a su marginación y con ella, a legitimar el bajo nivel de compromiso de los trabajadores con el futuro de la organización. Comprometer a la gente implica hacerla dueña de sus propias afirmaciones y decisiones, convirtiendo a la organización en una entidad social consistente con sus propias ideas, sus creencias y valores. Todo un reto que debe ser asumido para poder transitar sobre los complejos e inciertos caminos que nos depara el futuro.

Gerencia: entre la complejidad y la contradicción


En los turbulentos tiempos que nos ha tocado vivir, ciertas cualidades resaltan sobre otras características con las que pudiera pretenderse definir nuestro mundo; cualidades extremas que condicionan el ejercicio de la vida en sí misma y que obligan a adoptar una postura responsable ante los profundos dilemas y contradicciones en las que la sociedad se encuentra atrapada.
Tales cualidades definitorias no son otras que la complejidad, la incertidumbre y la violencia.
Vivimos en un mundo extremadamente complejo, enmarañado y confuso, hasta el punto que cada día se nos hace más difícil encontrar explicaciones lógicas a los problemas que la realidad nos presenta. La linealidad de las relaciones causa-efecto es cada vez más imprecisa; la ansiedad y la inmediatez se han apoderado de la dinámica cotidiana; lo legal no necesariamente encuentra cobijo en lo legítimo; hay un desconcierto mundial sobre los temas de índole económica, política y financiera, y como si no bastase con lo anterior, los valores fundamentales encuentran feroz oposición en nuevos valores emergentes. En extremo, esta complejidad social conduce a peligrosas conductas personalistas desprovistas de sentido social, provocando movimientos pendulares entre la sumisión oportuna y el radicalismo exacerbado; señales inequívocas de la pérdida de fe en los proyectos conjuntos.
La sociedad nunca ha sido educada para tolerar la complejidad. La formación tradicional siempre enfatizó la racionalidad, la lógica de la acción y el razonamiento cartesiano. En la palestra administrativa, el foco de atención estuvo representando por la certidumbre, el control, el orden y la predictibilidad, sin dar cabida a la posibilidad de coexistencia de lógicas incongruentes o contradictorias. Estas condiciones desembocan en la incertidumbre para la cual tampoco existen explicaciones racionales que tiendan a su neutralización. Hoy no sabemos cual parte del conocimiento adquirido sigue siendo útil; tampoco sabemos lo que ocurrirá en el futuro, por lo que no podremos saber que conocimiento será necesario. La incertidumbre sobre lo que ocurrirá, conjuntamente con la complejidad del presente, dificulta la comprensión sobre lo útil, lo necesario, lo justo y lo conveniente, invitando a los individuos a adoptar posturas victimistas más que comportamientos responsables. Del mismo modo como la sociedad no ha sido educada para tolerar la complejidad, tampoco ha sido educada para tolerar la incertidumbre.
El desgarrador aglutinante de la complejidad y la incertidumbre está representado por las distintas manifestaciones de violencia, desde sus formas más sutiles, como la violencia estructural y cultural, hasta las más notorias, como los intentos de destrucción física y moral de quienes se oponen a nuestras convicciones e intereses. Asistimos hoy a un mundo lleno de intimidaciones, confrontaciones culturales e ideológicas que no escapan a la dinámica organizacional. La agresividad ha llegado a convertirse en mecanismo de supervivencia, produciéndose con ella un repliegue personalista que al ser ajeno a las diferencias induce al maltrato y a la exclusión. Los sistemas de recompensas y castigos son buena muestra de ello, los manuales de normas y procedimientos están repletos de manifestaciones violentas bajo la figura de “prohibiciones”. Las imágenes del poder (tradicionalmente entendido) y la burocracia se han convertido en correas de transmisión de una violencia cómplice con los intereses propios, pero ajenos a la tolerancia, la comprensión y la justicia. En fin, la violencia quizás sea el adjetivo que mejor defina a la sociedad en su tumultuoso intento de progresar hacia lo desconocido.
Estas cualidades también son representativas de lo que ocurre en el ambiente gerencial; un ambiente que desde hace más de cien años no ha sufrido transformaciones significativas en sus líneas de pensamiento y acción, puesto que la productividad, la rentabilidad, la eficiencia, la eficacia, la efectividad y demás indicadores cuantitativos de desempeño, mantienen secuestradas otras dimensiones del comportamiento humano que no han sido reconocidas como catalizadores del éxito. De este modo nos encontramos ante una forma de gerenciar que no sólo ha perdido legitimidad social, sino que al mismo tiempo constituye una camisa de fuerza para la innovación y el logro de los más altos objetivos empresariales.
En la actualidad, la gerencia está generalmente enfocada a sobrevivir en un ambiente complejo, incierto y violento, configurando una entidad fría, calculadora y manipuladora, pero sobre todo, precaria en contenido humano e identidad. La gerencia ha sido alineada bajo una lógica escasamente dispuesta para servir de apoyo a la sociedad. Tradicionalmente el mercado ha estado separado de lo social, los trabajadores también han sido sustraídos de sus espacios relacionales, esa era la lógica dominante en los dorados tiempos de Taylor y Fayol, pero lastimosamente sigue siendo esa lógica la que aun está dominando el espectro de las organizaciones y sus gerentes.
En términos generales, la gerencia empresarial y la sociedad han venido transitando por distintos caminos, con muy escasa coherencia salvo la necesaria para no sucumbir ante las presiones del mercado; aun así y mientras los gerentes luchan ante las turbulencias cotidianas, a la empresa se le pide mayor implicación en los asuntos sociales y a contribuir con la consecución de los grandes objetivos del milenio. En fin, en pleno siglo XXI la gerencia pudiera ser conceptualizada como el penoso arte de manejar incongruencias y contradicciones.

Gestión estratégica en el CIDEC (videoconferencia)










Invitado por el Prof. Hender Labrador, se ofreció una video-conferencia a los participantes del Master en Ciencias Gerenciales del CIDEC en su núcleo de La Grita (Edo. Táchira) sobre el nuevo significado de la Gestión Estratégica en el mundo contemporáneo.

El tema fue abordado con sentido crítico a fin de propiciar la reflexión sobre aspectos de relevante interés, tales como: los múltiples retos y desafíos a los que se enfrentan las organizaciones y sus gerentes, la forma como ha evolucionado el poder en las organizaciones, el impacto de la capacidad de cambio en las posibilidades de éxito, los ingredientes fundamentales del posicionamiento estratégico, las vías de conexión de la empresa con su entorno, las fases intervinientes en la gestión estratégica y la importancia de la innovación en gestión, constituyéndose de este modo en los ejes alrededor de los cuales se generó la discusión e intercambio de ideas.

A raíz de las preguntas y comentarios vertidos por los participantes a lo largo de esta actividad, se pudo apreciar el alto grado de solidez argumentativa que poseen, así como la suficiente madurez intelectual para promover y gestionar los cambios que el sector empresarial necesita, lo cual no solamente fue enriquecedor, sino también representativo del ánimo y disposición para superar ciertos desequilibrios que aun persisten en el aparato gerencial, invitando a la confianza en las nuevas generaciones.

Mi agradecimiento al Prof. Hender y a todos los participantes en este programa, por haberme permitido compartir sus experiencias. Éxito !!!

Nueva gerencia: el diálogo como vehículo de conexión emocional


El pertinaz enfoque en la sobrevivencia, la crisis de valores que hoy se padece, la ausencia de esperanza y el temor a generar cambios, incluso en el marco de acciones moralmente válidas, son factores que convergen en los espacios organizacionales y que inducen a los individuos a procurar y sentirse satisfechos ante escasas ganancias marginales, sin trascendencia en sus mundos de vida, convirtiendo a la acción directiva en un sinónimo de precariedad cognitiva y moral que ante la imperiosa necesidad de satisfacer objetivos tecnocráticos de rentabilidad y eficiencia, produce la dislocación entre el saber y el poder, y con ella el distanciamiento entre inteligencia y voluntad para la toma de decisiones orientadas a la transformación moral de las organizaciones.
Ante la complejidad que se cierne sobre los sujetos que conforman las organizaciones, la transición a un nuevo estilo de pensamiento gerencial, no puede darse desde una perspectiva unilateral o con la simple asunción de la gerencia como vehículo de difusión de un discurso, sino como el resultado final de un proceso de gestación de sujetos postmodernos, mediante el que se posibilite la construcción de espacios de encuentro entre diferentes puntos de vista, percepciones e intereses, y en el que se armonicen posiciones jerárquicas, saberes reflexivos y saberes prácticos; todo ello a través de la demostración del respeto a partir del cual se posibilite la gestión e inclusión de las diferencias, y siempre tras el abandono de prácticas consustanciadas con el actual enfoque en la sobrevivencia.
La gestión de la transición debe procurar que emerjan compromisos emocionales a nivel individual; eso demanda un cúmulo de competencias directivas mediante las cuales se puedan conectar las intimidades de los individuos con sus responsabilidades organizacionales, lo cual no hace más que ratificar la concepción del poder como capacidad de relacionamientos, más que de dominación.
Para iniciar la transformación moral de la organización basta con entablar un diálogo como instrumento operativo mediante el que se demuestre el respeto hacia el otro a través de la escucha de sus interioridades y la dignificación de su subjetividad humana, lo cual implica poseer la suficiente capacidad para demostrar la emotividad, la autenticidad y la espontaneidad en su papel de elementos desde los cuales se podrá intentar la comprensión y aceptación de distintas visiones, heterogéneos intereses y diversos proyectos de vida que coexisten en un mismo espacio social.
El foco central de esta transformación reside en la conexión de emociones mediante la cual, los individuos dotados de libertad, sin presiones de sobrevivencia y provistos de un alto sentido de correspondencia social, serán capaces de realizar operaciones por sí y desde sí mismos dentro de lo que haya sido previamente enmarcado en el acuerdo moral que sostendrá el orden social. De este modo, la conexión de emociones se entiende como la construcción de una estructura moral, capaz de sostener la convivencia cívica y el despliegue de la autenticidad genuina por parte de los miembros que integran la organización.
Los invisibles muros ideológicos que se han levantado en el seno de las organizaciones, han obligado a los sujetos a aceptar determinismos e imposiciones que los convirtieron más en hacedores obedientes que en entidades propias con sentido de vida, pero los nuevos tiempos demandan borrar las cicatrices de profundas contradicciones socio-culturales que se han gestado durante la historia de la modernidad.
Dialogar para conectar emociones se constituye en el fundamento a través del cual se podrá comenzar a reemplazar los erosionados mapas morales y cognitivos que aun siguen señalando el devenir organizacional.
Del libro: "Repensar la organización: gerencia, ética y postmodernidad" © 2010 Eduardo Pateiro Fernández

Educación y valores para la nueva sociedad


¿Qué necesitamos conocer?... ¿Cómo construir el aprendizaje?... ¿Bajo cuáles premisas debemos educar y ser educados? Estas preguntas para las cuales no existen respuestas unívocas advierten sobre la enorme complejidad social en la que estamos sumidos; una sociedad que se debate entre la profanación de valores indispensables y la apología de una cultura en la que todo vale y en la que se incluyen los más aberrantes atentados contra la propia naturaleza humana.
Se está produciendo una enorme mutación cultural cuya génesis es multi-causal y por lo tanto difícil de aventurar, incluso pudiera pensarse que desconocemos cuál es el modelo de sociedad que deseamos. Entre la tolerancia y la permisividad surge la anarquía, y con ella la recóndita complicidad de quienes han perdido sus sueños e ilusiones, y con angustiante resignación confinan al ámbito de la poética la aspiración de una sociedad cuyos miembros tiendan a la vida buena, con y para los otros, en instituciones justas, tal como en una oportunidad lo mencionase el filósofo francés Paul Ricoeur.
La educación es el crisol en el que se funden viejos y nuevos valores con los que se dibuja la silueta de la sociedad contemporánea. Educar es un acto de fe y como tal, no se limita a la simple y oportunista transmisión de conocimientos que en muchos casos carecen de significado, sino también –y principalmente– a fraguar ciudadanos libres y responsables, forjadores del camino que habrán de transitar las próximas generaciones.
La sociedad clama por encontrar vías de aproximación que le permitan enfrentar sus actuales desafíos. Este es el propósito del simposio “Educación y valores para la nueva sociedad” que se realizará el próximo sábado 16 de octubre en la ciudad de San Felipe (Edo. Yaracuy) y en el que se abordarán temas como: la responsabilidad social universitaria; convivencia y cultura de paz; sociología de las organizaciones; empresa y humanismo; comunicación, poder y conflicto; ética y postmodernidad; ambiente, sostenibilidad y desarrollo; gestión del conocimiento; liderazgo educativo e inteligencia emocional.
Para conocer más sobre este evento organizado por el Centro de Investigación y Estudios Gerenciales, le invito a visitar la página: www.grupocieg.org o enviando un mensaje de correo electrónico a la dirección: eventos@grupocieg.org

Gerencia y valores en la nueva sociedad (coloquio)

El Centro de Investigación y Estudios Gerenciales (CIEG) está organizando el coloquio “Gerencia y valores en la nueva sociedad” cuyo propósito es debatir y profundizar sobre la interacción entre los individuos y el ambiente organizacional, específicamente desde la perspectiva de la vinculación entre los valores sociales contemporáneos y la dinámica gerencial.

El eje de discusión estará representado por la mutua relación entre la sociedad y las ideologías organizacionales, abordando el impacto de la gerencia como ente moldeador de actitudes y comportamientos, pero a la vez reflexionando sobre la influencia de los valores sociales emergentes en la configuración de un nuevo estilo gerencial y organizativo, acorde con la complejidad, ambigüedad e imprecisión que caracteriza el actual entorno organizacional.

El evento se realizará en la ciudad de Barquisimeto, el sábado 20 de Noviembre 2010.

Para conocer los detalles relacionados con la inscripción en este coloquio, puede enviar un mensaje a la dirección de correo electrónico: eventos@grupocieg.org o visitar la página Web: www.grupocieg.org

Gerencia avanzada: una cuestión de integridad


Así como las decisiones constituyen suprema expresión de inteligencia, la integridad se erige como la máxima representación de la condición humana, siendo fiel a los principios racionales, emocionales e intuitivos en los que se sustentan las acciones cotidianas.

Hablar de integridad es hablar de discernimiento acerca de las diferencias entre lo correcto y lo incorrecto, lo justo y lo perverso, lo pertinente y lo inútil; pero también es hablar de la voluntad para actuar conforme a lo que se haya determinado como lo correcto, lo justo y lo pertinente, revelando al mismo tiempo la disposición personal para reconocer las propias verdades y proclamarlas con transparencia y sin temor al traducirlas en decisiones y realidades.

La integridad demanda energía para transformar el pensamiento en acción, asimilar el error y recuperar la confianza; implica también la posesión del genuino talante para retar a las convicciones apartándose de lo establecido, enfrentar la incertidumbre, superar la condición de víctima y soslayar los sentimientos de culpa, dolor, rencor, venganza y envidia.

La integridad se yergue como el motor mediante el cual y de forma deliberada se avanza hacia lo desconocido huyendo de tradiciones deslegitimadas y carentes de significado. Dentro de ese espíritu, la gerencia se traduce en conjugar las competencias requeridas para el desempeño profesional, con las capacidades para comprender desde la perspectiva del otro y creer en el diferente, repotenciando interacciones y acuerdos sustentados en valores emergentes, influyentes y revitalizadores del conjunto social.

No existe justificación alguna para otorgarle un nuevo sentido a la gerencia mientras ésta no descanse en la integridad personal de quien la ejerza. Es éste el desafío que enfrentan las organizaciones porque ya es tiempo de iniciar el peregrinaje hacia lo desconocido, que no por desconocerlo deja de ser apetecible.

Más sobre Gerencia Avanzada:

Gestión de la diversidad humana: una tarea pendiente en las organizaciones



En las organizaciones, el conocimiento siempre ha estado enfocado a evitar la incertidumbre, a la búsqueda de la utilidad (eficacia) y al mejor aprovechamiento de los recursos y capacidades con las que cuenta la organización (eficiencia), lo cual ha desembocado en el desarrollo de una cognición procedimental muy asociada a la racionalidad normativa, y consecuentemente al énfasis en los obstáculos y las limitaciones, a la adopción de actitudes cerradas y sesgadas por parte de los entes directivos, y a la resolución de problemas como el eje central de la acción gerencial, todo lo cual bloquea la capacidad para generar alternativas novedosas de mejoramiento y de aprendizaje profundo, abriéndose las puertas a las desavenencias y a los estremecimientos emocionales que conducen a la frustración y al resentimiento hacia los demás.
La separación entre conocimiento y afectividad en los espacios organizacionales, es un factor desencadenante de los sentimientos de exclusión, sobreviniendo con ello los fanatismos, radicalismos, insensibilidades e intolerancias que lejos de ayudar a la consolidación de un tejido social armónico, conlleva a la profundización del repliegue monológico y a la progresiva ruptura de las relaciones interpersonales que, en definitiva, son las únicas a través de las cuales se puede promover la convivencia y el entendimiento.
Las referencias teóricas al binomio conocimiento/afectividad han tenido una larga tradición en las corrientes filosóficas, económicas y sociales, siendo hecho públicas por autores como Bilbeny, cuando afirma que “la emoción nos sostiene, porque hay algo emocional en todo intento de ser racional”; o por Velásquez Coccia, al señalar que “la emoción tiene que integrarse al modelo de la racionalidad para que sea posible acercarse con justeza al comportamiento racional”, pero en todo caso y centrándonos en la teoría administrativa clásica, el enfoque de la elección racional no sólo deja de incorporar la influencia de las emociones en los procesos de toma de decisiones, sino que además resalta la necesaria ausencia de correlación entre los afectos (enfocados a las personas) y las preocupaciones por la eficacia en el logro de los fines y la eficiencia en el uso de los medios, con lo cual se asoma una vía de aproximación para comprender las razones de una realidad organizacional marchita, profundamente deshumanizada, moralmente empobrecida y tristemente venerada por quienes ostentan el poder de elección.
Las emociones se constituyen en el catalizador del respeto a la diversidad e integrador de las diferencias; de no ser tomadas en cuenta, los individuos no podrán encontrar algún punto de apoyo en el que puedan sustentar su comportamiento con base en criterios éticos aceptados y compartidos, por lo que la interrogante que deviene de esta afirmación es cómo construir ese punto de apoyo.
Tal como lo ha señalado Víctor Guédez, en los tiempos actuales se impone aceptar que no habrá reconciliación y paz sin modelos participativos e incluyentes, y a la inversa tampoco podrán existir modelos participativos e incluyentes sin reconciliación y paz. Es en medio de esta relación en la que deben operar los esfuerzos gerenciales para reducir la percepción de sometimiento mediante la integración de los elementos conductuales y afectivos, de forma tal que los intereses individuales (personales y laborales) puedan conjugarse con los intereses organizacionales en cuanto a eficacia, eficiencia y efectividad, siempre desde el respeto a la singularidad propia de los sujetos organizados.
La conjugación de los componentes cognitivos, afectivos y emocionales en las organizaciones, se traduce en la consolidación de un capital social promovido a partir de una cultura de confianza, entendimiento y convivencia, lo cual implicaría aceptar que dichos espacios no existe algo que pueda ser considerado como definitivo o inamovible, y mucho menos cuando tales referencias son formuladas desde una perspectiva moral.
De lo anterior no sólo salta a la vista la importancia de integrar los aspectos conductuales y afectivos para permitir que los intereses individuales puedan convivir y ajustarse con los intereses organizacionales, sino también que la racionalidad estratégica, es decir los esfuerzos reflexivos y deliberativos enfocados a la obtención de resultados deseados, implica considerar las diversas posturas, perspectivas, valoraciones, emociones y conductas mediante las que se posibilitará la emergencia de un estilo de pensamiento gerencial representativo de la legitimidad de las diferencias cognitivas y morales, la participación en condiciones de igualdad, el compromiso hacia el bien común y la genuina disposición de coadyuvar al fortalecimiento de la dignidad humana.
La gestión de la diversidad humana en la organización procura transformar al ser humano modificando su proyección histórica, conduciéndolo a la creación de un nuevo marco cotidiano de la acción basado en la auto-conciencia de la libertad plena, apartándolo de una realidad que lo hace proclive a la sumisión, a la docilidad y a la descapitalización de su individualidad dentro del engranaje social, con lo cual se impone, por una parte, admitir la existencia de una realidad problemática que se desea superar y para la cual, las teorías clásicas de la administración no son capaces de ofrecer respuestas que integren los formalismos del enfoque utilitarista con las perspectivas teóricas que reconocen y defienden la identidad del sujeto, la diversidad dentro de la unidad y la disidencia como mecanismo de autoafirmación moral; en segundo lugar, se requiere la construcción de una red de garantías institucionales que permitan a los individuos manifestar activamente su voluntad de vivir de acuerdo a sus propias singularidades, sin menoscabo del componente instrumental del trabajo que, en definitiva, constituye la razón de su permanencia y aceptación en las organizaciones.
Así, la acción directiva debe ser considerada como un ejercicio de ética aplicada a las relaciones interpersonales, vehiculizado mediante el diálogo entre sujetos portadores de diversas concepciones valorativas, enfoques, intereses y perspectivas; diálogo que solo podrá ser fructífero si se obra en el terreno común de la esperanza, de la justicia y de la solidaridad.

Conocimiento e intención: el desorden moral de la gerencia

Cualquier decisión está revestida de intencionalidad, consecuentemente también está revestida de conocimiento, pero si tomamos como punto de partida la línea de pensamiento del profesor Antonio Berthier, debe considerarse que el conocimiento es toda construcción conceptual tendente a organizar y dirigir cualquier experiencia de vida, sin poder pretenderse su separación de las condiciones en las que se produce, sean éstas lógicas, biológicas, psicológicas, lingüísticas o sociales. De ahí que la intención se enmarca en el ejercicio de la razón práctica, por lo que su análisis adquiere especial relevancia para la reflexión ética.

Puesto que la decisión sobre el fin último se imbrica con la elección de las acciones necesarias para alcanzarlo, la intención, vista como producto de la reflexión y activador de la realidad, adquiere entonces un carácter doblemente normativo para el individuo dispuesto a decidir. Así, la intención en cuanto a los fines discurre de forma paralela con la intención respecto a los medios, no habiendo posibilidad de desagregarlas. De ese modo y dejando de lado el escrutinio sobre las consecuencias de la acción, la legitimación de las intenciones solamente será posible en la conciencia colectiva a través de la justificación, la cual también constituye un fenómeno moral, puesto que su esencia obliga a considerar los intereses y las intenciones de los afectados.

La fuerza del conocimiento reside en su potencial para construir una realidad, con lo que pudiera asumirse que la legitimidad del conocimiento sólo podrá ser obtenida mediante la legitimidad de las intenciones (en cuanto al fin y en cuanto a las acciones necesarias para alcanzarlo) a través de las decisiones sobre lo que debe mantenerse, adaptarse o transformarse para coadyuvar a una vida mejor, siendo éste el modo apropiado para que el individuo pueda honrar su responsabilidad en la revitalización de la sociedad en la que está inmerso y de la que forma parte; revitalización que sólo adquiere sentido práctico mediante la potenciación de la solidaridad, no en cuanto a la simple tolerancia o mediante muestras de aflicción por el dolor ajeno, sino como genuina adhesión a los intereses colectivos y como bisagra entre el egoísmo y el altruismo, capaces de generar y activar soluciones a los grandes problemas socio-contextuales que actualmente se padecen.

A la luz de las ideas anteriores, quienes aun sin proponérselo quizás hayan expresado mejor el significado de la ética en las organizaciones han sido, por una parte, Chun Wei Choo al caracterizar la organización inteligente como aquella que “…persigue sus metas en un ambiente cambiante adaptando su comportamiento de acuerdo al conocimiento que tiene de sí misma y del mundo con el que interactúa…” y por la otra, Peter Senge, quien ofrece una definición de la empresa inteligente como “aquella que está organizada de forma consistente con la naturaleza humana”. Ambas citas invitan a plantear el conocimiento como una expresión cultural que fluye desde las más profundas creencias hasta la materialización de unos resultados; pero también como expresión de la inteligencia humana para alcanzar un ideal (futuro), amoldándose a los cambios del entorno (presente), pero sin perder la perspectiva histórica que emana de la tradición y la memoria colectiva (pasado).

Así, todo ente social inteligente (incluida la organización) parece sincronizar dos grandes ejes alrededor de los cuales gravita su pensamiento y acción: el primer eje conjuga la esperanza con el discernimiento, mientras que el segundo, fusiona el entendimiento con la posibilidad. Estas cuatro variables adquieren sentido práctico a partir del momento en que se logre el equilibrio reflexivo de la mente y cuando deliberadamente se asuma una posición crítica ante la vida, la sociedad, la economía, la política y la tecnología. Es decir, la esperanza en el futuro sólo puede surgir del discernimiento, pero a la vez, el discernimiento se ampara en la idealización del deseo. Por otra parte, materializar cualquier posibilidad requiere del entendimiento de lo justo y de lo necesario, pero dicho entendimiento no puede ser ajeno a las propias posibilidades que residen en el contexto.

La crisis ética que actualmente se evidencia en las organizaciones no es más que una crisis de conocimiento y de inteligencia para actuar de forma consistente con la naturaleza humana. Crisis que se manifiesta mediante la des-esperanza y el des-entendimiento, que anulan la capacidad de discernimiento a favor de lo humano e ignora las posibilidades que excedan lo estrictamente convencional. Pero además, como organización social, la crisis ética de la empresa también engendra una crisis de confianza en el futuro (ante la desesperanza) y también en el presente (ante el desentendimiento); desconfianza que a su vez actúa como catalizador del egoísmo y del individualismo, fuentes éstas de la barbarie, de la antinomia social y del desinterés que anula la conciencia ética.

En fin, es del desorden moral que impregna la mentalidad de las organizaciones tradicionales, del que surgen los vacíos éticos y del que derivan las decisiones basadas en la emotividad disimulada, el placer por lo inmediato, la utilidad como principal valor, la eficacia de los medios, la racionalización de los fines, la acumulación de capital como norte, la indiferencia como rutina, el desinterés por el otro, la incomodidad del diferente, el aborrecimiento del riesgo, la evasión de la responsabilidad, el resguardo del poder y la intolerancia al error. En suma, decisiones basadas en opacos intereses y en intenciones solamente justificables desde la desesperanza y el desentendimiento.


Extracto del libro: “Repensar la organización: gerencia ética y postmodernidad” © 2010 - Eduardo Pateiro Fernández

Coloquio: Gerencia y valores en la sociedad emergente












El pasado viernes 3 de Septiembre, en la sede de la Cámara de Comercio del estado Lara (Barquisimeto) se realizó el coloquio “Gerencia y valores en la sociedad emergente” organizado por el Centro de Investigación y Estudios Gerenciales en el que se debatió y profundizó sobre la interacción entre los individuos y el ambiente organizacional, específicamente desde la perspectiva de la vinculación entre los valores sociales contemporáneos y la dinámica gerencial.

El eje de discusión estuvo representado por la mutua relación entre la sociedad y las ideologías organizacionales, abordando el impacto de la gerencia como ente moldeador de actitudes y comportamientos, pero a la vez reflexionando sobre la influencia de los valores sociales emergentes en la configuración de un nuevo estilo gerencial y organizativo, acorde con la complejidad, ambigüedad e imprecisión que caracteriza el actual entorno organizacional.

Los panelistas Yohander Sánchez, María Isabel Peña de Crespo, Olivia Sosa y Marlenis Castellanos, articularon sus muy interesantes disertaciones con temas como los nuevos retos para la gerencia, la responsabilidad como valor vinculante entre la sociedad y la empresa, los valores transcendentales en las organizaciones inteligentes y la disyuntiva comunicacional en las sociedades emergentes.

Los asistentes demostraron una vez más su altísimo interés por la problemática gerencial y social que hoy se vive, y formularon acertadas reflexiones que invitan al optimismo y a la confianza en las próximas generaciones.

Entre las conclusiones parciales más relevantes, destacan las siguientes:

Me parece que los puntos tratados son los más importantes en la rama de la gerencia, ya que la necesidad actual de la sociedad lo amerita para así lograr romper los paradigmas y poder lograr con unos valores propios y humanos, una gerencia y una planificación eficiente, tal como la realidad lo exige actualmente.

Lo que nuestra sociedad requiere es que dejemos de ser demandantes y seamos ofertantes; también requiere que todos trabajemos en grupo, y lo más importante: que sepamos lo que estamos haciendo; para esto es necesario tener cualidades como lo son: motivación, responsabilidad, humildad y sobre todo solidaridad para el bienestar de la sociedad.
Utilizar nuestro rol, lo que sabemos, nuestra especialidad para aportar ayuda al movimiento en sociedad y llevar en la mente los valores humanos. Como individuos, tenemos este procedimiento en mano, en pocas palabras, somos responsables de lo que acontece a nuestro alrededor.
La comunicación no es lo mismo que hablar por medio de un aparato. Lo ideal es que se interactue sin pensar que se ha perdido la normalidad, pero este mundo es cambiante y ya esto es adaptación.
Trabajar en equipo no es solamente dejarle todo a unos cuantos, sino unirnos en conjunto para lograr los objetivos como tales, ver qué queremos lo que creemos para obtenerlos; para esto, el cambio interno y la seguridad en cada uno es fundamental.
La responsabilidad es una de las principales facetas que se deben tener para manejarnos ante la vida y la sociedad.
En el mundo globalizado y cambiante, se necesita un liderazgo más flexible y ético, con una gerencia del talento humano más participativa, justa, responsable, solidaria, prudente y tolerante.
La gerencia enmarca muchos paradigmas, lo cual contribuye a mejorar las relaciones funcionales e interpersonales en una organización; para ello hay que tener presentes los valores que vinculan a la sociedad con las empresas.
La gerencia actual rompe los paradigmas de la modernidad, fortaleciendo los valores individuales para lograr un cambio que nos vincule con la responsabilidad social que emerge de las necesidades del colectivo y que estaban al margen del ser humano. Ahora se incrementa la solidaridad como bien común, aflorando la creatividad y la tolerancia como valores transformadores de actitudes y aptitudes, direccionados por los medios de comunicación que nos conectan con todos los escenarios del mundo al mismo tiempo.
Los retos que se presentan en esta sociedad emergente, buscan encaminar una filosofía de vida acorde con la responsabilidad que cada individuo tiene con la sociedad en pro del bienestar común, en donde exista una mejora creciente de las conductas ciudadanas encaminadas a crear un ambiente innovador en las organizaciones, en las que reinen valores transcendentales como la justicia, la armonía, la prudencia, la tolerancia y la solidaridad, como conductas que reclaman urgentemente la nueva arquitectura organizacional, ya que ante la gran cantidad de información que nos invade día a día a través de la tecnología, nos lleva a la disyuntiva de que solamente reforzando los valores individuales, podremos tener una comunicación interpersonal de calidad, por cuanto los nuevos lenguajes comunicacionales, como el Internet y los celulares, a pesar de su inmediatez, crea una distancia entre el entorno familiar.
Para cambiar los paradigmas de una organización, ya sea educativa o empresarial, hay que tomar en cuenta la motivación y la flexibilidad, así como también los problemas que emergen en la sociedad; hacer de los problemas un fuerte y atacar las debilidades que se puedan tener sin culpar al recurso humano de cualquier error que se pueda cometer. Hay que aprovechar las nuevas tecnologías para facilitar el trabajo y promover los valores y la cultura en el ámbito social.
Debido a que nuestra sociedad está cambiando de una manera muy rápida, necesitamos encontrar una forma de adecuarnos a esos cambios, mantener nuestros principios y tenerlos siempre presentes, buscar la equidad en la empresa, generar confianza a los empleados pero siempre manteniendo el respeto, ser responsable de lo que se hace e ir más allá (superarse)
Para enfrentar los nuevos retos y disyuntivas tenemos que reforzar los valores adquiridos, rompiendo los paradigmas y adaptándonos al cambio de las organizaciones. Se necesita un liderazgo perseverante, con valores positivos, responsabilidad e integridad ética y moral, respetuoso de los derechos humanos, consciente en la toma de decisiones, coherente con respecto a lo que se piensa y dice, y tolerante en relación a la convivencia.
A medida que los años pasan, la sociedad muestra cambios en sus distintos campos, cambios efectuados por la innovación y aplicación de nuevas ideas que nos afectan, ya sea positiva o negativamente; por eso debemos aplicar nuevas teorías que traigan como resultado el aprovechamiento y explotación de todos sus beneficios, es decir que no debemos quedarnos en las estructuras antiguas para mantener la uniformidad, sino de trazar nuevas metas, nuevas estructuras que vayan paralelamente con la tecnología y la conducta social.

Todos los asistentes recibieron el CD del libro “Repensar la Organización: gerencia, ética y postmodernidad” así como su correspondiente certificado acreditativo de participación, quedando invitados para la próxima cita en la ciudad de San Felipe el viernes 15 de octubre, en la que se debatirán nuevos y relevantes temas.

La información sobre el próximo coloquio está disponible en la página: www.grupocieg.org