La ética en el pensamiento de Paul Ricoeur

Nacido en Valence (Sureste de Francia) en 1.913, el filósofo y antropólogo Paul Ricoeur fue uno de los más talentosos exponentes de la tradición humanística europea y precursor de la corriente interpretativa de principios de la década de los 70. Entendiendo la libertad como la capacidad de iniciar procesos nuevos en el mundo, Ricoeur define la ética como la aventura de la libertad a lo largo de una vida, postulando sus fundamentos a partir de los propios elementos constitutivos del hombre, es decir, el deseo de ser y el esfuerzo por existir

Define la aspiración ética en términos de “tender a la vida buena, con y para los otros, en instituciones justas” dejando entrever su preocupación por el yo, por el otro y por la sociedad. Aquí se encuentran los elementos integrativos de su ética, en la que se evidencia su clara alusión Aristotélica (cuando se refiere a los fines del hombre) así como su conformidad Kantiana (en cuanto a la universalidad de la norma), pero añade un tercer elemento: el de la sabiduría práctica, defendiendo así la primacía de la ética sobre la moral, cuyos principios según dice, se encuentran inevitablemente confrontados en la complejidad de la vida. Es en este episodio de su reflexión filosófica, en el que Ricoeur conjuga su marco de pensamiento ético a través de la “estima de sí”, la “solicitud por el otro” y el “sentido de justicia”

En un primer momento, argumenta que lo estimable en el "sí mismo" es: [1] la capacidad de actuar intencionalmente eligiendo mediante razones, y [2] la potestad de introducir cambios en el curso de la vida, materializando la capacidad de iniciativa. Si bien estos fundamentos de la estima de sí comportan el peligro de replegarse sobre el propio yo para tender a la vida buena (vivir bien), Ricoeur alude al desconocimiento de las exigencias sociales como circunstancia ajena al concepto de autoestima, suponiendo una relación de reciprocidad sustentada en la amistad y el respeto, a través de las cuales las personas se reconocen como insustituibles en el intercambio mismo. A este componente del saber práctico, Ricoeur lo denomina “solicitud”, enfatizando que nunca se podrá hablar de la estima de sí mismo sin que lleve aparejado un pedido de reconocimiento. De este modo, al considerar la autoestima como elemento originario de la pretensión de vivir bien, el hombre estaría moralmente obligado a: [1] reconocerse en el otro, y [2] reestablecer la igualdad donde no esté dada, siendo aquí conde adquieren relevancia los conceptos de solidaridad y justicia, mediante los cuales intenta compensar el desequilibrio en las relaciones de poder entre las instituciones y las personas, confiriéndole una connotación ética a las interacciones humanas como vía de entendimiento a partir de las diferencias, dando a entender que: [1] el vivir bien no se circunscribe solamente a las relaciones interpersonales, sino que se extiende a la vida de las instituciones, y [2] el concepto de justicia comporta exigencias de igualdad y solidaridad.

Calificado como una especie de Quijote intempestivo presto a defender con todas sus fuerzas el papel activo de la subjetividad frente a corrientes que propugnaban el entierro de lo humano, Ricoeur falleció en Francia en el año 2.005; pero por su férrea oposición a cualquier tipo de totalitarismo, por la amplitud y profundidad de su pensamiento hecho público en más de 20 obras, y por su demostrada voluntad de integrar tradiciones y escuelas aparentemente inconmensurables, sigue siendo reconocido como "el hombre de todos los diálogos" y junto con Gadamer y Vattimo, como uno de los máximos exponentes de la ontología hermenéutica y de la orientación lingüística y dialógica de la filosofía contemporánea.

Ver también:
La ética en el pensamiento de Jürgen Habermas
La ética en el pensamiento de Gianni Vattimo
La ética en el pensamiento de Edgar Morin

El progreso como construcción ética

Desde hace varios siglos, a la noción de progreso se le asocian las ideas de libertad, igualdad, crecimiento económico y desarrollo social; pero aún así, en el mundo contemporáneo se evidencian tensiones y desacuerdos sobre estos cuatro valores fundamentales. De hecho, la búsqueda de la igualdad social encuentra oponentes en quienes defienden la supremacía de la libertad individual; y suficientemente ha sido demostrado que el crecimiento económico no siempre es paralelo al desarrollo social, pudiendo incluso avanzar en sentidos contrapuestos. Desde esta perspectiva pareciera que tanto el determinismo tecnológico como la emergencia de lo irracional, propios de esta primera parte del siglo XXI, son incapaces de ofrecer respuestas a la pretensión de progreso.

En un artículo publicado por Francisco Contreras titulado “El concepto de progreso: de San Agustín a Herder” (2.003) su autor define el progreso como "la evolución necesaria y gradual del conjunto de la especie hacia algún tipo de perfección o plenitud”. Aunque reconoce que existen diferentes ritmos de progreso, enfatiza que ese término debe aludir a la especie en su conjunto, mas no con referencia concreta a una cultura particular o a un pueblo determinado. El autor no precisa a qué tipo de progreso se refiere; si al progreso relacionado con el perfeccionamiento técnico o cognitivo (perspectiva epistémica), al progreso visto como un incremento de la felicidad (perspectiva eudemónica), o al progreso visto como un perfeccionamiento moral (perspectiva ética); quizás apunte al progreso de la humanidad como integración de estas tres vertientes, o acaso esté simplemente defendiendo la ilusión del progreso como un imperativo del hombre y la razón de su existencia tras el abandono de la fe en la providencia; pero al analizar dichos señalamientos, se advierte que el autor no apela a la subjetividad del ser, quien es el único que puede construir y utilizar su conciencia sobre lo que debe considerar como progreso, para así poder valorar monológicamente sus efectos, mediante su postura cognitiva y moral respecto a sí mismo y hacia la sociedad.

Es precisamente esta omisión, la que conduce a entender la postmodernidad como una respuesta natural ante el agotamiento cultural del proyecto social moderno en su pretendida búsqueda del progreso global, de la felicidad, de la equidad y del bienestar general fundamentado en un discurso moral de carácter universal, deduciéndose que la emergencia del sentir postmoderno radica en la idea del progreso inalcanzado y en la crisis de sus fundamentos.

Tal como apuntase Rigoberto Lanz, el desvanecimiento de la modernidad como epísteme, supone que la ética del progreso ya no puede validarse por si sola, o como bien lo señala Nuria Almiron, quien luego de afirmar la paulatina pérdida de confianza en el progreso que ha caracterizado al siglo XX, advierte que estamos rodeados de la existencia de un progreso material, esencialmente tecnológico-digital, no siendo fácil emitir un juicio respecto a su impacto en la vida moral de los individuos.

Acerca de este cuestionamiento moral del progreso, el filósofo francés Edgar Morín reflexiona sobre los imperativos en los que debe sustentarse su autodenominada «ética planetaria» al dar cuenta de que la humanidad debe definir los límites de su expansión material y correlativamente, emprender su desarrollo psíquico, moral y mental. Desde esta perspectiva, parece claro que el bienestar no puede expresarse sino en términos que evoquen el equilibrio entre materialidad, conocimiento y moralidad; equilibrio éste que sólo puede ser buscado y percibido en la capacidad reflexiva del propio ser, a partir de la conciencia particular de cada individuo.

Lo anterior invita a considerar que ante la aparición de una nueva cultura social, paradójicamente como consecuencia del debilitamiento de su libertad para decidir y de la cada vez menor utilización de la razón técnica-instrumental como método de elección, el hombre atraviesa un tiempo caracterizado por un cambio de conciencia sobre el bien y el mal, y por un reencuentro con los valores humanísticos. En el mundo actual no solo deja de tener sentido el pensamiento de Descartes, cuando anunciaba que la razón era superior a la experiencia como camino para obtener el conocimiento, sino que en este escenario, el conocimiento adquirido por cualquier método se fragiliza, pudiendo incluso cuestionarse su utilidad ante las evidencias de un mundo caracterizado por la necesidad continua de desaprendizaje y cambio; al respecto, conviene sin duda citar a Wagensberg, quien resume sus dudas preguntándose si acaso sabemos lo que deseamos saber.

Según parece, la conciencia intelectual está perdiendo su solidez, sumergiendo al ser humano en una debilidad reflexiva de la que sólo puede escapar recurriendo a su propia concepción integral a través de la conciencia moral; sin embargo, en un mundo cada vez más interdependiente, el hombre ético no puede sustentarse en el mero reconocimiento de sus errores y en el consiguiente cambio de sus creencias, sino en su capacidad de disentimiento como única vía para promover el «intersubjetivismo dialógico-argumentativo», mediante la reafirmación de sus diferencias respecto a los demás y el respeto activo a las conciencias reflexivas que le son ajenas, sumiéndolo en una ética de la utilidad, del deber y de la virtud, profundamente relacionadas con la idea de la libertad en la que Savater centra el concepto ético del hombre, cuando afirma que la ética es la actitud ante la libertad propia en relación con la libertad individual y social de otros.

De aquí que la noción de progreso, vista desde la profundidad de la conciencia individual, encierra la idea de voluntariedad y con ella, el concepto de responsabilidad como capacidad de imputación ética (Dianes) y del individuo como valor intrínseco y no meramente instrumental (Donaldson), surgiendo así cuatro elementos que convenientemente estructurados permiten asegurar su coherencia cognitiva: [1] La pretensión del bienestar conduce a la noción reflexiva de progreso, debiendo ser entendido como el equilibrio entre materialidad, conocimiento y moralidad, [2] pero al ser reflexiva, la noción de progreso subyace en la profundidad de la conciencia particular de cada individuo, por lo que su concepción y búsqueda no deja de ser libre y voluntaria; por lo tanto, dentro de los dominios de la ética. Por otra parte, [3] la libertad y voluntariedad inducen la idea de responsabilidad para con el yo y el otro, como núcleo de la capacidad de disentimiento, lo cual implica [4] la reafirmación de las diferencias y el respeto por las conciencias ajenas, evocando la idea de solidaridad con los principios en los que se fundamentan.

Es así como en respuesta al reconocimiento de la complejidad humana y al paulatino desmoronamiento de las bases filosóficas en las que se ha pretendido sustentar la búsqueda del tan anhelado progreso, estos cuatro elementos (equilibrio, libertad, responsabilidad y solidaridad) conducen a entender la perspectiva ética que en su papel de orientadora para la consecución de los fines del hombre, debiera definir los rasgos de su actuación dentro de cualquier contexto social.

Etica, pluralismo y reciprocidad

La realidad construida e interpretada por el hombre se convierte en el instrumento por excelencia para comprender las bases que sostienen la convivencia social. Las realidades empíricas – al mismo tiempo que ideológicas – constituyen el punto de partida para redefinir el rol del hombre sumido en la heterogeneidad, la diversidad cultural y la conflictividad social. La hermenéutica está desplazando a la noción de “verdad” y en consecuencia enarbola la bandera del pluralismo, entendiéndose éste como el aglutinador de los diversos horizontes de significados e identidades que coexisten en un mismo ámbito espacio-temporal, sustentadas en premisas solamente derivadas de quienes enuncian tales significados.

El legítimo pluralismo que se evidencia en las interacciones cotidianas y en los discursos económicos, políticos y sociales, más que una respuesta ante la necesidad de tolerancia y comprensión, obedece al reconocimiento explícito de la pérdida de los fundamentos normativos comunes con los que durante siglos se pretendió sustentar el progreso de la humanidad; dicho de otro modo, obedece al debilitamiento de la certidumbre y de la verdad, así como al ocaso de las corrientes epistemológicas y metodológicas amparadas en la ingenua presunción de que toda pregunta válidamente formulada era poseedora de una única respuesta.

Esta situación posee profundas implicaciones éticas, suficientemente desarrolladas por el canadiense Charles Taylor, quien ya en 1.994 advirtió de que cualquier forma de autorrealización que niegue las vinculaciones del hombre con los demás, atenta contra la propia autenticidad de las personas, dejando entrever así el carácter dialógico de las relaciones humanas, la fidelidad hacia sí mismo como el imperativo moral en el que se sustentan las ideas de auto-reconocimiento y auto-realización, y la reciprocidad como vía de escape del individualismo y el relativismo moral, siendo en este punto donde la ética tiene algo que decir, pues es en el amor recíproco donde se centra la principal motivación para actuar éticamente

Es así como la reciprocidad se convierte en el imperativo moral de la construcción cotidiana; construcción ésta que a través de la deliberación y la tolerancia, invita a encontrar soluciones temporales a las permanentes tensiones generadas por la coexistencia de valores encontrados, heterogéneas culturas y disímiles interpretaciones de la diversidad social. Todo un reto que debiera formar parte del discurso normativo y del discurso de la vida.


La ética en el pensamiento de Gianni Vattimo


Inspirado en las obras de Nietszche y de Heidegger, el filósofo italiano Gianni Vattimo (1.936) es un fiel representante de la actual condición postmoderna, quien a través de lo que denomina “pensamiento débil” y “ontología del declinar”, ha puesto de manifiesto, por una parte, la crisis de la modernidad, y por la otra, la idea de que no existe ningún tipo de certidumbre que conduzca a la razón y a la verdad, sino que todo es interpretación. Así, al destacar sus conexiones con los rasgos postmodernos de la sociedad, Vattimo sitúa a la hermenéutica como el idioma común de la cultura contemporánea, y con ello presenta su propuesta sobre una ética de la interpretación como fórmula que abre la oportunidad a la diversidad y a la pluralidad.

Su pensamiento se centra en la revisión del papel de la filosofía en la sociedad y los efectos sociales del pensamiento en las prácticas cotidianas, sobre todo tras el desarrollo de los mass-media y el nuevo esquema de valores e interrelaciones. Vattimo parte de la premisa de que no existen hechos, sólo interpretaciones, por lo que no podría concebirse el pensamiento postmoderno alejado de la ética, pues ya de por sí, este modo de pensamiento alberga una finalidad ética que, dada la ausencia de verdades absolutas, se manifiesta en la necesaria interpretación de la realidad. Ante esta tríada (postmodernidad – hermenéutica – ética) la ética no podría estar fundamentada en valores, o supeditada a fundamentos irrevocables, sino que en todo caso la actividad ética se limitaría a proponer valores a través de la argumentación, erigiendo un nuevo sentido de responsabilidad hacia el futuro pero sin renunciar a la validez de la tradición histórica. En este sentido, la responsabilidad de los actos derivados de la interpretación se constituye no solo en la autoconstrucción del hombre y de su realidad, sino también en la herencia interpretativa que legará a sus sucesores, conformánose así un permanente diálogo histórico-cultural.

Tras la afirmación de que la ética no puede hablar en términos demostrativos, Vattimo concibe una ética persuasiva, propositiva, que no determine la acción sino que la posibilite. Su ética de la interpretación no se sustenta en imperativos, sino que trata de responder a los acontecimientos propios de la época en la que se contextualiza la acción, apoyándose en la negociación y el consenso como mecanismos para la toma de decisiones y la elección responsable. De este modo, ante el debilitamiento de los dogmas que han inspirado la actuación del hombre, Vattimo deja de lado los prejuicios y trata, no sin controversias, de sentar las bases de una nueva cultura del pluralismo y la tolerancia.

Ver también
La ética en el pensamiento de Paul Ricoeur
La ética en el pensamiento de Jürgen Habermas
La ética en el pensamiento de Edgar Morin

No es lo mismo la validez de las demostraciones matemáticas que la persuasión de los discursos éticos… (Gianni Vattimo)

Etica para incrédulos

Causan asombro las opiniones de quienes afirman que las tonterías se difunden con mayor eficacia y rapidez que las ideas sensatas. Ese asombro no es tanto causado por lo que se deja entrever en cuanto a la laxitud del hombre, la superficialidad del pensamiento, la plausibilidad del absurdo o la negación de lo obvio, sino más bien por el velo de presuntuosa autoridad con la que se pretende juzgar algo como tonto o como sensato.

Paradójicamente, los supuestos que sustentan tales expresiones están acompañados del rechazo a creer algo; y lo que es más grave, de la incredulidad en lo posible, aún cuando lo que se visualice como imposible sea deseable. Es precisamente esa desesperanza la que quebranta las bases morales del desarrollo humano, creando una brecha entre los fundamentos del hombre y sus prácticas cotidianas.

A modo de ejemplo, sería deseable que dentro de algunos años, las organizaciones –en cuanto comunidades morales- estuviesen regidas por prácticas discursivas capaces de sostener un nuevo orden social, siendo sensato entonces admitir que en virtud del deseo para alcanzar tal grado de desarrollo, habrán de incorporarse cuanto antes nuevos esquemas de comprensión del hombre y su mundo; pero lo que resultaría aterrador sería que dadas las enormes dificultades actuales para modificar hábitos, costumbres, modos de vida y estilos de pensamiento, califiquemos como tonta la posibilidad de alcanzarlo.

De ese modo se advierte la persistencia de una filosofía del sujeto capaz de decidir lo que cree y lo que no, lo que le es útil o lo que encaja dentro de sus ideales; evidenciando el alejamiento de la inter-subjetividad mediante la que a través del lenguaje, se de rienda suelta a la imaginación discursivamente construida, a lo colectivamente plausible, al descreimiento de aquellas razones, mitos e ideologías que han caracterizado la historia del hombre gestado en la modernidad, y al escepticismo sobre las pretensiones de progreso, porque tal como lo comenta Vattimo, el progreso se ha vuelto rutina. Entonces, si ya no es sensato hablar de progreso como fin último del hombre y la sociedad, ¿a que nos conduce la idea de sensatez?

Hablar de sensatez es hablar de una racionalidad infundida en la lógica de la modernidad, no queriendo esto decir que el hombre inspirado en un pensamiento posmoderno, sea insensato o irracional. Quizás comporte lo contrario. Escuchar suponiendo que lo que se dice es verdad, implica más sensatez que la utilizada para negar lo dicho por otro cuando tal negación se sustenta en razones que simplemente emanan del monólogo subjetivo. Esto nos invita a entender que existen dos dominios de incredulidad: la incredulidad respecto a los fundamentos de la cotidianidad (lo cual nos remite al pensamiento crítico) y la incredulidad respecto a los fundamentos del futuro deseado, la cual está revestida de tan perverso poder que es capaz de neutralizar la propia capacidad de crítica y acción.

En cuanto al primer dominio de incredulidad, sabemos que la realidad del hombre social no puede comprenderse mientras sigamos estando sujetos a la rigurosidad de los conceptos sobre los que ha pretendido edificar su desarrollo, lo cual ayudaría a ilustrar la crisis de los fundamentos que han caracterizado la modernidad, así como el ocaso de la corriente positivista con la que se pretendió conocer y modelar la naturaleza moral del ser -al menos en la cultura occidental-, no siendo de extrañar que los trabajados conceptos con los que hasta ahora se ha asociado la búsqueda del progreso (predictibilidad, futuro, sistema, estructura, racionalidad, regulación, control y jerarquía) comiencen a ser desplazados por expresiones ajenas a la lógica del poder y la dominación, tales como escepticismo, pluralidad, ruptura, incertidumbre, paradoja, fragmentación, caos, heterogeneidad e intuición, las cuales evocan la debilidad de las estructuras cognitivas racionales que han sido empleadas en el intento de alcanzar los fines del hombre.

En cuanto al segundo, lo absolutamente necesario en estos momentos de crisis ética y de fe en el futuro, es reencontrarnos con nuestra propia conciencia reconociéndonos en los demás, puesto que el empeño en calificar algo de tonto o de sensato no es más que el reflejo del desconocimiento de sí mismo, tanto en el plano racional, como en el emocional, debilitándose así el sentido moral de la vida, la ética de nuestros actos, la responsabilidad de nuestras acciones, el ímpetu del optimismo y la fuerza oculta de los desafíos. De aquí que la clave para la superación de las graves dificultades que hoy reconocemos comienza por la incredulidad, no de lo que escuchamos, sino de lo que somos; comienza con la revalorización del espíritu y la pérdida del insólito miedo a la libertad.

La nueva ética -la ética necesaria- es una ética para incrédulos porque demanda una mayor sensibilidad humana hasta el punto de imponerse sobre la razón técnica, postula la reconfiguración de la relación espacio-tiempo, desvirtúa las relaciones lineales entre causas y efectos, obliga a revalorizar el impacto de la energía y la información en la construcción moral del ser, deslegitima las prácticas utilitaristas que no son de utilidad para los otros, y alienta una intensificación de los intercambios culturales y del escepticismo sobre los valores contemporáneos apoyándose en la debilidad de la vinculación entre racionalidad y progreso. De aquí la expresión «pensamiento débil» que Gianni Vattimo utiliza para referirse a la postmodernidad.

Dicho esto, sería saludable admitir la necesaria incredulidad; pero no respecto al futuro que intersubjetivamente construye cada persona a partir de lo cotidiano, sino mas bien, respecto a los supuestos ontológicos a los que el hombre se encuentra aferrado y que han impedido que se reencuentre con su propia moral para hacer uso de su libertad, y con ella, de su máxima capacidad para auto regular sus deseos, sus convicciones y sus responsabilidades. Es en este escenario de ilustrada incredulidad, que destruye la idea de linealidad histórica y desmorona el tradicional concepto de progreso, en donde mejor puede reconfigurarse la construcción ética del ser.

Postmodernidad: diálogo y significado

No es casual el amplio debate que se está planteando sobre la existencia y significado de la postmodernidad. Mientras filósofos de la talla de Habermas plantean que el proyecto de la modernidad se encuentra inconcluso, Lyotard -y más recientemente Brown, Vattimo y Gustavsson- han argumentado sobradas razones para declarar acabada la era moderna; pero al margen de esta discusión, y dejando de lado la pertinencia de los términos utilizados para razonar sobre la complejidad ontológica en la que nos encontramos sumidos, hay un total reconocimiento de que la actual percepción del mundo difiere significativamente de la que se tenía hace un par de décadas.


No existe una concepción única sobre la “postmodernidad”, hasta el punto que ni siquiera se ha aceptado universalmente su existencia. Hasta ahora lo que se ha venido forjando es una aproximación al entendimiento de una realidad y a su manejo, intentando su teorización a la luz de unas premisas caracterizadas como insostenibles por quienes defienden la condición postmoderna. Así como la postmodernidad se ha dibujado con trazos que evocan la idea de continuidad, (post = después de) también ha sido concebida con rasgos que despiertan la necesidad de ruptura histórica.

Según David Lyon, la modernidad llega a su final cuando ya no es posible considerar la trayectoria unilineal de la historia. Así, la postmodernidad es una consecuencia de la modernidad y como tal, una expresión de rebelión cultural contra lo conocido y lo establecido. Es el telón de fondo de un escenario al que se debe acceder para encontrar las respuestas y justificaciones sobre los males y peligros que acechan la humanidad.

Por su parte, Guillermo Fouce ofrece una visión de la postmodernidad como una construcción hecha a partir de un doble rechazo a la modernidad, tanto desde la perspectiva filosófica de la ciencia, como desde el enfoque sociológico, por lo que solamente puede ser entendida a partir de la comprensión de los fundamentos de orden científico y social que surgieron tras la aparición del pensamiento ilustrado, los cuales están siendo deslegitimados por nuevas estructuras de tiempo y espacio, no tanto por el desarrollo global de las tecnologías de información y de las comunicaciones, sino más bien por la incapacidad de éstas para integrar sus efectos en el espacio socio-cultural contemporáneo.

Así tenemos que el hilo conductor de la modernidad ha sido señalado como “la autoafirmación del hombre, la conquista de una autonomía noética y práctica” (Blumenberg), apuntalada en la idea de progreso como proceso consciente de construcción de un mundo mejorable que puede ser aprovechado en su propio beneficio. En contraste, el hilo conductor de la postmodernidad se identifica como el del “autonomismo radical (…) que absolutiza las «diferencias», diluye todos los valores y legitima todos los permisivismos” (José Galat)

Cuando se interpretan ambas líneas de pensamiento, fácilmente se advierte que los espacios de reflexión se centran en una idea común. Tanto la «autoafirmación del hombre» en la modernidad, como el «autonomismo radical» en la postmodernidad, evocan la idea de libertad, de voluntad, de autonomía, de determinación y de preeminencia del ser sobre el constructo social, induciendo la idea del subjetivismo y con ella, la de la inseparable racionalidad; pero tal como lo destacó Miguel Martínez “el problema que trata la postmodernidad es a la vez cognitivo, ético, estético y político”. Entonces, ¿dónde se evidencia el salto epistemológico de la postmodernidad?

Al margen de los excesos teóricos que parecen darse entre opositores y defensores de la postmodernidad, la vigencia racional del hombre queda fuera de cualquier discusión y en consecuencia, el imperio de la “razón” seguirá señalando su modo de actuación. Sin embargo, en el pensamiento postmoderno la razón deja de existir como fundamento mientras se desconozca la complejidad, la ambigüedad de las relaciones espacio-temporales, la contradicción, la realidad dialógica y la verdad subjetiva.

De ese modo, aunque el pensamiento postmoderno se distancie de la razón técnico-científica como creadora del conocimiento y de la verdad; éste no deja al hombre sin su capacidad de razonar, no le arrebata su cultura, ni secuestra su verdad. Tampoco relativiza su existencia. Al contrario, tal como se infiere del pensamiento de Gianni Vattimo, en la postmodernidad el hombre encuentra su libertad justamente en la desorientación que le produce el desaprendizaje de creencias, conminándole a buscar nuevas formas y diálogos que le den significado a su existencia, a reencontrarse con los valores universales; y a refugiarse en el lenguaje como instrumento de comunicación; pero también, como una herramienta para la comprensión y la construcción de una realidad que deja de ser fragmentada, y como un medio para la superación de los graves desequilibrios morales que actualmente se evidencian.

Entre el poder y la ética

Enarbolando la bandera del pragmatismo y aún cuando las decisiones que impulsen los hechos de la vida diaria constituyan una afronta a la propia conciencia moral, el hombre parece estar dispuesto a renunciar a todo compromiso ético, resguardándose a si mismo en las devoradoras fauces de una historia cargada de errores y desaciertos que nos aproxima -cada día con más ímpetu- al debilitamiento moral de una sociedad que parece no importar, mientras puedan alcanzarse determinados fines.

El predominio de la razón instrumental con la que se apuntaló la pretensión del progreso en la modernidad, ha dejado profundas cicatrices morales; pero el predominio de dicha razón nunca pudiera haberse mantenido sino a la sombra del ejercicio de un «poder» hecho “cosa” en la mente de Max Weber, quien lo definió como la capacidad de conseguir que otra persona hiciese algo, aún en contra de su voluntad. De este modo, el poder fue interpretado como algo que el individuo podía tener, adquirir o perder, haciendo que se dejara de lado la característica dinámica, humana y relacional que emerge durante el proceso de ejercer el poder. Tanto es así que Niklas Luhmann se refiere al poder como un medio generalizado de comunicación en el que al menos dos personas interactúan ante las diversas alternativas de las que disponen; así es fácilmente comprensible que la magnitud del poder variará en función del número de alternativas de las que disponga el otro, ya que mientras mayor sea la posibilidad de los otros para elegir entre varios cursos de acción, mayor será también la necesidad de ejercer más poder.

Ahora bien, si partimos de la base que la ética (tal como nos lo comenta Adela Cortina) se ocupa ante todo de aquellos valores, normas y principios que afectan a todo hombre en cuanto tal, sea cual fuere su condición política, su credo religioso y el sistema económico en el que se encuadra su vida, cabría preguntarse si en la concepción del poder se encuentra la clave para entender la crisis ética que se evidencia en las organizaciones. La respuesta a este cuestionamiento demanda tres aclaraciones: primera aclaración: no hay forma de disociar la ética, del poder; pero sí al revés; es decir, nunca se podrá ser ético sin ejercer el poder, pero sí se puede ejercer el poder sin ser ético; segunda aclaración: no existe relación directamente proporcional entre la magnitud del poder ejercido y la magnitud del comportamiento ético que se exhiba; tercera aclaración: ante determinadas circunstancias, un incremento en el ejercicio del poder puede llegar a desencadenar la pérdida de compromisos éticos.

Hechas estas aclaraciones y aún a riesgo de cometer una terrible simplificación, sería razonable admitir que la crisis ética de las organizaciones está consustanciada con la concepción del poder y en consecuencia, con los supuestos que orientan su ejercicio; pero siempre manteniendo la idea de que una u otra concepción (como cosa, o como proceso) dependerá tanto de la conciencia reflexiva del que está llamado a ejercer el poder, como de la valoración e interpretación que se haga acerca de la relación entre los medios y los fines.

Todo esto conduce a entender la gerencia como un conjunto coherente de decisiones y acciones que se dan entre dos aguas, las del poder y las de la ética, por lo que una gerencia ética no es la que se despoja del poder para satisfacer intereses ajenos, sino aquella que asume el compromiso de cohesionar los sentimientos morales con el saber racional, gestionando su poder para influir en la vida de otros, atendiendo a los valores y fines últimos de las acciones, y siendo capaz de cambiar el rumbo de la historia al procurar la felicidad en un clima de coexistencia pacífica.

La ética en el pensamiento de Jürgen Habermas

Nacido en Düsseldorf (Alemania) en 1.929, Jürgen Habermas entra en contacto con la investigación social empírica, orientando sus intereses hacia la teoría crítica de la sociedad y convirtiéndose en uno de los principales representantes de la Escuela de Frankfurt. En 1.962 escribe su primera obra “Historia y crítica de la opinión pública”; y en 1.968 publica “Conocimiento e interés” con el que logró trascender las fronteras de su país natal. Posteriormente y luego de casi dos décadas en preparación, sale a la luz su "Teoria de la Acción Comunicativa” (1.981) la cual constituye su obra más significativa al convertirse en referencia fundamental de la filosofía práctica contemporánea, dando origen a la teoría ética discursiva cuyo punto de partida no es el hecho moral en sí mismo, sino el hecho comunicativo en el que implícitamente se comparten nociones morales. Bajo esta premisa, Habermas intenta ofrecer la fundamentación racional de una ética que no se sustenta en normas, sino en los procedimientos mediante los cuales, los sujetos de una comunidad moral alcanzan acuerdos sobre las normas que han de regirles; por lo tanto su teoría tiene pretensiones de universalidad, puesto que tal como llega a afirmar “la universalidad se logra en el diálogo”. Este principio de universalidad, equivalente por demás al imperativo categórico kantiano, se formula en términos de que “únicamente pueden aspirar a la validez aquellas normas que consiguen o pueden conseguir la aprobación de todos los participantes en cuanto participantes de todo discurso práctico”. De este modo, Habermas subordina la posibilidad del entendimiento entre personas racionales, a la fuerza de los argumentos que emergen en el discurso, el cual debe ocurrir en una situación ideal de habla, es decir, en una situación en el que todos puedan participar de forma libre y sin coacción. Así, una vez perdida la confianza en la razón como fundamento de la moral (según la crítica de Nietzsche) Habermas traslada esa fundamentación desde el sujeto hacia la comunidad del habla en la que se presuponen las bases de un comportamiento justo y correcto. Considerado como el gran continuador de la tradición filosófica de Kant y Hegel, ha sido reconocida su contribución a la comprensión de la sociedad postindustrial y las implicaciones ideológicas de la ciencia, la comunicación y la opinión pública, haciéndose acreedor del Premio Príncipe de Asturias de Ciencias Sociales en el año 2.003, al constituirse en ejemplo de saber humanista y cosmopolita, y al ser considerado como una cumbre del pensamiento de nuestro tiempo.

Ver también
La ética en el pensamiento de Paul Ricoeur
La ética en el pensamiento de Gianni Vattimo
La ética en el pensamiento de Edgar Morin

La ética en el pensamiento de Edgar Morin

Bajo el seno de una familia de origen judío sefardí, Edgar Morin nació en París el 8 de Julio de 1921, y veintiún años más tarde se licencia en Historia, Geografía y Derecho en “La Sorbonne”de Francia,

Debido a las circunstancias imperantes en su país por la invasión de los alemanes, se vio obligado a vivir en la clandestinidad y a cambiar su apellido original (Nahum) por el de “Morin”. Luego de la liberación de Francia escribe su primer libro “El año cero de Alemania” (1946) seguido por “El hombre y la muerte” (1951) en cuyo proceso adquiere la base de su cultura transdiciplinaria en las áreas de geografía social, etnografía, prehistoria, psicología infantil, psicoanálisis, historia de las religiones, historia de las ideas, mitología y filosofía. A partir de ese momento logra escribir más de cincuenta libros; entre ellos, su obra cumbre “El Método” compuesta de seis volúmenes, siendo publicado el primero de ellos en el año 1977.

En el último volumen de esa obra (Ética), Morin parte de la crisis contemporánea de la ética y después de un examen antropológico, histórico y filosófico, llega a afirmar que la consciencia moral no puede deducirse de la consciencia intelectual, pero que necesita de ella, es decir, de pensamiento y reflexión. Argumenta que las buenas intenciones siempre corren el riesgo de determinar malas acciones, y que la voluntad moral puede, en ocasiones, determinar consecuencias inmorales. En este sentido, al tratar de encontrar y regenerar los principios de la moral en la vida, en la sociedad y en el ser humano (del quien dice ser a la vez individuo/sociedad/especie), enfatiza en la complejidad de la ética por ser ésta de naturaleza dialógica, lo que le obliga a afrontar la ambigüedad y la contradicción, y advierte sobre la urgencia de conjugar la ética y la política en una “antropolítica” capaz de integrar los imperativos de la era planetaria.

En fin, entre sus dudas y sus tinieblas; entre sus luces y sus continuos asombros, y entre el misterio que dice rodearle, Morin sorprende por la lucidez de su conciencia al clamar por una comprensión humana y ética que identifique al hombre, no como una pequeña irracionalidad que hay que integrar para funcionalizar los rendimientos, sino como un habitante de la “Tierra Patria” que sintiéndose parte de una visión planetaria, sea capaz de aceptar el antagonismo de las verdades mas profundas, sin reducirse a la fuerza de la incertidumbre y la ambigüedad.


Ver también
La ética en el pensamiento de Paul Ricoeur
La ética en el pensamiento de Gianni Vattimo
La ética en el pensamiento de Jüegen Habermas

¡ Que curioso !

Amigos contertulios… permítanme compartir con ustedes algo que me ha llamado poderosamente la atención… Hasta la saciedad hemos discutido el tema del enfoque mecanicista de las organizaciones y las razones por las cuales aún se mantiene la vigencia de ese modelo. Recuerden lo que se habló respecto a la búsqueda de la eficiencia y el control, sobre todo en entornos estables y con procesos estandarizados, y recuerden también el ejemplo por excelencia con el que se ilustra ese enfoque (McDonalds). Pues bien, resulta que leyendo el artículo de Frank López (Del comportamiento organizacional a la práctica de producción del sentido; p. 125) me entero que McDonalds se subió al autobús de la postmodernidad, puesto que dicho autor la menciona como ejemplo de las empresas que caracterizan el mundo postmoderno, al ser una “empresa de servicios productora de símbolos”

Esa lectura me deja tres soberanas dudas y no sé hasta que punto sean excluyentes. La primera, ¿Acaso lo que caracteriza al pensamiento postmoderno en el ámbito empresarial no tiene vinculación alguna con los enfoques sobre los cuales se diseñan las organizaciones?, La segunda, ¿será que pueden crearse empresas postmodernas productoras de símbolos, con organizaciones funcionariales constituidas por sujetos atados a tareas y funciones (funcionarios) y en consecuencia, ceñidos a la lógica moderna de la razón instrumental subordinada a fines? La tercera duda proviene de las anteriores, puesto que el mismo Frank López apunta a los procesos y a la conformación de equipos, como el punto de quiebre entre las viejas organizaciones mecánicas (funcionales) y las nuevas organizaciones estructuradas mediante las interacciones personales, obviamente resguardadas por los símbolos y significados que posibilitan la comunicación; pero aquí observo un vacío, porque López señala que el sujeto comunicativo, dialógico, orientado al entendimiento y al consenso, es el que está caracterizando al modo de vida organizacional postmoderno…
Ahora bien, me pregunto: ¿acaso esa configuración estructural y esa orientación a la comunicación y al entendimiento no provienen de las mismas bases ontológicas que tradicionalmente han moldeado las organizaciones… es decir, de la racionalidad y el poder?... ¿Qué les parece si vamos a cualquier McDonalds del mundo y les preguntamos a los empleados si tienen posibilidad de dialogar para alcanzar un consenso sobre cuestiones de fondo y de forma en sus actividades laborales?
Desde la edad antigua y a excepción de la Torre de Babel, las grandes obras de ingeniería estuvieron supeditadas a la comunicación y al entendimiento; por ello y hasta donde entiendo, lo que vincula a la organización con el modo de pensamiento postmoderno no es tanto la necesidad de comunicarse y entenderse, sino la existencia de las condiciones para alcanzar un acuerdo moral que conduzca hacia un objetivo común, pero además y quizás lo mas importante sean las razones de cada quien para respetar dicho acuerdo en base a esas “convicciones de fondo” con las que Habermas introdujo su concepto de “mundo de vida”, y aquí es importante señalar que la producción del sentido a la que nos remite López, no puede encontrar límites en los espacios organizacionales laborales ni en los horarios de trabajo, sino que debiera ser contextualizada desde la perspectiva integral de la vida humana.
En fin... falta mucho por decir… falta mucho por comprender…

NOTA: El artículo al que hago referencia se encuentra en Lanz, Rigoberto (Comp.), Organizaciones Transcomplejas. IPOSMO / CONICIT (pp. 97-144).

La organización como arquitectura de lo factible

No existirían razones para promover y respetar la condición humana, mientras dichas razones no se adviertan como factibles. Igualmente, pretender un proyecto común de desarrollo moral no adquiriría sentido práctico hasta que no se aprecie la factibilidad de alcanzar un acuerdo razonado. Por ello, la imagen de lo factible nace en la comprensión, acto racional complejo en el que se funde lo ontológico, lo epistemológico y lo metodológico. Así, ante múltiples racionalidades emergerán también múltiples comprensiones de los hechos y circunstancias que moldean el mundo de vida; por lo que con la expresión «arquitectura de lo factible» se apunta a la construcción de la plataforma reflexiva necesaria para la comprensión de las múltiples realidades objetivas y subjetivas, a partir de la cuales se vislumbre la posibilidad cierta de alcanzar el perfeccionamiento humano en un clima de coexistencia pacífica.

Desde esta perspectiva, la inteligibilidad a partir de la información y la explicación, es condición necesaria para comprender el mundo; pero reducir el concepto de «comprensión» a la aplicación de los medios objetivos de conocer, conduciría al predominio de una lógica simplista que desembocaría en una racionalidad externa centrada en el mundo material, no favoreciendo la construcción de la propia identidad y mucho menos, la aceptación del carácter interrelacionado de la vida. Esto merece dos acotaciones:

En primer lugar, la comprensión de la realidad para determinar la condición de factible o infactible de algo que se pretende, estará supeditada al estilo de pensamiento empleado, así como al rol que se le atribuya al lenguaje, bien como representación del mundo de vida (visión moderna), o como constituyente de éste (visión postmoderna). Es por ello que en el ámbito organizacional postmoderno, reconocer la factibilidad que pudiera emerger de este estilo de pensamiento, obligaría previamente a alejarse de las corrientes cognitivo funcionalistas que han señalado la evolución de las distintas teorías administrativas, adoptando una forma de comprensión capaz de superar los reduccionismos clásicos, para que de este modo, y dentro de un contexto social discursivo, pueda abarcar la complejidad, la pluralidad, la heterogeneidad, la incertidumbre y la subjetividad.

Bajo este punto de vista, aún sin desechar su importancia, la comprensión que resalta la postmodernidad no es la del mundo objetivo, intelectual o cognitivo, sino más bien, la del mundo sociocultural e intersubjetivo construido a partir del lenguaje, por lo que el acto de comprender, más que depender del esfuerzo individual para atribuirle un significado al mundo exterior, derivaría de la interdependencia entre individuos capaces de comunicación; en otras palabras, son los procesos sociales los que le otorgan sentido a la realidad.

Como segunda acotación, debe puntualizarse la imagen de lo factible como evocación de lo aún no realizado. La factibilidad descansa en un ideal proyectado a la luz de la comprensión de las circunstancias que definen la realidad. Ahora bien, siendo el lenguaje el constituyente del mundo de vida -tal como lo aclara la visión postmoderna-, y estando fundamentalmente supeditada la comprensión de la realidad a la interdependencia que opera en los procesos sociales, se advierte la imposibilidad de caracterizar como factible, aquello que no haya sido previamente enmarcado dentro del acuerdo moral que sostendrá el orden social, por lo que desde una perspectiva postmoderna, la factibilidad así entendida no tendría sustento ontológico alguno.

De lo anterior se desprende que la imagen de lo factible deriva de la forma de comprender, y ésta del estilo de pensamiento empleado. Por tanto y de modo asociativo, la perspectiva ética de la factibilidad demanda, a su vez, una ética de la comprensión que sólo podrá emerger tras el cambio en el modo de pensar. Comprensión ésta, abocada al entendimiento intelectual y humano de una realidad intersubjetiva, construida mediante el lenguaje a partir de la individualidad y de la sociabilidad.

Hechas estas aclaraciones, la organización vista como arquitectura de lo factible se inscribe en una nueva geometría de la interdependencia, puesto que no existirán razones morales para quebrar la recíproca relación de dependencia entre el hombre (quien hace vida para la organización) y la organización (la cual existe para el individuo). Ambas instancias son fines y medios al mismo tiempo, por lo que así entendidas, la organización, más que para un fin monológicamente factible, se concibe con el fin de organizar la coexistencia factible, traspasando la frontera de la comprensión para situarse en la acción, la cual se torna apetecible puesto que en esencia, se trata de ejercer la libertad y vivir éticamente la cotidianidad.

La organización como arquitectura del consenso

El segundo momento del actuar ético propuesto por Dussel, da cuenta que la acción humana no sólo debe ser el producto de un consenso entre quienes conducen y controlan la organización, sino también entre quienes trabajan en ella y entre quienes desde el exterior, se ven afectados por sus acciones. Este consenso, alcanzado mediante la racionalidad de las personas dispuestas al entendimiento, es lo que le otorga sentido al mundo social, por lo que sobre la base de estas consideraciones iniciales, las instancias dialógicas de convivencia y comunicación debieran lucir como determinantes éticas de la organización contemporánea, por encima incluso de otros factores históricamente reconocidos como prioritarios, tales como el poder, la remuneración o el estilo de gestión empleado.

Si bien la organización vista como arquitectura de vida se vincula con la naturaleza del hombre y sus fines existenciales, la «arquitectura del consenso» se proyecta como el modo mediante el cual, el ser aspira alcanzar dichos fines con arreglo a su libertad política. Sin embargo, aún reconociendo la intersubjetividad como fuente de diálogo para el acercamiento de los diferentes puntos de vista morales, la búsqueda del consenso en la organización no debiera ser considerada por sí sola como garantía de satisfacción del ideal de vida y convivencia, puesto que tal como lo aclara Ayllón,“el consenso solo es legítimo cuando todos aceptan normas básicas de conducta moral”. En consecuencia, el actuar ético que fundamenta la convivencia, solamente pudiera estar sustentado en sólidos principios morales, no susceptibles de discusión por parte de los miembros de la organización.

De este modo, para que sea legítimo, el pretendido consenso dentro de una determinada comunidad moral (organización), no debiera estar solo enfocado al modo en que deban actuar las personas con divergencias en algunas cuestiones fundamentales, sino que inicialmente debiera estar orientado a crear las condiciones propias del medio en el que se pretendan ejercer esas interacciones, favoreciendo incluso la permanencia de antagonismos, contradicciones, ambigüedades e incertidumbres, como mecanismos de desarrollo moral y aseguramiento de la convivencia pacífica. Esto revela un horizonte mucho más amplio que la tolerancia, el respeto por la diversidad o la simple negociación de acuerdos políticos, ya que lleva implícito la negociación de valores; pero ¿cuáles serían las pautas de esta negociación y el estilo de pensamiento en la que transcurriría?

“La realidad es una construcción mental que se plasma en la comunicación” (Zimmermann) y como tal, cada miembro contribuye a construir una realidad social organizacional configurada a partir de la construcción de significados. En este punto es preciso considerar los postulados de Wenger, quien afirma que dicha construcción supone un proceso de negociación, lo cual, además de implicar una continua interacción, envuelve dos procesos constitutivos: «participación» y «reificación». Según este autor, la participación es el proceso complejo de hacer, hablar, pensar y sentir, en el que se conjuga la experiencia social de vivir en el mundo como miembro de una comunidad social, activamente implicado en ella, mientras que el concepto de reificación está vinculado a la expresión “making into a thing” con la que Wenger refiere el conjunto de procesos, no necesariamente sujetos a reglas prediseñadas o adecuadas a normas de uso, mediante los cuales se construye la experiencia personal y se gestan los diferentes puntos de vista, acotando que incorpora un amplio rango de procesos que, entre otros, incluye la fabricación, el diseño, la representación, la codificación, la descripción, la percepción, la interpretación, el uso, la decodificación y la modificación.

Dicho lo anterior, se advierte que la complejidad de las organizaciones de corte tradicional, caracterizadas por un estilo de pensamiento convergente hacia un objetivo predeterminado por las instancias de poder, sin considerar las distintas percepciones de los actores involucrados, se torna aún más confusa si a la diversidad cultural y al pluralismo moral que reina entre sus miembros, se le añade la brecha entre la experiencia personal (gestada desde la reificación) y la experiencia social (gestada desde la participación). Así pudiera explicarse que dado el debilitamiento de su sentido para la “correspondencia social, que constituye la fuente fundamental de su actitud moral.” (Llano y otros), el hombre se comporte socialmente de modo distinto a como piensa, no siendo de extrañar que ante los posibles dilemas a los que deba enfrentarse, mas que sentir la necesidad de responder ante los demás, prefiera concentrarse sobre sí mismo.

La carencia del consenso genuino en la organización tradicional, deriva del entrecruzamiento de propósitos individuales que desligados del mundo objetivo, y al no compartir una misma fuente de actitud moral, suponen la necesaria aceptación de una incertidumbre creciente, contraria a la lógica que ha dominado la evolución de las distintas teorías administrativas y de la organización. No obstante, el reconocimiento de la incertidumbre, la transitoriedad, la inmediatez y la ausencia de verdades absolutas como características generales del mundo de vida contemporáneo, obliga a la gestión consciente de las instancias de diálogo y comunicación, sustentada en la visión compartida del modo como al hombre se le permitirá alcanzar sus fines existenciales. Solo así, habrá oportunidad para la coexistencia pacífica en la que transcurrirá el proyecto común de desarrollo moral, mediante el cual se pueda garantizar el compromiso y la viabilidad de la realidad social auto-construida y compartida desde las diferencias.

De los párrafos precedentes se desprende que la organización entendida como arquitectura del consenso, no solo defiende la naturaleza existencial del hombre y su autonomía, sino que al mismo tiempo posibilita las decisiones y la cooperación en procura de la equidad, la credibilidad, la confianza y la legitimidad del medio en el que se pretenden ejercer las interacciones entre personas racionales dotadas de diferentes concepciones morales, convirtiéndose éstas en razones de hecho para respetar, de modo consciente, el acuerdo moral que permitirá transitar, como dice Bauman, “entre las rocas del ayer y las arenas movedizas del mañana” .

Consecuentemente, así entendida, la organización transita del actual énfasis monológico en la «imposición», -conducente al acatamiento defensivo de los fines y las normas de convivencia-, a la construcción dialógica intersubjetiva de las razones que sus miembros esgrimirán para coadyuvar al desarrollo de un esfuerzo colectivo, respaldado en un acuerdo moralmente alcanzado para sostener el nuevo orden social, inscribiéndose, por tanto, en una nueva geometría del poder caracterizada por el respeto hacia el conjunto de prácticas discursivas, capaces de sustentar la coincidencia de intereses comunes, en concordancia con los fines contemplados en los múltiples y muy particulares proyectos de vida de sus miembros.

La organización como arquitectura de vida

Para entender en su justa dimensión el concepto de «vida», se asume como cierto el significado que Fernández (2006) le otorga a ese término, refiriéndolo como la “capacidad de realizar operaciones por sí y desde sí mismo”. De este modo se aprecia que el hombre no está limitado a una condición determinada de existir, sino que en función de su propia naturaleza libre y perfectible, es capaz de decidir su respuesta ante un contexto que en principio le luce ajeno, haciendo prevalecer su propia subjetividad no solo para satisfacer una necesidad inmediata, sino también para lograr sus más profundos objetivos e ideales.

Es esa capacidad libre y voluntaria de actuar para alcanzar cierto grado de plenitud, la que le da sentido a su propia existencia y es donde la ética adquiere razón de ser. De ahí que con la expresión «arquitectura de vida» se desea hacer referencia al andamiaje del ámbito espacio-temporal en el que se le otorga sentido y significado a los hechos propios de una realidad práctica, socialmente compartida, aunque moralmente fragmentada. Ahora bien, una sociedad en la cual sus miembros no crean lo mismo al mismo tiempo, no parecerá una sociedad; pero es precisamente esa falta de creencias comunes, la que constituye el sentido contemporáneo de cualquier comunidad, aún cuando esté organizada.

Con esta visión postmoderna, Fernández concibe una atmósfera de vida caracterizada por la “inmediatez y transitoriedad de grupos, pensamientos, sentimientos, objetos, lugares, identidades, normas y verdades”. De este modo, el entendimiento del hombre y su dinámica de vida, presupone abandonar las arraigadas ideas y conceptos que partían del supuesto de la organización como medio para neutralizar a la bestia interior que reside en cada persona, pretendiendo con ello la eficacia, la certidumbre, el orden y el control, con los que se justificaba el acto de organizar.

En el ambiente contemporáneo, la complejidad, la diversidad y el pluralismo definen las pautas de la acción individual ante un colectivo, por lo que intentar una determinada configuración estructural (aún con un estilo concreto de procesos decisorios y dotada de un equilibrio aparente en las relaciones de poder), sin percatarse de que la organización constituye un fenómeno social que no necesariamente se apoya en significados interpretativos compartidos, equivale a negar la identidad individual y por ende, el desarrollo y disfrute de la vida humana, creándose así una nueva bestia, poderosa e indomable, en la que el ejercicio exagerado de la razón eliminaría la afectividad y supondría “en el límite una ausencia de vida” (Edgar Morin)

Las distintas metáforas tradicionalmente utilizadas para estudiar a las organizaciones, no son sino reflejos de las distintas imágenes del hombre «organizado». De hecho, la organización vista como máquina, ve al hombre como un ser obediente, pero deshumanizado; por su parte, la organización vista como organismo, ve al hombre como un ser adaptativo que lucha para sobrevivir (no para vivir) en un mundo de continuos cambios; la organización vista como cultura, considera al hombre como un ser controlable y manipulable en cuanto a sus valores e ideologías; mientras que la organización vista como sistema político, concibe al hombre potencialmente conflictivo y, en consecuencia, manejable en función de sus intereses.

En este punto se avizora el condicionamiento cultural ejercido por la organización sobre sus integrantes, puesto que la acriticidad general sobre las teorías e imágenes del hombre, asumidas y puestas en práctica por quienes son poseedores del poder de decisión, han conducido a legitimar las prácticas organizacionales sustentadas predominantemente en un enfoque instrumental gestado en la modernidad, negando el carácter subjetivo del mundo de vida y, en consecuencia, limitando el desarrollo moral de sus miembros.

Dussel argumenta que actuar éticamente significa producir, reproducir y desarrollar la vida de cada ser humano. Relacionando esta afirmación con el concepto de vida, se advierte que la perfección del hombre solo podrá adquirirse a través del ejercicio su libertad, por lo que todo contexto en el que haga vida, estaría llamado a constituirse en un medio para potenciar su desarrollo personal y coadyuvar a su plenitud. Pero una somera revisión de los fundamentos que sustentan cada una de las imágenes del hombre y de la organización, revela la incapacidad de éstas para responder a las «convicciones de fondo» con las que Habermas introduce su concepto de «mundo de vida», vislumbrándose la ausencia de respeto e interés por la libertad y el deseo de perfectibilidad inmanente a la condición humana, por lo que inconscientemente, ante el vacío ético que la caracteriza, y la posible ruptura del frágil acuerdo moral que posibilita su articulación, las organizaciones se encuentran en permanente riesgo de desintegración.

A la vista de las diferentes formas de control organizativo, y dada la tendencia de las organizaciones tradicionales a restringir la capacidad voluntaria de actuación, esta situación se torna más compleja aún, pues mientras mayor sea el riesgo percibido de desintegración, mayor será también la incapacidad de la organización para respetar el ejercicio de la libertad. Tal como bien lo apuntan Vilariño y Schoenh, en la medida que los problemas sean más generalizados, más graves sus consecuencias, o mayor sea la amenaza a la coalición dominante, más fuerte será también la presión del sistema para recurrir a todo tipo de mecanismos de control.

A partir de los planteamientos críticos aquí formulados, emerge la idea de una nueva imagen organizacional como el lugar en donde el individuo asegure la permanencia de su condición humana. De este modo, la organización enfocada como arquitectura de vida, está sustentada en el acuerdo tácito de alcanzar el objetivo común de coadyuvar a la plenitud y a la perfectibilidad del hombre, a quien concibe como un ser quien antes que responder a una realidad (en principio, ajena), activa la realidad misma en función de su particular proyecto de vida. Consecuentemente, la organización así entendida se inscribe en una nueva geometría de la razón y la pasión, caracterizada por el respeto hacia el conjunto de prácticas racionales y emocionales capaces de configurar -y defender- el acuerdo moral en el que se asienta la búsqueda del perfeccionamiento humano y como tal, el sentido de su existencia.

En el camino de la legitimación moral

La narrativa mediante la que se han descrito, explicado y criticado los distintos paradigmas, enfoques, conceptos, categorías y modelos organizacionales, es compleja, difícil de interpretar y aún más difícil de asimilar satisfactoriamente. Todas las teorías son parciales y fragmentadas, e incluso se reconoce la incapacidad de la ciencia para determinar la mejor perspectiva de solución al problema de la inconmesurabilidad entre dichas teorías, hasta el punto que se ha llegado a proponer el constructivismo metódico a partir del cual, mediante la argumentación, pueda superarse la controversia y alcanzar cierto grado de consenso.

Esto revela la enorme dificultad de la ciencia y de los teóricos de la administración, para encontrar un modelo capaz de responder al problema de legitimación de la organización; dificultad dada por el doble sentido que ésta adquiere cuando es visualizada desde una perspectiva ajena a la estrictamente instrumental: en primer término, el para qué de la organización (legitimación de los fines), y en segundo lugar, la forma cómo se pretenden alcanzar dichos fines (legitimación de los medios). Ambas vertientes poseen imbricadas consideraciones morales que traspasan los límites de la actuación individual, toda vez que las actitudes y los comportamientos personales están fuertemente condicionados por el contexto en el que se actúa.

El filósofo francés Edgar Morin afirma que la comprensión humana comporta no solo la comprensión de la complejidad del ser humano, sino también la comprensión de las condiciones en que se conforman las mentalidades y se ejercen las acciones, y quizás por ello, Lozano argumenta que la ética no es estrictamente personal, debiendo ir más allá del plano individual, tras reconocer que “en nuestro comportamiento nos influye mucho cómo están organizadas nuestras instituciones, cuál es su meta y su misión social, cuál es la imagen que tenemos y qué esperamos de ellas”.
Al interpretar el sentido de ambas afirmaciones a la luz de los elementos constitutivos de la sociedad moral (el respeto y sus razones), y habida cuenta del carácter autónomo de todo individuo dotado de libertad y dispuesto a ejercerla, se advierte que la genuina cooperación entre los miembros de una organización, estaría supeditada, en primera instancia, a la existencia de un acuerdo moral para transitar hacia un objetivo común; y en segundo lugar, a las razones de cada quien para respetar, consciente y voluntariamente, dicho acuerdo.

Nos encontramos, entonces, ante la posibilidad de dos vacíos de legitimación en las organizaciones tradicionales, que requieren una profunda reflexión sobre su posible re-configuración desde la perspectiva moral. De esto se comentará próximamente.

De la organización empresarial y la crisis de sus fundamentos éticos

Nos encontramos en un mundo altamente tecnificado pero paradójicamente incierto, hasta el punto que no sabemos cual es el tipo de conocimiento que nos permitirá superar la brecha entre lo que somos, lo que aspiramos ser y lo que necesitamos ser. Por ello, el sentido de urgencia en la actuación gerencial empresarial no debe continuar expresándose en términos del mercado, competencias o regulaciones, sino con referencia a los nuevos espacios en los que predomine el equilibrio, la libertad, la responsabilidad y la solidaridad. Necesitamos nuevos espacios morales que nos conduzcan a nuevas formas de concebir la verdad y a desprendernos de las viejas ideas sobre la racionalidad y el objetivismo, que deslegitiman las diferencias y deshumanizan el sentido de nuestras vidas.

Charles Perrow


"Seremos como ciegos que manosean el elefante que denominamos "organización", y llenos del sentido del deber informamos sobre sus verrugas, su trompa, sus rodillas y su cola, convencido cada uno de nosotros de haber encontrado la naturaleza exacta de la bestia. Pero lo peor es que ni siquiera estamos mirando a la misma bestia"

El problema de la irracionalidad moral organizacional

A lo largo de la historia se han entretejido diversas teorías sobre el funcionamiento de las organizaciones, registrando por un lado, la evolución de las distintas realidades sociales en términos de valores, prioridades e intereses, y por el otro, dejando constancia de las distintas interpretaciones sobre una misma realidad. Cada una de esas teorías, atendiendo a pretensiones de validez bien argumentadas, concibió formas y mecanismos ideales de estructuración y gestión; pero todas ellas sustentaban su configuración en dos elementos comunes: la racionalidad y el poder. Ambos conceptos aún siguen conformando el espectro ontológico que sustenta el estudio de la naturaleza de las organizaciones y de sus fuentes de legitimación.

Desde una perspectiva eminentemente teórica, la organización pudiera definirse como una imagen representativa de la sociedad, y como tal, una construcción culturalmente definida por los sujetos que la integran. Desde este punto de partida, se entienden las palabras de Vilariño y Schoenh, cuando afirman que “en la cultura organizativa se fundamentan los procesos de compromiso e identidad con la organización”. Ahora bien, si en el plano fáctico esto fuese cierto, ¿cómo explicar la asimetría en las relaciones de poder que han venido operando desde los albores de la humanidad y sus grandes proyectos de construcción, hasta las más modernas corporaciones de principios de este siglo? De igual modo cabría preguntarse ¿cómo conjugar la racionalidad de la organización, con las manifestaciones disfuncionales que reducen el bienestar de sus integrantes, llegando incluso a anular la conciencia y con ella, la pérdida de la libertad y el sentido de la vida?

Repasando los distintos modelos organizacionales, desde Taylor y la Escuela de la Administración Científica hasta nuestros días, se advierte la desintegración de las dos dimensiones que Habermas identifica como insustituibles en su concepto de “mundo de vida” al escindirse lo sistémico de lo social. Así, mientras algunos teóricos le otorgan predominio a lo sistémico (Taylor, Weber, etc.), otros resaltan el papel de los equipos, las redes, la dirección participativa y la implicación de los trabajadores, como determinantes fundamentales del éxito organizacional (Drucker, Bennis, Handy, Spreitzer, Cummings, Peters, Davenport, Lawler)
Ahora bien, ahondando en las premisas y postulados de cada uno de esos modelos, pudiera sospecharse que cada uno de ellos, aún de modo bien intencionado, representa un concienzudo intento para legitimar el subdesarrollo moral de la propia organización, toda vez que predomina un conjunto de ideas morales impuestas, inicialmente ajenas a la conciencia reflexiva de los individuos, y como tales, restrictoras de la libertad y la autonomía individual.

El ser autónomo (del griego autós: “uno mismo” y nomos: “ley”) es aquel que se obliga ante sí mismo, porque ha sido capaz de dictar su propio código moral haciendo efectiva su libertad para poder asumir una responsabilidad consigo mismo y ante los demás. De este modo, la libertad se advierte como recurso necesario para que las organizaciones, mediante el aporte individual y las competencias relacionales de sus integrantes, alcancen un nivel de desarrollo interior que permita lograr los objetivos comunes. Sanromá lo ilustra muy bien cuando afirma: "Todo está regido constantemente por leyes naturales y todo ordenado ó, como ahora se dice, organizado, no por la fuerza externa de la voluntad de un gobernante ó por la presión que ejercen los intereses egoístas de clases determinadas, sino por la fuerza íntima de la libertad y el general concierto de todos los intereses"

Siguiendo este hilo conductor, la organización como tal se desprende de una moral única, impuesta y autoproclamada a favor del ente de dominación, para convertirse en un espacio contextual caracterizado, en primera instancia, por la coexistencia de múltiples códigos morales, dialógicamente dispuestos para promover acuerdos racionales y garantizar la coincidencia de intereses comunes, previo entendimiento y comprensión de las diferencias, a través del lenguaje y la comunicación.

Este pluralismo moral, hermenéutico por naturaleza, encuentra sustentación en los dos elementos básicos de toda sociedad moral: el respeto y el debate sobre las razones de ese respeto (Grondona, 2.004), y esto conduciría a la presunción moral básica de que los intereses generales de la organización no encontrarán oposición en los intereses particulares, lo cual nos remite a Habermas cuando al referirse a la racionalidad de las personas, afirma que “Las normas de acción se presentan en su ámbito de validez con la intención de expresar (…) un interés común a todos los afectados".

Dicho esto, no existirían razones para argumentar que el bienestar general de la organización es contrapuesto al bienestar individual, o que los intereses individuales deban estar subordinados al interés colectivo. Todo lo contrario; el desarrollo de la organización debiera descansar en un acuerdo moral, edificado sobre la base de un mínimo y factible consenso, mediante el que sus integrantes proclamen su mutua y recíproca confianza ante las peculiaridades individuales.

Es precisamente la ausencia de este acuerdo moral, lo que ha conducido a la catástrofe ética de los distintos modelos organizacionales gestados en la inspiración Weberiana, según la cual, los fines debían ser simplemente aceptados pues estaban asociados a una cultura determinada o a una tradición vigente, y en consecuencia, ajenos a la libertad de deliberación y elección. Así, al no corresponderse los fines de la organización con los fines de los medios (los individuos), la racionalidad instrumental en la que se han gestado las distintas teorías de la organización, demostraba de forma paralela la “irracionalidad de sus fines y en consecuencia su vacío ético” (Dussel), pues quebrantaba la libertad, la autonomía y el sentido de vida de sus integrantes.
Emerge así la idea sustantiva de que las organizaciones siguen afrontando un problema ético relacionado con su modo de pensar, el cual debe ser previamente reconocido para luego identificar los puntos críticos en los que se sustentaría cualquier propuesta de desarrollo intra-organizacional.

Construyendo la identidad: Emancipación desde lo cotidiano

La contemporaneidad del mundo de vida tiene en lo dubitativo su principal expresión. Temores, angustias, paradojas, responsabilidades reñidas con las convicciones, deseos e intereses reprimidos por la lógica de la dominación, irresoluciones y sobre todo, las dudas sobre la realidad percibida y las expectativas del futuro, alientan el deseo del hombre por liberarse de lo carente de sentido y significación. Es este el mundo cotidiano que invita a construir una identidad para hacer uso de ella, decidida y responsablemente, a fin de transgredir convencionalismos y encauzar las intenciones sin menoscabar los legítimos intereses del resto de actores integrantes de la comunidad moral. En este artículo, entendiendo la identidad como una construcción moral a partir de lo cotidiano, y utilizando los postulados teóricos de Castells, Habermas y Ricoeur, se vinculan los elementos intervinientes en la intención emancipadora, con la pretensión de encontrar puntos de convergencia entre las instituciones dominantes y los actores dominados, para asegurar su coexistencia pacífica ante el pluralismo moral y el relativismo ético.

1.- La identidad como construcción moral a partir de lo cotidiano
La pretendida comprensión del futuro requiere entender las raíces de la cotidianidad; es decir, de todo aquello considerado normal porque simplemente ocurre todos los días. De igual modo, entender la forma como el hombre ha evolucionado significa comprender la historia de su cotidianidad. Costumbres, actividades, relaciones, temores e intereses, se circunscriben dentro de lo cotidiano; por ello, la historia del hombre es la historia de los hechos, pensamientos y circunstancias que moldearon y siguen moldeando el mundo de vida subjetivo e intersubjetivo a través del cual se construye la identidad y se expresan las diferencias.

El hombre ha edificado su historia porque ha sido capaz de cambiar su mundo de vida apartándose de lo cotidiano. Seguirá cambiando porque en función de su propia identidad es y será capaz de liberarse de aquello que para él pierde su condición de normalidad, imponiéndose a una realidad percibida ya como ilegítima para emanciparse de lo conocido. Por ello, la cotidianidad como marco de referencia ontológico, desconoce también cualquier modo determinado de vivir y coexistir, presentándose imparcial tanto en lo ético como en lo estético.

La visión cotidiana del mundo de vida está conformada por espacios, tiempos, formas y contenidos en los que se materializan creencias básicas con sujeción a un determinado sistema de valores. Esta visión permite la socialización a través de la comunión de valores socialmente aceptados; pero también neutraliza los deseos y restringe los espacios de libertad. Así, lo cotidiano adquiere la característica de natural, como también puede volverse natural la represión de los deseos (hasta el punto de llegar a desconocerlos) y de la libertad (incluso aceptando su pérdida) evidenciándose la estrecha vinculación entre cotidianidad e identidad, la cual luce como consecuencia de aquella.

Aquí se tornan significantes las afirmaciones de Castells (Avendaño 2.001) cuando en un contexto marcado por las relaciones de poder, plantea la construcción de la identidad a partir de sus tres formas originarias: 1) identidad legitimadora: introducida por las instituciones dominantes de la sociedad para extender y racionalizar su dominación frente al resto de los actores sociales; 2) identidad de resistencia: generada por aquellos actores quienes sustentándose en principios distintos a los emanados de otras instituciones sociales, se encuentran en posiciones estigmatizadas por la lógica de la dominación; y 3) identidad proyecto: o aquella que intentan construir los actores sociales, cuando basándose en los elementos culturales disponibles, tratan de redefinir su posición en la sociedad, buscando con ello la transformación de toda la estructura social.

Ahora bien, de las tres formas originarias de identidad planteadas por Castells, ninguna de ellas está exenta de los atributos que rigen su construcción cuando es enfocada desde la perspectiva de la cotidianidad. La construcción de la identidad, sea ésta individual o referida a un grupo social, implica el reconocimiento de las diferencias respecto a los demás, el deseo de afianzarlas o modificarlas, y la utilización del sentido de libertad para actuar en función de sus límites.

Lo anterior conduce a entender que la identidad auténtica se construye en un contexto de cambio signado por el deseo y la libertad. Si el deseo deriva de la insatisfacción con lo cotidiano, es fácilmente comprensible la total libertad del hombre para cambiar sus creencias y sus pensamientos; mas no significa su propensión a cambiar sus hechos y circunstancias. Esa particularidad no los hace menos libres; pero sí, menos dispuestos para ejercer la libertad. De nuevo, las relaciones de poder condicionan su ejercicio, mas no sus fundamentos; relaciones de poder no solo jerárquicas o formales, sino además, regidas por la supremacía de los convencionalismos morales.

Así, no toda actuación del hombre encuentra sustentación en el ejercicio de la libertad, ni está totalmente sujeta a imputación de responsabilidad o dentro de la esfera ética, siendo oportuno parafrasear a Guédez (2.004) quien señala que las respuestas éticas no proceden de reacciones a instintos, ni de deducciones derivadas de la lógica, ni tampoco de obediencias normativas; sino más bien reflejan decisiones fundamentadas tras la existencia de un espacio deliberativo entre una situación dada y la decisión adoptada. De ese modo, las reacciones, las deducciones y las obediencias se entienden como simples reflejos de la aceptación y la adaptación; pero no revelan el ejercicio de la libertad, principio fundamental de la condición humana.

Lo cotidiano existe porque así se ha aceptado y el hombre se ha adaptado a ello; pero al mismo tiempo, tanto de manera activa como pasiva, el espíritu se rebela continuamente contra lo cotidiano, tratando de emanciparse. Al contrario de la aceptación y la adaptación, tanto la rebelión como la emancipación solo adquieren sentido cuando se observan desde la perspectiva de la libertad, la cual se materializa en la potestad de elegir el destino, así como en la férrea voluntad de apartarse del camino a cualquier destino no elegido. Dicho así, más que para ser entendida, la cotidianidad se presenta para obrar en función de ella.

Obrar en lo cotidiano es obrar en el ámbito moral de la identidad, conjugándose la representación de la subjetividad con las distintas manifestaciones del mundo de vida objetivo. Conlleva el ejercicio de la libertad, no sólo para modificar costumbres, tradiciones y estilos de vida, sino también para gestionar las interrelaciones e intervenir en los asuntos colectivos más allá de los propios intereses particulares. Obrar en lo cotidiano es ejercer la condición de ciudadano pleno, lo cual según Savater (2.004) significa la “gestión de lo propio en interacción con lo que tenemos en común con nuestros iguales”, en cuya sentencia quedan representados los tres componentes de la ética identificados por Ricoeur (1.990) como constitutivos de la sabiduría práctica: estima de sí, solicitud y sentido de la justicia.

En este orden de ideas, vivir y sentir la cotidianidad implica emanciparse de ella encauzando los mecanismos tendentes a su trasgresión. Para ello se requiere la posesión de profundas convicciones sobre las que se sustente la legítima pretensión de imponerse a las normas y a los convencionalismos, sin necesidad de recurrir a manifestaciones violentas o arbitrarias.

Así, volviendo a Castells, surge la duda sobre cuál de las formas originarias de identidad es la más propensa para hacer valer las convicciones sobre las que se configuran. ¿Será acaso la conformada por las instituciones dominantes (identidad legitimadora) o por el contrario, recaerá en los actores dominados (identidad de resistencia)? De igual modo, ¿será posible la existencia de elementos convergentes entre ambas?, y de ser cierta esa posibilidad, ¿sobre cuál perspectiva ética se asienta su configuración? Tratar de hallar las respuestas a estas interrogantes constituye el propósito orientador de los próximos párrafos.

2.- Emancipación responsable
Al concebir la construcción de la identidad como un acto libre ejercido en función de una aspiración o motivo trascendental, cualquier intento de trasgresión a la cotidianidad debe encontrar sustentación en la percepción sobre los espacios de libertad disponibles, permitiendo discernir así sobre la vinculación entre el atractivo de la trasgresión y el costo emocional del simple hecho de transgredir. De este modo, mientras mayor sea el atractivo, y menor el costo emocional asociado, mayor será la posibilidad real de convertir la cotidianidad en un ámbito espacio-temporal de gestación de las nuevas formas y contenidos que se pretendan alcanzar.

Discernir sobre esta vinculación solo puede realizarse desde la óptica de la responsabilidad, entendida ésta como la capacidad individual para responder acerca de las propias acciones y omisiones, según las convicciones, los fines y las intenciones que sostienen los procesos de deliberación y elección. Quizás por ello, Guédez (ob.cit) apunta a la responsabilidad como la determinante ética, cuando a la expresión «responsable» contrapone el de «víctima» al señalar: “el responsable asume el desafío de una visión y las exigencias de un esfuerzo, mientras que la víctima (…) piensa en las circunstancias externas que condicionan su reacción”.

Lo anterior invita a la reflexión sobre los componentes de toda acción responsable: conocimiento, posibilidad y voluntad (Savater, ob. cit.), para luego vincularlos con los tres elementos de la ética a partir de los cuales, Ricoeur (1.990) configura el concepto de «sabiduría práctica» (estima de sí, solicitud y sentido de justicia) en el ámbito de la cotidianidad.

2.1. El conocimiento como fundamento de la intención emancipadora
Sin la pretensión de abordar el ámbito de la psicología cognitiva, se parte de la premisa que el conocimiento adquirido y aplicado en las interacciones cotidianas, está basado en criterios asociativos simples y causales, condicionados por ideologías y sentimientos alineados con la estructura cultural de un determinado contexto social. Dada la existencia de este tipo de conocimiento simple, no todo acto de conocer es ostensible de rigurosidad científica; pero aún así, intentar entenderlo como uno de los fundamentos de la acción responsable, obliga a considerar sus formas básicas. Para ello se utilizará la reinterpretación de Lucas (2.007) sobre la teoría de creación del conocimiento organizacional, formulada por Nonaka y Takeuchi, quien considera cuatro dimensiones del conocimiento: a) como acción efectiva; b) como explicación validada; c) como procedimiento compartido y d) como estilo compartido.

a) El conocimiento entendido como acción efectiva está vinculado a la experiencia personal. Responde a una percepción de la realidad determinada en todo caso por la estructura biológica del individuo, cuyas percepciones y conocimientos no pueden ser consideradas como representaciones de la realidad, sino como simples actos identificativos del particular modo de ver y comprender, en consonancia con la exclusiva estructura del ser. Lucas sostiene que en este dominio individual-pragmático, el hombre se comporta meramente como un observador, y al ser el acto de distinción el acto cognoscitivo básico, la capacidad de hacer descripciones de la realidad dependerá del acto de diferenciar a través de los sentidos y del lenguaje, confiriendo sentido a las propias experiencias. En este dominio, el aprendizaje está vinculado al cultivo de prácticas o saberes reflejos expresables en habilidades para la acción.

b) Según Lucas, el conocimiento entendido como explicación validada implica reformular la experiencia o el modo pragmático de vivir a través de la explicación, cuyas premisas fundamentales solo pueden validarse desde el plano subjetivo. Al concebir la aceptación de quien escucha como la única vía para legitimar la explicación propuesta, y al entender todo sistema racional fundamentado en un sustrato emocional, se deduce que lo humano solo puede configurarse a partir de la hibridación de la razón, las emociones y la acción, dotándolo así de coherencia argumentativa y pragmática. En este dominio individual-reflexivo, cuyo aprendizaje está asociado con los saberes reflexivos traducibles en habilidades para el análisis razonado de los hechos y experiencias, discurren los fundamentos de la cotidianidad, solapándose tanto la experiencia como la explicación.

c) El conocimiento entendido como procedimiento compartido, corresponde a las coherencias operacionales colectivas, recursivamente perfeccionadas y constituidas a partir de las explicaciones validadas. En este dominio colectivo-reflexivo, el aprendizaje está asociado con los saberes técnicos expresables en habilidades específicas según las disciplinas a las que respondan.

d) Por último, el conocimiento entendido como estilo compartido, se introduce en el trasfondo de las prácticas sociales históricamente forjadas, que moldean el carácter relacional del ser. Este dominio colectivo-pragmático determina el estilo o manera particular de ser de una comunidad moral, estableciendo las posibilidades y el modo de encauzar la acción. En este dominio, el conocimiento se asocia con los saberes compartidos, los cuales se expresan en habilidades colectivas, prácticas discursivas, herramientas y roles, armoniosamente dispuestas para alcanzar los propósitos establecidos dentro de un determinado espacio social.

Al analizar cada uno de los tipos de conocimiento propuestos por Lucas, se abona el camino para hallar la génesis de la intención emancipadora en la dimensión individual-reflexiva del conocimiento, pues en el dominio pragmático no parece residir la posibilidad de explicación y validación de la cotidianidad, al no existir la posibilidad de manejar las propias emociones para afrontar de forma crítica, autónoma y responsable, los hechos cotidianos. Así, solamente habrá posibilidad de auto-comprender y auto-estimar desde la perspectiva reflexiva del conocimiento en la que se funde lo racional con lo emocional. Morin (2006) resalta esta cuestión cuando al referirse a la dialógica «razón-pasión» señala: “Una vida puramente racional sería en el límite una ausencia de vida; la cualidad de la vida comporta emoción, pasión, goce.” Dicho esto, surge una nueva inquietud: ¿de cuál conocimiento es necesario disponer para encarar lo cotidiano?

Mucho se ha discutido sobre el papel del hombre y de la sociedad en la determinación de las formas de conocer y de los supuestos a partir de los cuales se le otorga validez; pero poco se ha dicho sobre el conocimiento necesario. A lo largo de su historia, el hombre se ha empeñado en aprehender la realidad circundante, pretendiendo la explicación de los fenómenos que percibe y le interesan para construir y apropiarse de un conjunto de verdades cada vez más débiles e irrelevantes. De este modo, el hombre se ha esforzado por conocer su exterioridad con la finalidad de explicarla, utilizarla y transformarla; pero aún sin proponérselo, ha abandonado la búsqueda del conocimiento de su propia identidad; subordinándose al objeto y desconociendo las fuentes de su emocionalidad y de sus valores.

El sendero transitado por el hombre para encontrar refugio en el conocimiento exterior, ha dificultado la comprensión de la complejidad humana y el abordaje de los determinantes básicos de coexistencia pacífica ante el pluralismo moral que caracteriza a las sociedades contemporáneas. Desde esta perspectiva, la pertinencia del conocimiento convencionalmente entendido, solamente puede delinearse desde la comprensión de la propia subjetividad, para adquirir lo señalado por Morin como «cultura psíquica» y «autoética» llegando a afirmar que “es a la vez una exigencia antropológica y una exigencia histórica de nuestro tiempo” para enfrentar “nuestra propia barbarie interior”.

Ante estas circunstancias, el conocimiento necesario para sustentar la intención emancipadora y resolver los problemas de significados y valores en la cotidianidad del mundo de vida, no parece ser otro que el orientado a procurar la transformación moral del individuo, para así poder proyectar y materializar los atributos éticos de las acciones responsables derivadas del acto de conocer, resultando evidente la indisoluble vinculación entre conocimiento, autoestima, reflexión, autonomía, libertad, justicia y emancipación, y adquiriendo relevancia la afirmación de Habermas (2.002) cuando al mencionar las distintas formas de racionalidad, advierte que ésta no sólo se evidencia cuando se interpretan las necesidades personales a la luz de los estándares de valor aprendidos en sus culturas, sino también y “… sobre todo, cuando es capaz de adoptar una actitud reflexiva frente a los estándares de valor con que interpreta sus necesidades”.

2.2. La posibilidad y la voluntad como atributos éticos a partir del conocimiento
La posibilidad de emancipación no es ajena a la posibilidad de inclusión, pues tal como lo expresan Cortés y Martínez (1.996) en clara alusión a Ricoeur, el ser “desborda los límites de un yo entendido simplemente como sujeto cognoscente, pues engloba también la libertad y posibilidades que van más allá del conocimiento objetivo y de la experiencia sensible” comprendiéndose así la intención del ser crítico y reflexivo para apartarse de lo cotidiano, no tanto para crear su propio mundo de vida, aislado de sus semejantes o ajeno al de su contexto, sino mas bien para expresar su respeto a la dignidad humana, su compromiso con la búsqueda de un bien común, y su intención de convivir con las igualdades y con las diferencias, residiendo precisamente en éstas últimas, la naturaleza de la propia identidad. Si no existiesen discrepancias, disconformidades, oposiciones y desacuerdos, tampoco habría elementos distintivos capaces de configurar una identidad particular.

Ahora bien, ¿dónde reside la posibilidad de emancipación y de inclusión? Nuevamente Lucas parece ofrecer la respuesta cuando apunta al dominio colectivo-pragmático del conocimiento como el albergue de los modos posibles de encauzar la acción, Así, la «posibilidad» como tal, reside en la identidad del contexto social, es decir, en su cultura o modo particular de ser. Sin embargo, a pesar de que este dominio del conocimiento es un derivado de sus tipos precedentes, y asumiendo como es lógico que el ser forma parte integral de su propio contexto, la existencia real de una o varias posibilidades de acción no implica necesariamente su reconocimiento en la conciencia reflexiva de cada individuo, lo cual obligaría a abordar el campo moral que condiciona las actitudes personales ante la realidad percibida. Expresado de otro modo, la posibilidad, aún cuando exista en el contexto; sólo será reconocida a través de la conciencia reflexiva; o dicho en términos contrarios, aunque la posibilidad no exista en el contexto, pudiera ser erróneamente visualizada en la conciencia.

Esta ambivalencia ha sido mencionada por Touraine al señalar: “la presencia del yo se manifiesta a la vez en el modelo cultural de una sociedad (…) y en los movimientos de solidaridad y protesta contra las diferentes formas de dominación”, lo cual invita a reflexionar sobre el doble rol del sujeto en su contexto social: por una parte, coadyuvando a configurar la cultura social, y por la otra, rebelándose contra ella. Esta dicotomía humana, paradójica y contradictoria, encuentra su equilibrio en el juicio moral, dialógicamente dispuesto en función del interés propio y el compromiso hacia el otro. De no ser así, el mismo Touraine llega a afirmar que el desinterés extremo conduciría a un “egoísmo cada vez más agudo y por último a la incapacidad de alzarse para defender la libertad del sujeto cuando esté amenazada”

Siguiendo este hilo conductor, ambas posiciones del sujeto social no pueden aislarse, siendo precisamente la forma como se compatibilizan y aplican los principios morales en las situaciones creadas por la dinámica social, la que define el conjunto de atributos éticos sobre los cuales se configuran los procesos de reflexión, elección y acción. De este modo puede entenderse la ética, en su papel de condicionante de las manifestaciones de voluntad hacia el compromiso y la emancipación.

Las reflexiones anteriores conducen a entender la voluntad, como la libre disposición personal para ejecutar responsablemente las acciones a través de las cuales se intentan modificar las situaciones sociales. Volviendo a Lucas, es en el dominio individual reflexivo del conocimiento donde la voluntad coexiste junto con la intención emancipadora. Consecuentemente, se vislumbra que el gran valor del conocimiento está determinado por su capacidad para concebir y materializar la capacidad de emancipación, como modo de asegurar el control de las propias vidas, tanto en el ámbito personal como en el colectivo.

3.- Emancipación responsable y sabiduría práctica
En los párrafos precedentes se ha discutido la estrecha interrelación entre los tres componentes de la acción responsable (conocimiento, posibilidad y voluntad) así como su vinculación con el modelaje cultural y la intención emancipadora. A continuación, se pretende desarrollar su conexión con el concepto de sabiduría práctica propuesto por Ricoeur, a partir de los tres elementos de la ética que él propone (estima de sí, solicitud y sentido de justicia)

El saber práctico puede entenderse como el referente en el cual se materializan las respuestas morales con sujeción a un proceso de deliberación y elección gobernado por deseos e intereses. Tanto es así que Etxeberría y Florez (2006) llegan a afirmar: “la ética se inscribe antes que nada en las profundidades del deseo”, mientras Habermas junto con Apel identifican tres tipos de intereses en el saber: “el técnico de dominación, el crítico-ideológico de liberación y el práctico-hermenéutico en la comprensión”. De este modo, el dominio, la liberación y la comprensión se advierten como los fundamentos de las intenciones y a su vez, como los propósitos de la acción.

Así, la intención emancipadora (liberadora) nace de un interés crítico-ideológico, llevando implícita la preeminencia de la convicción sobre las reglas de la cotidianidad. Esta intención, optativa más que imperativa, reviste un juicio moral pues se sustenta en principios difícilmente jerarquizables, en ocasiones incongruentes o incluso contradictorios con la estructura cultural dominante en un contexto social, haciendo emerger un conjunto de conflictos cuya solución no puede encontrarse en el componente normativo social vinculado al interés técnico de dominación. De este modo, en principio, toda intención emancipadora constituye una respuesta moral ante la complejidad intercultural y el debilitamiento de viejas certidumbres legitimadas por el saber convencional y por las tradiciones.

Pero mientras la capacidad crítica tiene su punto de apoyo en el conocimiento, la intención emancipadora se sustenta en la estima de sí (primer elemento ético propuesto por Ricoeur) vinculada con la capacidad del individuo para valorar su propia existencia y base de confianza elemental que le capacita “para todo movimiento de apertura al mundo y a los otros” (Begué, s.f: 11). No existiría tal disposición para obrar, sin el previo reconocimiento del potencial individual y de los espacios de libertad para jerarquizar y acometer las acciones.

Ahora bien, no toda acción intencionada, por mas noble que sea su propósito, encuentra refugio en los dominios éticos, puesto que también se correría el riesgo de adoptar formas narcisistas y expresiones egocéntricas, al desconocerse exigencias sociales significativas y consecuentemente ajenas a los deseos particulares, los intereses y la voluntad individual. Sobre esta cuestión, Taylor (2.005) advierte sobre la pérdida del sentido de autenticidad humana y de significación, ante la pretensión de evadir las estipulaciones sociales, y afirma: “Es esto lo que resulta contraproducente en las formas de cultura contemporánea que se concentran en la autorrealización por oposición a las exigencias de la sociedad, (…) y a los lazos de solidaridad”.

Partiendo de la cita anterior, es preciso desarrollar los elementos que vinculan a Taylor con el concepto de la sabiduría práctica de Ricoeur, quien define la aspiración ética en los siguientes términos: “tender a la vida buena, con y para los otros, en instituciones justas”.

Si bien la estima de sí comporta el peligro de replegarse sobre el propio yo para tender a la vida buena (vivir bien), Ricoeur argumenta el desconocimiento de las exigencias sociales como circunstancia ajena al concepto de autoestima, al suponer una relación de reciprocidad sustentada en la amistad y el respeto, a través de las cuales “las personas se reconocen como insustituibles en el intercambio mismo”. A este componente del saber práctico, Ricoeur lo denomina “solicitud” Así, al considerar la autoestima como el elemento originario de la autorrealización, la pretensión emancipadora obligaría a considerar los intereses técnicos de dominación (Habermas), menoscabándose la posibilidad real de liberación ante la fuerza del poder normativo y coercitivo del que disponen las instituciones dominantes. Es en este punto donde adquieren relevancia los conceptos de solidaridad y justicia mediante los cuales, Ricoeur intenta compensar el desequilibrio en las relaciones de poder entre las instituciones y las personas, confiriéndole una connotación ética a las interacciones humanas como vía de entendimiento a partir de las diferencias.

De las ideas anteriores, se desprende que la idea de solidaridad posee tres implicaciones para la institución dominante: en primer lugar, el reconocimiento de intereses legítimos en el ente dominado; en segundo lugar, el reconocimiento de una situación desigual que le favorece y, por último, la voluntad real de recurrir a la norma moral para solventar tal desequilibrio.

4.- A modo de conclusión
La dinámica compleja de la cotidianidad hace emerger nuevas sensibilidades, conflictos y desafíos que seducen al individuo dominado a acariciar la idea de emancipación contra lo conocido y lo instituido. Contradicciones culturales, divergentes estilos de pensamiento y un cúmulo de tensiones gestadas en la comunidad moral, disuelven los esfuerzos para encontrar argumentos absolutos capaces de sostener la vigencia de lo cotidiano. Por ello, lejos de mostrarse desvinculado de su propia naturaleza crítica; aunque al mismo tiempo relacional, el hombre necesita encontrar un punto de equilibrio entre lo convencional y lo transformativo, en donde sus acciones y reflexiones apuntalen la idea de progreso y bienestar.

Ante ese reconocimiento, las racionalidades con pretensiones hegemónicas, bien sean heredadas, o gestadas durante la historia reciente de la humanidad, han comenzando a desfigurar sus tradicionales espacios reflexivos, imprimiéndole un nuevo dinamismo a la dimensión humana individual. Sin embargo, este cambio en las convicciones y propósitos que han dibujado la identidad de las instituciones dominantes, solamente puede adquirir sentido práctico en la medida en que se logre conjugar la responsabilidad y la sabiduría, por parte de aquellos actores cuyas pretensiones de emancipación estén sustentadas en intenciones legítimas y en función de un proyecto regulado por intereses comunes.

Todas las ideas expuestas apuntan a los actores dominados como aquellos entes quienes solamente podrán materializar sus convicciones emancipadoras, cuando logren alinear sus elementos identitarios de resistencia con la jerarquía de prioridades en la que las instituciones dominantes sustentan sus principios rectores. Así, la noción de emancipación, aún gestada en la conciencia reflexiva individual, no es ajena a la identidad legitimadora del contexto, pues es allí donde reside la posibilidad como tal.

En fin, al ser muy estrecha la vinculación entre el deseo de trasgresión y la necesidad de coexistencia pacífica, y no existiendo modo alguno de desvincular la intención emancipadora de la noción de proyecto socio-histórico común, en el juego de la emancipación no hay vencedores ni vencidos, por lo que a los distintos actores de la comunidad moral, dotados de legitimidad y al mismo tiempo de libertad, tampoco se les podrá atribuir un determinado nivel de propensión para materializar sus convicciones. Este equilibrio, representativo de un nuevo modo de pensamiento cada vez más alejado de la lógica de la dominación, se asienta sobre una ética de la tolerancia, del respeto y de la solidaridad, cuyas reglas solo podrán emerger y transformarse en función de las emociones colectivas, o tal como lo indica Guerra (2.004) “en perfecto relativismo con el momento sociohistórico considerado”