Decisiones en un mundo complejo


Por lo general no sabemos tomar decisiones, y lo peor no es tanto que no sepamos tomar decisiones sino que tampoco queremos tomarlas, prefiriendo resguardarnos en la deducción. La decisión es la máxima expresión de la inteligencia humana y en consecuencia, el más humano de los actos; sin embargo pocos sabemos, realmente, lo que significa tomar decisiones.
En esta ponencia dirigida a un grupo de graduandos de la Caribbean International University, se esbozan tres claves mediante las que se pretende explicar la naturaleza de las decisiones gerenciales en un mundo sumido en la complejidad y la incertidumbre. Claves que nos aproximarán al éxito personal y profesional.

Transcripción íntegra de la ponencia:
Muy buenos días… Agradezco la invitación de la Caribbean International University para compartir algunas ideas con ustedes durante los próximos 45 minutos, y aprovecho además para felicitarles por haber cristalizado un nuevo reto en vuestra trayectoria académica y profesional.

Venimos a hablar de tomar de decisiones, y aunque ustedes crean lo contrario, vamos a demostrar que por lo general no sabemos tomar decisiones, y lo peor no es tanto que no sepamos tomar decisiones sino que tampoco queremos tomar decisiones, y la decisión, como ustedes muy bien saben es la máxima expresión de la inteligencia humana. Gracias a nuestra inteligencia nosotros podemos tomar decisiones. La decisión es el más humano de los actos; sin embargo pocos sabemos, realmente, lo que significa tomar decisiones.

Antes de entrar en el tema, debemos reflexionar sobre tres preguntas: ¿Qué es lo que decidimos?, ¿Por qué tenemos la necesidad de decidir? y ¿para qué decidimos?. Son preguntas que normalmente no nos formulamos: Qué es lo que decido, por qué tengo la necesidad de decidir, y para qué decido.

Para no alargar mucho la conversación, les voy a presentar las tres claves de estas tres respuestas. ¿Qué es lo que decidimos?, decidimos la forma de construir y activar nuestra realidad. Si no decidimos, serán los demás los que activen nuestra realidad. Nosotros decidimos para construir nuestra realidad; la realidad de cada uno de nosotros. Si no lo hacemos, los demás decidirán por nosotros y serán otros los que decidan lo que debemos, cuándo y cómo. Entonces, nuestro rol en la vida será seguirles, obedecerles, a veces sin ningún sentido para nosotros, pero hemos permitido que sean otros los que marquen nuestra vida; y por qué tenemos la necesidad de decidir? Porque por naturaleza, el ser humano es un ser insatisfecho. Cuando nosotros estemos satisfechos es porque ya no tenemos ambiciones, porque no tenemos nuevos horizontes, porque estamos de acuerdo con todo lo que ocurre a nuestro alrededor y con todo lo que nos ocurre a nosotros mismos. Mientras nosotros seamos seres insatisfechos, tendremos la necesidad de decidir; y esto nos conduce a la tercera respuesta, (o mejor dicho, a la  respuesta a la tercera pregunta); pará qué decidimos…  pues decidimos, nada más y nada menos, que para preservar nuestra propia condición humana; para no convertirnos en animales silvestres imposibilitados de tomar decisiones. Si nosotros queremos preservar nuestra propia condición humana y no actuar como animales salvajes o como máquinas exentas de emociones y sentimientos, tenemos que aprender a decidir. Una persona vale según como decida y no tanto según lo que haga. Esto es importante, el mérito de una persona radica en las decisiones que toma, sean buenas o malas, no importa, y no tanto en las acciones que ejecute.

Ahora bien, no podemos entender realmente todo esto de la decisión, y la naturaleza humana, y la activación de la realidad, y la insatisfacción, mientras no entendamos las tres claves en las que se sustenta la vida; y las tres claves de la vida (llamémosla vida familiar, laboral, profesional, etc.) siempre serán las mismas y cuando hablo de claves gerenciales no me refiero solamente a las claves gerenciales en el sentido de la empresa, o en el sentido de una organización, porque antes de ser gerentes de una organización, o en una organización, todos nosotros somos gerentes de nuestras vidas; Como siempre digo, para ser un buen gerente en una empresa, primero debemos ser buena gente. Nosotros no podemos gerenciar a los demás si no somos capaces de gerenciarnos a nosotros mismos, por lo que cuando escuchen la palabra “gerencial”, refiéranse también a la gerencia de ustedes mismos, de sus propias vidas, de su futuro, de sus habilidades, de sus capacidades, de sus competencias y de sus incompetencias, porque todos también somos incompetentes en algunos casos.

¿Cuáles son esas claves?

La primera clave para explicar todo este tema  de cómo actuamos en la vida, radica en tres palabras o expresiones: visión, dominio de la realidad e innovación. Este es el primer eje que debemos comprender y que vamos a comentar. El segundo eje fundamental: motivación, talento y sentido de la oportunidad; este eje también lo vamos a comentar; y la tercera clave, decidir o deducir; es decir: decisión Vs. deducción. Luego tendré la oportunidad de explicarlo.

Comencemos con la primera clave: visión, dominio de la realidad e innovación. Sin visión no somos absolutamente nadie. Todos debemos tener una visión porque nuestra visión ¿qué es? Nuestra visión es el norte, nuestra visión es hacia dónde vamos, nuestra visión es lo que queremos lograr, no importa cómo… “yo quiero llegar hasta allá” esa es mi visión. Mi visión como persona, mi visión como gerente, mi visión como padre o madre, mi visión como hijo, mi visión como miembro de una organización, o mi visión como organización.

¿De qué depende esa visión? Esa visión no puede depender solamente del contexto; no son los demás los que nos deben decir cuál es nuestra visión o cual debe ser nuestra visión; somos nosotros, o es nuestra organización. Si no tenemos visión, no tendríamos, entonces, necesidad de existir, porque nuestra vida no tendría significado alguno. Si yo estudio, pero no tengo visión de futuro, ¿para qué estoy estudiando?; si yo me caso pero no tengo visión de futuro, ¿para qué me estoy casando?; si yo soy una organización y no tengo visión de futuro, ¿para qué existo en el mercado?... ¿para qué existo ante la sociedad?. Importante, la visión no nos la impone nadie; la visión depende de nosotros porque la visión está consustanciada con los valores; de hecho, la visión es un valor, un valor final.

Sabrán ustedes que hay dos tipos de valores: hay valores finales y hay valores instrumentales que son herramientas. La visión es un valor final. Por ejemplo, ¿cuál es la visión de nuestra vida?, ¿qué queremos ser dentro de diez o veinte años?; ¿qué es lo que nos invita a luchar?; ¿qué es lo que nos invita a pelear?, ¿será por ejemplo la protección de la familia, ¿la autorrealización? Esa es la visión. Es un valor final, un valor cultural que por supuesto deriva de las creencias, deriva de nuestros principios. Sepan ustedes, además, que los principios también son creencias, pero son creencias más o menos estables en el tiempo, mientras que las otras creencias que no llegan a ser principios, pueden modificarse en cualquier momento, porque en todo momento nosotros aprendemos, como en todo momento nosotros también desaprendemos, modificamos nuestras creencias, adquirimos nuevas creencias, eliminamos creencias antiguas; pero las creencias que llamamos principios no son transformables de un momento a otro, sino que son más o menos permanentes en el tiempo. Entonces, nuestra visión va a depender de nuestros valores, va a depender de nuestra cultura, va a depender de lo que queramos realmente ser y a dónde queramos llegar. La visión es el norte. La visión es el principio de todo.

Lo peor que le puede pasar a una persona o a cualquier organización, llámese empresa, familia u organización, es alcanzar su visión. A pesar de que la visión es el norte, es el principio, lo peor que puede suceder es que lleguemos a alcanzar nuestra visión; ¿por qué?; porque si alcanzamos la visión ya no tendremos más nada por lo que luchar, ya no tenemos más nada por lo que preocuparnos, no tendríamos más ambiciones, no tendríamos más metas ni nuevos objetivos, no tendríamos más nada; sería algo así como sentarnos en una cómoda butaca a esperar la muerte.

La visión es como cuando uno está en la playa y mira esa línea del horizonte en la que el mar se une con el cielo y dice. “qué bonita esa línea, yo quiero llegar hasta allá” y sube a bordo de su lancha y comienza a avanzar hacia el horizonte; pero en la medida en que se va desplazando, el horizonte como que también se va desplazando y nunca se alcanza. Es decir, en la medida en que vamos alcanzando nuestros objetivos intermedios, en esa misma medida nuestra visión debe ser más amplia, debe ir más allá; ¿por qué?, porque el ser humano es inconforme por naturaleza, es insatisfecho por naturaleza. Esta es la primera parte de esta primera clave: la visión, nuestro norte, el principio de todo.

Pero para poder aproximarnos a esa visión o para poder formularnos una nueva visión, debemos tener dominio de la realidad. ¿Qué quiere decir tener dominio de la realidad? El dominio de la realidad no debemos entenderlo tanto como el poder. No. El dominio de la realidad debemos entenderlo como el conocimiento que tenemos para poder interpretarnos a nosotros mismos e interpretar lo que sucede a nuestro alrededor. Conocimiento de lo de adentro y conocimiento de lo de afuera. En una organización, por ejemplo, ¿qué implica el dominio de la realidad?... implica conocer lo que ocurre dentro de mi organización, pero también significa conocer lo que sucede fuera de mi organización, porque si yo me concentro en lo mío, en mi interior y descuido el exterior, no voy a poder jamás aproximarme a la visión.

En el caso de las personas, si uno se concentra en uno mismo y descuida a los demás o a lo que le rodea, nos vamos a convertir en seres individualistas, en seres poco sociables y por lo tanto, jamás podremos aproximarnos a esa visión. Entonces, cuando hablo de dominio de la realidad, no estoy hablando de poder, sino de conocimiento, comprensión de lo que ocurre dentro y comprensión de lo que ocurre afuera.

Conocimiento que, por supuesto, se sustenta en un interés, porque el conocimiento no se vende en el automercado; el conocimiento no se compra. Uno puede comprar información, pero el conocimiento lo construye uno mismo en función de sus creencias, en función de sus valores, en función de su tradición histórica, en función de su tradición cultural, en función del contexto en el que haga vida y en función de sus intereses, porque ¿qué es lo que uno conoce? uno conoce lo que le interesa conocer; Si yo no conozco de química es porque nunca me interesa lo química; uno conoce en función de sus intereses y hace uso de ese conocimiento en función de sus intenciones, pero hay una enorme diferencia entre los intereses y las intenciones, que luego la vamos a revisar cuando hablemos de la decisión y de la deducción.

Los intereses poseen una naturaleza racional, los intereses son racionales, y de ahí deriva el acto de conocer; pero cuando yo conozco, utilizo o debo utilizar ese conocimiento en función de mis intenciones, y el componente básico de la intención no es un componente racional, sino más bien, un componente moral. Hay un largo trecho entre la racionalidad de los intereses (o intereses racionales) y la moralidad de las intenciones y en ese largo trecho es en donde ubicamos el poder y la forma de ejercer el poder.

Entonces, recapitulando: Visión: norte… dominio de la realidad: conocimiento, comprensión de lo que ocurre adentro y de lo que ocurre a nuestro alrededor.

Y la tercera palabra de esta primera clave o primer eje, es la innovación. Tenemos una visión, tenemos cierto dominio de la realidad y es en función de cómo dominemos esa realidad y es en función de esa visión, como nosotros podemos innovar, podemos crear, podemos cambiar. Somos nosotros los que cambiamos; no son los demás los que nos dicen qué cambiar o cuando debemos cambiar. Son las organizaciones las que cambian porque toda organización, al igual que toda persona, está llamada al desarrollo.

No hay desarrollo sin innovación; no hay desarrollo sin cambio, no hay desarrollo sin voluntad de hacer nuevas cosas, aunque las que viniéramos haciendo hubieran dado los resultados que esperábamos. El hecho de que hubiéramos obtenido éxito en el pasado no quiere decir que tengamos el éxito asegurado para el futuro, sino que tenemos que ir cambiando en función de nuestro norte y de cómo interpretemos la realidad, porque todo desarrollo proviene de un cambio, de un cambio intencional (tengo una intención de cambiar); pero además de eso, de un cambio proyectado, porque yo voy por un sendero y si alguien me dice “sal de ese sendero y anda por el otro”, claro, yo hago el cambio de manera intencional; pero sin ninguna proyección.

Si yo hago un cambio es porque quiero aproximarme a ese norte en función de la realidad que comprendo e interpreto y que yo mismo construyo. Todo comienza con la visión. Si no tenemos visión no tenemos derecho a llamarnos humanos. Si no tenemos un proyecto de vida debemos ir construyendo nuestro proyecto de vida, así como las organizaciones construyen también su proyecto de crecimiento y su proyecto de desarrollo.

Segundo eje: si el anterior era importante, este es fundamental: Motivación, talento y oportunidad. Nosotros podemos tener un norte, podemos dominar la realidad y podemos tener capacidad de creación, capacidad de innovación, capacidad de cambio; pero si no tenemos motivación no vamos a lograr absolutamente nada.

¿Qué me motiva para luchar; qué me motiva para pelear; qué me motiva para sacrificarme; qué me motiva para aceptar un reto; qué me motiva para levantarme de la cama en la mañana; qué me motiva para dejar a mi familia y venir a estudiar o a trabajar; qué es lo que me motiva; por qué lo hago?. Si no tenemos motivación no vivamos, no sería necesario. Si no hay nada que nos inspire, ¿para qué vivir?. Seremos melocotones, peras, manzanas; pero no seremos humanos. A una manzana no le inspira nada, porque una manzana es y será manzana desde que nazca hasta que muera y tendrá una condición predeterminada de vida, pero el ser humano es el único ser viviente que no tiene una condición predeterminada de existir, porque cuando nacemos no sabemos cuál será nuestro destino; no sabemos si seremos delincuentes o seremos astronautas; no lo podemos saber y la diferencia entre un saltamontes y una ser humano va a depender de nuestro norte, de nuestro contexto y va a depender de nuestra motivación para cumplir ciertos retos y para alcanzar ciertos objetivos.

En cuanto al talento, cada uno de nosotros pudiera tener mucha motivación, pudiéramos estar muy motivados, altísimamente motivados, pero si no tenemos talento, la motivación no serviría de nada. ¿Talento para qué?: talento para aprender, talento para conocer, talento para reconocer nuestras propias habilidades, talento para hacer uso de nuestras habilidades, talento para reconocer nuestras debilidades y talento para superar nuestras incompetencias, porque el hecho de que yo sea competente no significa que sea competente para todo; será competente para algunas cosas, porque cuando yo nací, no me dieron una bolsa con todas las herramientas que iba a utilizar a lo largo de mi vida, porque nadie sabía cómo iba a ser mi vida. Esas herramientas que necesito las debo ir tomando del camino. Sin motivación no hay nada; pero sin talento tampoco. Igual ocurre con una persona muy talentosa; pero que no esté motivada. Debe haber una conjunción entre la motivación de una persona y su talento para adquirir conocimientos, para conocer, para comprender, para encontrar nuevas creencias, para encontrar nuevas razones y para hacer uso, por supuesto, de esas razones.

Pero si nosotros tenemos mucha motivación y mucho talento pero no reconocemos la oportunidad de utilizar el talento y dejamos que el autobús de las oportunidades pase mientras tenemos los ojos cerrados, pues tampoco vamos a alcanzar el éxito; tampoco vamos a ir aproximándonos a esa visión. Necesitamos tener la oportunidad. Necesitamos encontrar la oportunidad; identificar la oportunidad. ¿A cuántas personas como ustedes, muy talentosas y muy motivadas para el estudio, no se les ha presentado la oportunidad para estudiar?. De nada sirve la motivación y el talento porque no tienen la oportunidad, pero cuantas otras, motivadas y talentosas han dejado que el autobús de la oportunidad pasara frente a sus ojos y no supieron reconocer la oportunidad o desperdiciaron la oportunidad. La motivación y el talento tampoco les sirvieron de nada. La motivación, el talento y la oportunidad son tres ingredientes de este segundo eje que son fundamentales; no puede faltar ninguna, como tampoco puede faltar el norte, como tampoco puede faltar el dominio de la realidad, como tampoco puede faltar la propensión al cambio; la tendencia al cambio, la tendencia a la innovación, la tendencia a la creación.

Y el tercer eje (a lo que vinimos) decisión Vs deducción. Pongamos un ejemplo: cuando un conejo provisto de libertad se da cuenta de que hay un cazador cercano, él sale corriendo, luego se detiene, mira al cazador, y comienza de nuevo su huida en determinada dirección intentando escapar. ¿qué creen ustedes que hizo el conejo: decidió o dedujo lo que tenía que hacer? La respuesta correcta es: dedujo lo que tenía que hacer para salvaguardar su vida.

Otro ejemplo: un profesor le pide a ustedes que hagan un examen y mira el examen y le califica con 18 puntos, porque sumando todos los puntos, le da 18. Solamente falló en dos preguntas. ¿el profesor decidió ponerle 18? No.. Él dedujo que ante las pruebas que le estaban mostrando, dicho alumno tenía 18 puntos… y no tiene que explicar nada; pero al corregir otro examen, se percata de que solamente respondió acertadamente 4 preguntas, y le califica con 04, sin dolor, y nadie le puede reclamar nada porque él se remite a las pruebas.

Cuando le pregunten por qué sacó 04, le responderá… “por esto”. El profesor no asume ninguna responsabilidad por el hecho de que esa persona no haya estudiado lo suficiente y haya salido mal en el examen… El profesor no decidió calificarla con 04.. sino que dedujo que ante el examen que estaba evaluando, esa era la calificación que le correspondía.

Pero cuando evalúa un tercer examen, la calificación que le corresponde es 09 (por ejemplo) y entonces, el profesor piensa: “caramba, le faltó apenas un punto para aprobar…” y vuelve  a revisar el examen para ver si se había equivocado; pero nada; el examen era para calificar al estudiante con nueve puntos… y su conciencia le dice que no es justo amargarle su existencia por un punto, porque le va a privar de graduarse con sus compañeros de promoción al tener que repetir esta asignatura, y entonces… sin más… la evalúa con 10.

En este caso, el profesor dejó de lado la deducción, (es decir lo que le decía la lógica del razonamiento formal) y decidió, pero al mismo tiempo asumió la responsabilidad… y cuando alguien vaya a reclamarle las razones por las cuales le regaló un punto, él tendrá que utilizar argumentos para justificar su decisión.

¿Qué ocurre en la vida diaria? Que normalmente nosotros tratamos de evadir responsabilidades y como tratamos de evadir responsabilidades también tratamos de no decidir. Peferimos deducir cuál es la acción que debemos ejecutar para poder salvaguardar nuestros intereses, para poder salvaguardar nuestras cuotas de poder, para tener argumentos y evadir la responsabilidad, porque hay dos formas muy claras de evadir una responsabilidad: la primera: pedir perdón, pedir disculpas, decir “no fue mi intención… cuanto lo siento” y con eso pretendemos evadir la responsabilidad; y la segunda forma de evadir una responsabilidad, o de intentar evadir una responsabilidad, es mediante la justificación… “me pasó esto, compréndeme, no ha sido mi culpa, etc.” Y ya con eso se pretende evadir la responsabilidad.

Toda decisión implica en primer lugar, asumir un riesgo. En muchísimas ocasiones nosotros evitamos el riesgo; y evitamos el riesgo no tanto por nosotros, sino por el modo como hemos sido educados y por el modo como hemos sido criados; pero ya es momento de empezar a asumir los riesgos de la decisión, porque recuerden que las decisiones serán buenas o serán malas, no en función de los resultados que se hayan obtenido; hay decisiones muy malas que han dado muy buenos resultados, así como hay muy buenas decisiones que han dado resultados contrarios a los esperados. Entonces, una decisión no es buena o mala en función de los resultados, sino en función de la forma como hayamos tomado la decisión y en función de las razones por las cuales hemos tomado la decisión.

En la mayoría de los casos nosotros tomamos decisiones sin saber lo que estamos decidiendo. Sin saber cuál es el problema al que intentamos darle una solución, porque ¿cuándo tenemos que decidir?. Debemos decidir cuando queremos lograr algo y no sabemos cómo lograrlo, porque si queremos lograr algo y sabemos cómo hacerlo, no tenemos nada que decidir… Si yo sé cómo hacerlo no tengo nada que decidir. Cuando no sé cómo hacerlo y además, tengo varias alternativas, tengo que elegir una y no sé cuál es la mejor. Entonces, trato de buscar más y más información por acá y por allá, para evadir una responsabilidad, para deducir antes que decidir; y en ocasiones tomamos decisiones tardías, tomamos decisiones extemporáneas, tomamos decisiones que no conducen a nada porque el costo de la decisión ha sido superior al beneficio que vamos a recibir luego de tomarla. ¿por qué nos demoramos?. Porque no queríamos asumir el riesgo; porque no estábamos seguros; pero ¿quién está seguro?... Asumamos entonces el riesgo de las decisiones.

Cuando una persona toma decisiones, a veces no sabe lo que pretende solucionar, y desde ya les digo que hay un par de errores típicos al momento de formular un problema de decisión, porque toda decisión parte de un problema. El primer error típico: definir el problema en términos de las posibles soluciones; decir, por ejemplo: el problema es que el profesor debió haberme aprobado la asignatura, o el problema es que necesitamos más tiempo para estudiar, plantear el problema en términos de las posibles soluciones es un error que conduce al desastre, porque de este modo, todas las alternativas serán planteadas en función de esas posibles soluciones a lo que todavía no se ha identificado; aún no sabemos cuál es el problema cuando ya estamos tratando de encontrar soluciones.

El segundo error típico que se comete es el de plantear el problema en términos de los síntomas o causas percibidas; por ejemplo: el problema es que no he tenido tiempo, el problema es que el profesor está en mi contra, el problema es que la economía está mal, el problema es de la política; y ¿por qué es absurdo plantear el problema en términos de las causas o de los síntomas?: Primero, porque no tenemos una máquina del tiempo para dar marcha atrás y solucionar lo que ya pasó; lo que pasó, pasó y punto; se quedó atrás en la historia. Los problemas hay que plantearlos como un puente entre el presente y el futuro, siempre planteándolos hacia el futuro; yo no voy a decidir pretendiendo solucionar lo que ya pasó; porque eso sería revanchismo o cualquier otra cosa; pero no sería inteligente; en segundo lugar, porque ya tenemos que ir olvidándonos de la linealidad entre causas y efectos.

Es cierto que todo efecto es producto de algo y tiene sus causas; pero nuestra mente no es capaz de identificar todas las causas asociadas con un efecto; estamos limitados para comprenderlas porque estamos en un mundo complejo. Un mundo complejo en lo que lo económico tiene relación con lo social, lo social con lo político, lo político con lo tecnológico; y tratar de encontrar esa relación lineal entre causas y efectos es poco menos que absurda. No podemos comprenderlas; y además, en caso de que  pudiéramos tener el don de identificar todas las causas asociadas con un efecto, lo más seguro es que no tengamos el poder para eliminar las causas. Entonces, para qué nos interesa conocer las causas. ¿para eliminar las causas?. No pretendamos solucionar el pasado. Planteemos los problemas y las decisiones como un puente entre el presente y el futuro, en función de ese norte, en función de esa realidad que estamos comprendiendo, en función de nuestra capacidad creadora, en función de nuestra motivación, en función de nuestro talento y en función de la oportunidad que visualicemos. Esa es la primera característica de toda decisión. Toda decisión implica un riesgo. Si usted no quiere asumir riesgos, pues simplemente haga lo que los demás le digan que haga, obedientemente, no se salga de la norma; pero en ese caso, usted no está decidiendo.

La segunda característica de toda decisión es que implica renunciar a otras alternativas. Cuando decidimos, renunciamos a algo. En principio estaremos renunciado a las alternativas que no se han seleccionado, porque cuando estamos ante un problema de decisión es, como les dije antes, porque tenemos varias alternativas, y cuando nos decidimos por una, renunciamos a las otras, y eso pasa mucho en las personas y también en las organizaciones; y pasa mucho en los gerentes; y de ahí deriva esa sensación de agobio que se vive todos los días en las organizaciones; sensación de agobio por la incapacidad para tomar decisiones rápidas.

Esa incapacidad para renunciar a otras alternativas produce agobio y sensación de impotencia.

Y la tercera característica de toda decisión es la responsabilidad. Toda decisión implica asumir la responsabilidad. Eso sí: para asumir una responsabilidad, primero debe tenerse libertad, porque ¿de qué puedo ser responsable?... soy responsable del modo como ejerza mi libertad. Si yo estoy obligado a hacer algo, lo podré hacer bien o mal, pero no me exijan responsabilidades porque yo estaba obligado, y por lo tanto, no estaba ejerciendo mi libertad. Si ustedes trabajan en organizaciones y quieren que sus trabajadores sean responsables, no le digan todo lo que tienen que hacer, ni cómo hacerlo, sino que deben darles margen de maniobra para que puedan responder de sus actos, por lo tanto, deben darles libertad. Si no les dan espacios de libertad, lo que les estarían imponiendo son normas que les obliguen a hacer algo de determinada manera; pero sabrán ustedes que las normas tienen un grave inconveniente: las normas representan el reflejo cultural de quien las impone; pero no necesariamente son el reflejo cultural de las personas a quienes van dirigidas. Entonces, cuando una norma impuesta colida con los principios, con las convicciones y las creencias, cuando tengan la menor oportunidad de incumplir la norma, lo harán, porque no corresponden con su cultura. Sin embargo hay otro tipo de norma que se refiere a las normas autónomas. ¿Qué significa autonomía?: la ley de uno mismo; la norma que se impone uno mismo. Por lo general, ese tipo de normas no se viola ni se incumple.

Volviendo al tema, si ustedes van a tomar decisiones, deben asumir la responsabilidad; y si van a asumir la responsabilidad, deben tener libertad; deben tener margen de maniobra para elegir, porque de lo contrario, serían cualquier cosa menos personas capaces de tomar una decisión, y si no tienen libertad van a tratar de deducir lo que deben hacer para salvaguardar el puesto de trabajo, para mantener su vigencia en el contexto social, para no resultar perjudicados ante cualquier resultado no deseado; pero eso no serían decisiones, sino deducciones.

Nunca podremos tener la seguridad de alcanzar los resultados esperados una vez que tomemos la decisión. Nunca podremos dejar de renunciar a otras alternativas cuando tomemos una decisión y siempre debemos asumir la responsabilidad por nuestros actos, nuestras acciones y por los resultados de nuestras decisiones. Es hora de comenzar a asumir esa responsabilidad.

Es comprensible entonces, que lo que subyace en la sensación de agobio de todos los días, es nuestra incapacidad para tomar decisiones rápidas antes de que nos invada una sensación de temor o de culpa. Y ¿por qué no tomamos decisiones rápidas?; ¿por qué siempre tratamos de demorar la decisión?; porque no queremos asumir la responsabilidad y tampoco queremos renunciar a nada, y como no estamos seguros, tratamos de demorar la decisión, agobiándonos. Cuando una persona no toma decisiones es porque no sabe lo que quiere, porque no tiene norte, porque una persona que sabe lo que quiere va tomando decisiones rápidas; va tomando decisiones sobre la marcha, como un surfista que no espera la mejor ola para surfear, sino que a veces se conforma con la menos deseada, porque quizás esperando la mejor se le haga de noche y ya no tenga nada que hacer. Entonces, hay que tomar decisiones rápidas, sin mucha reflexión y ahora que hablo de reflexión debo advertir que toda decisión proviene de un ejercicio reflexivo, de un ejercicio deliberativo. No hay reflexión sin deliberación; pro la reflexión no es tanto conocimiento. La conciencia reflexiva de una persona va a depender, por una parte, de la conciencia cognitiva, de lo que conozca; de aquel conocimiento del que hablamos anteriormente; pero reflexión con puro conocimiento no basta. Para reflexionar, además de tener conciencia cognitiva debemos también tener conciencia moral, porque la conciencia moral es la que nos va a decir cuál parte de ese conocimiento debemos utilizar; qué conocimiento debemos construir; qué nueva información debemos adquirir.

Gracias a la conciencia moral podemos saber qué es lo bueno, qué es lo malo, qué es lo necesario, qué es lo inútil, que es lo conveniente y qué es lo inconveniente, porque es probable que una decisión que debamos tomar sea muy conveniente; pero quizás no sea el momento oportuno para tomarla, y eso no nos lo da la conciencia cognitiva; eso lo da la conciencia moral; y gracias al vínculo entre conocimiento y moralidad es que cada uno de nosotros puede reflexionar y hacer un ejercicio deliberativo para ver cuál es la decisión que ante determinadas circunstancias ha de tomarse.

La capacidad de gerenciar se basa en la capacidad de decidir y repito, cuando hablamos de la capacidad de gerenciar no me refiero solamente a la gerencia en las organizaciones, empresas públicas o privadas, sino que me refiero también a la gerencias de nuestras propias vidas, porque nosotros somos nuestros propios gerentes; y como ustedes ya habrán visto, tomar decisiones no es nada fácil ni nada pasajero. Hay muchos elementos interrelacionados en el proceso de decidir, porque cuando nosotros decidimos, en muchos casos los afectados somos nosotros mismos; pero en un gran porcentaje de casos, nuestras decisiones van a afectar a otras personas, incluso van a afectar a familias de otras personas.

Ahora bien, debemos tener cuidado cuando tomemos decisiones; tomemos decisiones arriesgándonos, seamos responsables de decidir, renunciemos, decidamos sin miedo, pero reflexionemos también; hagamos uso de la conciencia moral al momento de tomar decisiones. Nosotros podemos tardar un año tomando una decisión; pero a veces tomamos decisiones en cuestión de segundos. Todo va a depender de la naturaleza de la decisión. Cuando yo digo que tomemos decisiones rápidas aun asumiendo el riesgo de equivocarnos, estoy diciendo también que en la mayoría de los casos debemos tomar decisiones que sean fácilmente reversibles, En este contexto, todo se reduce al dominio de la realidad, la cual nos va a permitir que una vez que tomemos una decisión, podamos conocer los efectos inmediatos de la decisión, combinar la racionalidad con la intuición, establecer los mecanismos de rescate para modificar la dirección, o los efectos y consecuencias de esa decisión; pero también lo que quiero decir es que no debemos pasar horas y días para tomar una decisión esperando obtener la seguridad de cuál es la mejor.

Para finalizar, quiero indicarles algunos tips para decidir.

1º Norte: tener conciencia de lo que queremos lograr, ya no solamente en nuestra vida, sino lo que queremos lograr con la decisión; qué quiero lograr con la decisión; qué beneficio espero obtener, y no me refiero solamente a beneficios cuantitativos, (dinero o tiempo) sino que hablo de cualquier beneficio esperado.

2º: Humildad: humildad no para quedar como buena persona: humildad para aprender y humildad para desaprender, y para quitarnos viejos vicios y eliminar viejas creencias.

3º: Activar la relación razón/pasión. A veces nosotros queremos actuar todo el tiempo movidos por razones; y nos han educado de esa manera; y en ocasiones nos preguntan ¿qué razones tenía usted para tomar esa decisión?, o “dame una buena razón para hacerlo”; pero no todo en la vida está sujeto a razones, no todo en la vida es conocimiento, no todo en la vida es lógica. Hay una gran dosis de intuición; hay una gran dosis de emoción; hay una gran dosis de pasión; hay una gran dosis de moralidad que no tienen por qué estar consustanciadas con la razón. A veces hay muchas razones para despedir a una persona de su puesto de trabajo, pero hay algo que internamente nos dice que no lo hagamos, porque vamos a destruir a una familia completa. Está muy bien que actuemos ajustados a razones, porque tampoco podemos ir por la vida cien por ciento apasionados; es cuestión de equilibrarlas; de combinar la razón con la pasión, vinculando lo técnico con lo humano.

4º Activar la relación esperanza/confianza. Donde no hay norte no hay esperanza; donde no hay esperanza no hay norte. Donde no hay esperanza hay desesperanza y nadie lucha por nada, puesto que no hay por qué luchar, no hay por qué vivir. No tengo esperanza y soy un desesperanzado. Donde no hay esperanza tampoco hay confianza en futuro mejor, ni hay confianza en el contexto que me rodea. Solamente puedo confiar en mí mismo y me vuelvo yoista, individualista, ególatra; soy yo y más nadie. Vamos a hacer todo lo posible para que renazca la esperanza en todo contexto; la esperanza que está consustanciada con esa visión, con ese norte. Si tengo esperanza voy a dar todo de mi para aproximarme a lo que quiero, porque confío en mi  y también en las posibilidades que, como dije antes, residen en el contexto pero que las visualizamos en nuestra mente. Si no confiamos no veremos posibilidades; veremos todo negro y no habrá esperanza sino desentendimiento, injusticia, insolidaridad e intolerancia. Activemos esa relación esperanza/confianza

5º: Comenzar a asumir riesgos y responsabilidades. Si confío en mis capacidades, ¿por qué no asumir una responsabilidad?. Si confío en mí, ¿por qué no asumir un riesgo?; si domino el contexto ¿por qué no hacerlo?. Si tengo un norte y vale la pena luchar por ese norte, ¿por qué no hacerlo?

Y el último: Vamos a tomar la decisión de comenzar a decidir, con toda la carga racional y emocional que eso conlleva, porque somos los dueños de nuestras vidas; no estamos predestinados a nada. Somos nosotros los que nos forjamos nuestros horizontes y somos nosotros los que nos forjamos nuestros caminos; y no somos nosotros los únicos que nos vamos equivocar.

Por último, deseo compartir con ustedes un pensamiento extraído de la película de Harry Potter: “son nuestras elecciones las que muestran lo que somos, mucho más que nuestras habilidades”. Podemos tener muchas habilidades; pero si no las demostramos mediante acciones y elecciones, no vamos a manifestar absolutamente nada; no nos vamos a manifestar como somos; seremos maquinitas, seremos conejitos, saltamontes o manzanitas; pero no haremos honor a nuestra condición y a nuestra naturaleza humana. No haremos honor a nuestra inteligencia, sin la cual jamás encontraremos puerto en este mundo complejo que, por fortuna, nos tocó vivir.
Curaçao, Junio 2.009

Repensar la organización: gerencia, ética y postmodernidad (libro)

Sinopsis

Los cuestionamientos postmodernos hacia la estabilidad, la certidumbre, la formalización, el control, la dominación, la racionalidad individual y la utilización del lenguaje como mero vehículo transmisor de un discurso, demandan el abordaje de la organización desde una nueva perspectiva que privilegie las interacciones sociales mediadas por el diálogo. No hay razones que justifiquen el conflicto y la contradicción entre intereses individuales y los propósitos organizacionales de eficacia, eficiencia y efectividad. En este libro se discute la conexión entre los aspectos cognitivos y emocionales de las organizaciones que han aprendido a armonizar saberes, conjugar identidades y articular relaciones en un marco de entendimiento sustentado por la moralidad y la convivencia pacífica, mostrando las claves para su construcción ante la arquitectura del nuevo pensamiento gerencial que se impone en esta época de profundos cambios sociales y de innumerables retos globales.


A continuación, el prólogo de esta obra:

La época actual está impregnada de simbolismos y nuevas preocupaciones. La eclosión tecnológica, las oscilaciones del mercado, la conjunción de múltiples perspectivas ideológicas en un mismo escenario político, la virulencia global de los factores económicos y el despertar de una conciencia social aletargada durante siglos por la lógica de la dominación técnica-instrumental, hacen emerger un conjunto de síntomas que invitan a repensar los fundamentos de la acción gerencial.

El ser humano es esencialmente pensante. Esto es lo único que nos distingue de cualquier otro organismo viviente. Siendo una unidad pensante, la capacidad reflexiva ocupa el primer lugar en la caracterización de la naturaleza humana, pero ¿en qué pensamos?, ¿sobre cuáles aspectos estamos dispuestos a reflexionar?, y en todo caso ¿para qué reflexionamos?

Múltiples han sido los intentos académicos para tratar de encontrar respuestas a estas interrogantes. Los círculos filosóficos han dado buena cuenta de ello, pero a la larga, los denominados problemas de familia que se generan entre sus miembros, no hacen sino agregar más leña al fuego, produciendo poco más que cenizas literarias que nos recuerdan la enorme complejidad del hombre social.

Vivimos para vivir mejor; de eso no hay duda. Si no deseásemos una vida mejor no tendría sentido esforzarse, no habría justificación para sufrir así como tampoco habría razón para invertir recursos en algo por lo que no valga la pena el sacrificio inicial. La quijotesca aventura de la vida centrada en el aquí y en el ahora, no es opción para legitimar la existencia del ser humano y mucho menos para asegurar la permanencia y vigencia social de nuestras organizaciones. Hay algo más allá de este día que nos invita, que nos enamora, que nos llama a ser verdaderamente humanos empujándonos a la acción y es aquí donde la ética tiene algo que decir.

Vivir éticamente es la forma de transitar hacia un mejor vivir, o mejor dicho, la ética es el camino hacia una vida mejor, no hay otro camino; usted lo podrá tomar o no; si decide lo último, deberá buscar los atajos que le conduzcan a donde desee llegar, pero recuerde que si abandona el camino de la ética, se encontrará con personas que también se han inclinado por la simpleza que ofrecen los callejones alternativos, y usted terminará siendo la víctima de sus propias preferencias y deducciones.

Hablar de ética es hablar del camino hacia un horizonte que hemos visualizado y por el que decidimos aproximarnos. Hablar de ética es hablar de auto-estima, de solidaridad y de justicia; es hablar de vida colmada de esperanza, de razón y pasión, del yo y el otro, de vosotros y nosotros, de inclusión y pluralismo moral. Hablar de ética en el entramado social de las organizaciones es hablar de convicciones y decisiones; del poder como relacionamientos más que como dominación; es hablar de lenguaje, de comunicación y de influencia.

Así, al repensar la organización se debe hablar de la vida centrada en lo humano, en lo sublime de la existencia y en la legitimidad de nuestros actos más allá de la legalidad en la que se produzcan. Por eso, amigo lector, no perdamos más tiempo; usted no irá solo por el camino porque todos estamos llamados a reinventar nuestras organizaciones; todos estamos convocados a un continuo peregrinaje entre las luces de la historia y las múltiples sombras que, expectantes, aguardan sus respuestas.

Sin más, le invito para que me acompañe y hablemos de gerencia, ética y postmodernidad.

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Ética, tradición y respeto

Varias son las teorías desde la que se puede analizar el nivel de desarrollo moral alcanzado por un individuo, así como variadas son las categorías desde las que se puede hacer un análisis de la realidad; pero en todas ellas se evidencia la primacía del espíritu de conservación personal, así como la determinante influencia de esta categoría de valores en la posibilidad de apertura a nuevas realidades, la auto-promoción y la auto-trascendencia.

Estas aseveraciones conducen a entender que el desempeño moral de un individuo, no está solamente determinado por imperativos universales o es función del simple acatamiento defensivo de un sistema de normas morales impuestas desde los entes de dominación en su papel de principales constituyentes de la conciencia moral social. Tampoco, como respuesta específica al deseo de superación personal o a valores históricamente asociados con la jerarquía, tales como el logro de los fines organizacionales o el poder formal atribuido. Más bien, el desempeño moral (la acción moral) parece estar fundamentalmente condicionado por la tradición cultural y la necesidad de seguridad, aun mediante la demostración de conformidad y aceptación ante la posible colisión entre la cultura organizacional y las propias convicciones personales, percibiéndose que el interés por lo particular domine sobre el interés colectivo, lo cual parece justificable por el hecho de que los valores culturales representados por la tradición se conjugan en las conciencias individuales de quienes comparten un determinado espacio socio-contextual, pretendiendo así perpetuar un modo de vida que al amparo de creencias específicas y dotadas de sentido hacia el futuro, sea capaz de trascender el ámbito de acción particular para poder integrarse en el seno de la cultura social, pues tal como lo comenta Carlos Herrejón, “la tradición hace posible la existencia de los grupos sociales más allá de la muerte de los individuos que la integran”; más adelante agrega: “…la tradición es una especie de supranorma fundamental, puesto que atañe no sólo al funcionamiento del grupo o de sus miembros en tal o cual circunstancia, sino que da el fundamento, aunque sea tácito, a la existencia misma del grupo. Es su acta constitutiva”.

Toda tradición lo es en cuanto sea capaz de resistir la prueba de la legitimación social. De ahí que resulte lógico suponer que el apego a la tradición constituya viva respuesta a dos necesidades fundamentales del individuo: la primera, la fidelidad a las propias convicciones, mediante la que se provea de la debida congruencia a los procesos reflexivos y a la vinculación entre dichos procesos y las elecciones personales; y la segunda, la legitimación de la acción individual en el plano colectivo, mediante la que partiendo del respeto, se pueda alcanzar la coherencia afectiva de la que se nutre la transparencia y la justicia, así como el reconocimiento exterior que sustenta al capital relacional y la interacción efectiva; todos ellos, determinantes del sentido social de la acción, de la lógica de la sensatez, del sentimiento de comunidad al que Edgar Morin refiere como fuente de responsabilidad y solidaridad, de la objetivización del vivir y de la subjetivización con la que se edifica la cosmovisión.

En la tradición descansa el germen de la continuidad desde la que se pretende la ruptura en la búsqueda del progreso; pero al mismo tiempo, de la tradición brota la estabilidad, la seguridad, la armonía y el entendimiento que deviene del diálogo vehiculizado mediante el respeto. Por ello, tradición y respeto no pueden ser objetos de estudio independientes. No hay respeto que pueda abstraerse de la tradición, así como tampoco puede abordarse la tradición sin referencia al respeto, pues éste se constituye en motor de la cohesión y legitimador de la diferencias, siendo su naturaleza dual (deontológica y teleológica) la que verdaderamente imprime su enorme contenido ético al ser capaz de fundamentar dialécticamente las elecciones personales, tanto desde la perspectiva individual (el respeto por uno mismo), como desde la óptica social (el respeto por los demás).

De ahí que más que un valor, el respeto se constituya en principio ético al ser soporte de la coherencia personal y, al mismo tiempo, de la cohesión social, cuyas raíces se nutren de la herencia cultural otorgada por la tradición, así como de la esperanza que brota del discernimiento acerca de las posibilidades de un mundo de vida coherente con las convicciones emanadas de esa misma tradición.

El papel de la conciencia moral en la reflexión ética

Resultaría imposible hablar de razonamiento ético sin hacer previas referencias a las cuestiones propias del razonamiento moral, puesto que la dinámica de la acción social posee imbricadas consideraciones que son de la exclusiva propiedad de quienes coexisten en todo contexto de interacción entre pares sociales, no siendo de extrañar que el grado de madurez ética que se exhiba, constituya fiel imagen del nivel de madurez de la conciencia moral que se haya logrado alcanzar; madurez que se manifiesta mediante la forma de ejecutar los propios y particulares actos de razonamiento y de deliberación reflexiva en términos de valores, motivaciones e intenciones.

Tal como lo relata Carlos Gómez, en el libro “10 palabras claves en Ética” dirigido por Adela Cortina, la conciencia moral está referida a la percatación acerca de las ideas sobre el bien y el mal; pero esta noción de conciencia ha planteado múltiples controversias cuyas raíces pueden encontrarse en la teología luterana que postulaba la supremacía de la conciencia individual respecto a cualquier otra autoridad humana y la consagración de la autonomía moral del individuo, la cual, junto a la universalidad de la ley moral, constituyeron los dos pilares fundamentales sobre los que se asentó la ética de inspiración kantiana, predominante en nuestros días.

Sin embargo, tal conjunción entre autonomía y universalidad (en los términos expresados por Kant) no puede encontrar asidero práctico en un mundo universalmente pluralista caracterizado por la diversidad axiológica, emergiendo importantes tensiones morales que tientan al ser humano a cobijarse en una suerte de irracionalismo egoísta, cuyo carácter monológico fundamenta la debilidad ética que se evidencia.

Es de ahí de donde parten las diferencias entre una ética de corte convencional y una ética procedimental discursiva que intenta dejar de lado los fundamentos de la conciencia individual sobre la percatación del bien y el mal, para centrarse en la dimensión pragmática del lenguaje y la comunicación, con la pretensión de fundamentar una forma de racionalidad que, aun sin negar la libertad y la autonomía individual, sea capaz de fundamentar las respuestas morales a los nuevos imperativos universales.

Si bien el nivel de conciencia moral alcanzado puede explicar el grado de madurez ética, un alto nivel de conciencia no constituye de por sí, una garantía de solución a los problemas morales que padece la humanidad, puesto que ello dependerá de la perspectiva ética en la que se inscriba el proceso de deliberación y reflexión moral. De hecho, la profunda toma de conciencia sobre el deber o la responsabilidad, dejando de lado la legitimidad del disenso, o mediante la pretensión de imponer particulares puntos de vista, sólo pudiera conducir a afianzar las brechas entre los intereses personales y los conceptos de solidaridad, justicia e inclusión.

De igual modo, una profunda toma de conciencia acerca de la necesidad de supervivencia o el deseo de alcanzar la felicidad, dejando de lado niveles de conciencia superiores como la de misión, la de contribución o la de servicio, supondría el ahondamiento de la brecha entre el individualismo y el universalismo.

Por último, aun habiéndose alcanzado un estadio de conciencia moral postconvencional en los términos que plantea Lawrence Kholberg, la creencia como persona racional de la validez de principios morales universales y la adquisición de un sentido de compromiso personal con ellos, pudiera ser indicativo de una férrea sumisión a una tradición incapaz de responder a los nuevos signos sociales y a los nuevos retos globales, puesto que al no hacer referencia a la naturaleza de dichos principios, resultaría válido suponer la orientación kantiana sobre la que pudo asentarse la referencia a una única y legítima moral universal, deslegitimándose o dejando de reconocer el diacronismo entre la tradición y la ruptura, y desconociéndose el pluralismo moral, la legitimidad del disenso y la objeción de conciencia.

De aquí que el desarrollo de una conciencia moral amparada en los conceptos del bien y del mal, sin que medien distinciones entre la naturaleza axiológica-argumentativa de lo que se percibe como lo bueno o como lo malo, dejaría de ser objeto de estudio en la reflexión ética que invoca la necesidad de ruptura y emancipación, sin que esto quiera decir que la conciencia individual dejará de ser el crisol en el que se funden los valores y los sentimientos morales.

Desde el punto de vista ético, no se trataría entonces de juzgar las actuaciones del hombre en función del nivel de desarrollo moral alcanzado, sino más bien, en función de la naturaleza de la conciencia moral que se haya internalizado y del saber moral adquirido, el cual y tal como nos lo cuenta Adela Cortina “tiene por meta ayudarnos a discernir qué es lo bueno para nosotros en el conjunto de nuestra vida, para lo cual es necesario averiguar cuál es el fin último del hombre, cuál es el bien que le es más propio”

Postconvencionalismo ético: entre la tradición y la ruptura

El desvanecimiento del pasado no debe significar el desvanecimiento de la historia, ni tampoco la fuente normativa de lo actual y lo contemporáneo. El pasado no es más que una forma de dar significado al tiempo sin que pueda pretenderse su oposición respecto al futuro, puesto que la reflexión sobre lo nuevo, lo deseado, lo necesario y lo transcendente, debe nacer del diálogo con la memoria histórica; es decir, debe engendrarse en la comprensión de la tradición para así entender los límites del mundo y de lo humano.

Si bien la idea de lo convencional remite a la historia y la tradición, lo postconvencional no se constituye en su opuesto ni significa la negación de las costumbres. Las crisis que hoy se padecen no son crisis de convencionalismos, sino más bien, de postconvencionalismos inspirados en las negaciones y en las rupturas materializadas al margen de lo humano y de lo cultural; postconvencionalismos sustentados en la racionalidad excluyente de símbolos y discursos, con la que coercitivamente se han pretendido unificar verdades, homogeneizar ideas morales y estandarizar estilos de vida.

Todo tiempo pasado es en sí mismo, tradición y ruptura. No habría razón para suponer, entonces, que esta dialógica que marcó el transcurrir del hombre y de sus circunstancias altere su continuidad histórica. Se abren, eso sí, nuevos espacios para la reflexión y nuevas formas para reinterpretar el presente; nuevos contenidos éticos con los que se intenta evadir la ceguera hacia el futuro, al mismo tiempo en el que se supera la desmemoria gestada por dicha ceguera.

Por ello, modernidad y postmodernidad son conceptos que no pueden ser interpretados al margen de la tradición y la ruptura, puesto que si algo demandan las formas contemporáneas del mundo de vida, es precisamente, la exaltación de los equilibrios entre lo viejo y lo nuevo; entre la certeza y la incredulidad; entre la razón y la emoción; equilibrios de los que emerge una ética que, aun amparada en la idealización del presente y del futuro, hunde sus raíces en la sabiduría humana que resulta de la tradición; una ética postconvencional, que rescata lo que necesita del pasado para acompañar el viaje del hombre hacia nuevos horizontes más plurales y por lo tanto, más ambiguos y complejos.

Convergencia ética y pluralidad moral organizacional

En esencia, las sociedades son moralmente plurales. Como componente de la conciencia humana, la moral se nutre de lo histórico y de lo sociológico para expresarse mediante conductas y pensamientos que honran la libertad de conciencia y la libertad de elección. Son esas libertades las que engendran la diversidad, precioso tesoro de la humanidad que abre las puertas al desarrollo, pero también al cuestionamiento y a la incertidumbre, debilitando verdades y tradiciones históricas que tientan al individuo a refugiarse entre las radicales murallas de la negación y del egoísmo, como recursos a los que resulta apetecible recurrir ante los graves problemas morales que acechan su destino.

Pero la ausencia de homogeneidad moral en las sociedades no significa el distanciamiento absoluto de los valores culturales que deban compartirse para construir una vida en común. El pluralismo moral no conduce a la heterogeneidad moral absoluta, ni es razón suficiente para esgrimir las banderas del relativismo ni del subjetivismo, puesto que aún en un mundo signado por los cuestionamientos y las incertidumbres, deben persistir valores universales que no pueden ser relativizados, así como cuestiones morales que no pueden ser concebidas ni legitimadas desde las preferencias de cada individuo.

El pluralismo moral significa la existencia de diferencias y discrepancias de las que derivan múltiples opciones existenciales e ideológicas y que obligan a recordar la famosa sentencia de Jean-Paul Sartre al sostener que el hombre está “condenado a la libertad”, no sólo para decidir qué hacer, sino además para elegir qué creer; elecciones que se tornan cada vez más confusas y apremiantes ante las dos tendencias extremas entre las que oscilan las sociedades contemporáneas: el nihilismo y el fanatismo; vivas respuestas a la incertidumbre y al desasosiego que resultan de la pérdida de fe en el proyecto de la modernidad.

Pero al mismo tiempo, el pluralismo moral constituye la más genuina representación de la diversidad humana y como tal, la esencia de su identidad y su dignidad. Así se entiende que del mismo modo como es imposible hablar de certidumbres científicas, también resulta insostenible cualquier referencia a las certidumbres morales; y es precisamente en este punto de donde emerge la necesidad de alcanzar la unidad de razonamiento ético como medio de aproximación a un futuro que, aun sin ser representativo de valores culturales compartidos, marca la forma de transcurrir por un mundo de vida colmado de discrepancias, pero en el que también confluyen principios mínimos de convivencia amparados en el respeto y en el sentido de justicia.

Este matiz intersubjetivo que sustenta la interacción humana y desde la que brota la expresividad ética a través de la coherencia entre pensamiento y acción, tiene su punto de partida en el diálogo y en el entendimiento, tras el genuino reconocimiento de intereses legítimos que se entrecruzan en el tiempo y en el espacio, albergando las más diversas manifestaciones de la identidad humana y cuya acelerada expansión, inconcebible sin el desarrollo tecno-científico del siglo XX, obliga a acortar las distancias que surgen de la racionalidad egoísta, de la imprudencia en el ejercicio del poder y de la irresponsabilidad en el manejo de las relaciones del hombre consigo mismo.

Tal acercamiento no significa arremeter contra la tradición ética, más bien comporte lo contrario. Se trata de una ética que aun alejada de los fundamentos aristotélicos y kantianos, permita la confluencia de la teleología, la deontología y la responsabilidad, integrando la felicidad con el deber, y delineando los rasgos de la sabiduría práctica necesaria para poder avanzar con sentido de lo humano, en el ambiente de complejidad que caracteriza a la contemporaneidad del mundo de vida.

Por ello y tras la disolución de una sociedad sustentada en fundamentos morales y normativos que ya han perdido su vigencia y legitimidad, es obligante hacer referencia a la postmodernidad como el andamiaje cultural y el sustento ontológico de una nueva forma de pensar y accionar, configurada a partir de dos ejes centrales: el primero de ellos, la racionalidad: esfera cognitiva y emocional auto dirigida de la que emanan los intereses y las intenciones del hombre atendiendo sus fines, medios, alternativas, consecuencias, riesgos y oportunidades; y el segundo, el respeto: componente regulador de la acción humana y dinamizador de los conceptos de reconocimiento, solidaridad, justicia, inclusión, diálogo y argumentación.

De ahí, la eterna lucha entre las convicciones y las responsabilidades; convicciones que devienen de la autonomía e indivisibilidad del ser humano en cuanto a la supremacía de sus fines; y responsabilidades cuya naturaleza dialógica obliga a recurrir a la fundamentación racional de los intereses y las intenciones propias frente a los demás; entendiéndose, en consecuencia, que el carácter social del hombre sólo podrá mantenerse en un clima de apertura a nuevas verdades y a nuevas realidades que sin ser opuestas a la tradición, sean representativas del momento socio-histórico en el que transcurre; momento marcado por el predominio de la dimensión tecno-económica en detrimento de la dimensión moral de la cultura; pero al mismo tiempo caracterizado por la irrupción de nuevos signos de rechazo a la exclusión y a la violencia simbólica que, tras el persistente intento de homogeneizar culturas, neutralizar voluntades y prevenir conductas contrarias a los intereses de las coaliciones dominantes, sintetizan la debilidad moral de nuestro tiempo.

Esta suerte de drama social, producto del determinismo tecno-económico, encuentra en las organizaciones su principal cobijo, puesto que la dinámica de los símbolos que en ellas opera sintetiza dos polos en cuanto al sentido de la acción humana; un primer polo racional que acoge lo normativo, lo estructural, lo formal y lo obligatorio; y un segundo polo emocional que alberga los deseos, los sentimientos, los intereses y las intenciones. Así, las organizaciones, en su papel de representaciones sociales no solo constituyen escenarios de lucha entre el pensamiento y la acción, sino además, espacios culturales en los que se escenifica la aceptación y la resistencia, en los que el individuo confluye con su mundo, y en los que, consecuentemente, la ética está llamada a adquirir su más alta expresividad.

La crisis organizacional que hoy se evidencia es representativa del declive de la modernidad; pero al mismo tiempo, es representativa del renacimiento de la esperanza, porque desde la perspectiva postmoderna, la organización abandona cualquier forma predeterminada de constituirse y operar, para centrarse en la construcción y despliegue de los complejos fenómenos intersubjetivos, dinamizados a través del discurso como constitutivo de lo organizacional y también, como práctica de gestión. Así, la humanización organizacional, mediante la búsqueda de la convergencia ética en la pluralidad moral, se constituye en el mayor reto de la gerencia contemporánea.

Para finalizar, es pertinente citar a Peter Berger, quien haciendo gala de un lenguaje metafórico colmado de contenidos emocionales e intuitivos, logra sintetizar la crisis de la modernidad y postula al mismo tiempo su esperanza en la revalorización de los fundamentos del hombre, tanto en lo referente a su horizonte de vida como en sus prácticas cotidianas. "En un mundo de incertidumbres, los contornos de la realidad son fluctuantes y las estructuras construidas por la sociedad para proteger a la gente de los terrores de la existencia aparecen llenas de agujeros. Pero, a través de esos agujeros, es posible en ocasiones vislumbrar una trascendencia luminosa. Esa precariedad es el talón de Aquiles de la modernidad. También es su promesa religiosa"

Hacia una ética del conocer

La fragmentación y el reduccionismo, en su papel de guías orientadoras que marcan el sentido de lo racional ante los borrosos límites de la inteligibilidad humana, quizás hayan podido ayudar a desenmarañar los secretos del cosmos, de las ciencias naturales y de la mecánica cuántica; pero la desmedida aspiración del hombre por homologar la vigencia de las ciencias fácticas al ámbito de la complejidad social mediante la disyunción entre lo biológico y lo imaginario, es decir, mediante la cosificación de la naturaleza humana, no sólo luce necia en el buen sentido de la palabra, sino que además representa la marginación de la incertidumbre, la génesis de la sinrazón y un atentado contra la moralidad, ante la vil pretensión de reconocer una única verdad, de convertir la duda en pecado y de sacralizar la razón objetiva, confinando el conocimiento hasta convertirlo en instrumento de utilidad preferente para las instituciones dominantes.

De este modo, la incertidumbre pretende ser neutralizada, los individuos tienden a expresar sus necesidades y deseos en términos coherentes con los conceptos y posturas teóricas que se desprenden del orden social establecido, se privilegian las acciones y proposiciones coherentes con la lógica dominante y se apela a la razón para controlar el entorno, la praxis, la cultura y el pensamiento, creándose tensiones en el sujeto que, aun provisto de autonomía moral, se somete a un poder que le es ajeno y que reprime el libre desarrollo de su propia condición humana. Esta especie de determinismo cognitivo y moral que se produce en todo espacio social, es el que conduce a regular las creencias y los valores, impregnándolo de un carácter coercitivo capaz de autocensurar las perspectivas antagónicas, y de inhibir los discursos alternativos en detrimento de la libertad de conciencia práctica.

Este ciclo recursivo en el que operan las negaciones, las tensiones y los antagonismos, y en el que se funde lo racional con lo afectivo y lo real con lo imaginado, se dibuja con gruesos rasgos que comienzan a decodificarse en la medida en que se asimila la existencia de relaciones contradictorias, pero al mismo tiempo compatibles con el espacio social en el que se hace vida; relaciones de fuerza que luchan por múltiples intereses bajo las reglas tácitas y explícitas de convivencia y entendimiento; reglas que emergen del conocimiento subjetivado en el que se combina lo individual con lo colectivo, pero que al mismo tiempo da origen a nuevas reglas, nuevos deseos, nuevas imágenes y nuevas representaciones. Así, la negación como argumento forma parte de la armonía, del mismo modo que la armonía necesita de solidaridad y justicia.


Del interés racional a la intención moral:
Aun cuando las relaciones de fuerza se conjugan con las prácticas y representaciones que definen las situaciones cotidianas en el espacio social, no es menos cierto que es la propia sociedad la que engendra la noción de interés reflexivo como el germen de ese conjunto de relaciones, advirtiéndose que toda acción mínimamente deliberada deberá estar dotada de al menos una intención específica. Es esa intención, sobrevenida del discernimiento acerca de las posibilidades que brinda la realidad social, la que marca el sentido ético del conocimiento práctico, entendiendo tal conocimiento en los términos expresados por Pierre Bourdieu cuando afirma que “es constituyente de la realidad, no en cuanto idealismo intelectualista, sino como esquemas incorporados en el curso de la historia individual, y constituidos en el curso de la historia colectiva”.

Emerge así la contradicción y la discontinuidad; la fusión de lo individual con lo colectivo en términos de una historia no compartida, pero constituyente de una realidad que clama por el entendimiento y por la unidad de razonamiento ético en un contexto de diversidad moral y a la vez cognitiva. De aquí que amalgamar la razón y la pasión se convierte en el nuevo imperativo ético, pues es de este modo como puede encontrarse la naturaleza del conocimiento que la humanidad necesita para desarrollar el carácter sociológico de las relaciones de interés y de rivalidad en el ámbito de la comunidad, pues tal como lo plantea Edgar Morin "el sentimiento de comunidad es y será fuente de responsabilidad y solidaridad, ellas mismas fuentes de la ética”.

Es precisamente en la dualidad cognición/emoción donde emerge la simbología de la realidad; por ello, no habría lugar para desligar lo cognitivo, de lo simbólico y lo moral, pero en todo caso y sin pretender una defensa a ultranza de la primacía del conocimiento como actividad mental de naturaleza superior (propia del paradigma cognitivista), se advierte que la moralidad debe nutrirse del conocimiento, tanto para la indagación y la reflexión como para la acción continuadora o transformativa.

Bajo este escenario epistémico surge de manera clara la vinculación entre el conocimiento y la libertad, vinculación en la que se sustenta la noción de ciudadanía y en la que sin ella, el hombre se comportaría más como bestia que como miembro de una comunidad dialógicamente sobrevenida de la tradición histórica y de la ruptura trascendente, pero que al mismo tiempo está orientada a la preservación del espíritu emancipador, el cual -paradójicamente- se nutre del cúmulo de convencionalismos que moldean la conciencia colectiva.

Es la vinculación entre conocimiento y libertad la que irrumpe y configura el complejo escenario social. No existieran razones para hablar de pluralismo o de diversidad, mientras no se argumente en base a la libertad sumida en las diferencias, puesto que del reconocimiento de sus legitimidades es de las que se derivan los conceptos de comprensión, inclusión, reciprocidad, complementariedad, corresponsabilidad, reconocimiento, cooperación, diálogo, tolerancia, solidaridad y justicia; todos ellos orientadores del saber práctico y por lo tanto, determinantes éticos.

Desde esta perspectiva, en las sociedades contemporáneas –al menos las gestadas en la tradición cultural occidental– no hay cabida para heroicos fundamentalismos ni para fanáticas fidelidades; tampoco para la polarización de las divergencias, los absolutismos, los despotismos autocráticos o las dicotomías excluyentes. La sociedad siempre ha sabido reconocer la pluralidad que brota de la diversidad y complejidad simbólica; y quizás por ello, Víctor Guédez apunta a que “el problema nunca ha sido la diferencia, sino la actitud ante ella, así como la pretensión de la unidad impuesta”, encontrándose en esta sentencia, dos elementos que adquieren enorme relevancia en el terreno de las ideas morales; por una parte, el conocimiento que se tenga sobre sí mismo (del que deriva toda actitud), y por la otra, la actitud que brota de la concepción del poder, no en el sentido de la autonomía moral y la voluntad deliberativa, sino en cuanto a la pretensión de su dominio sin armonía con el entendimiento, pues nunca habrá ética sin justicia, ni justicia sin entendimiento.

De lo anterior se advierte la indisoluble relación entre el conocimiento como origen del saber práctico, y el poder como instrumento que vehiculiza dicho saber. Vinculación que se sostiene en el concepto de libertad y, por consiguiente, materias de interés en la reflexión ética. Ahora bien, ¿qué es lo que conduce a una ética del conocer, y no tanto a una ética del poder? La respuesta pudiera encontrarse en la propia naturaleza del conocimiento el cual, aun producido bajo el amparo de la complejidad social, no deja de estar supeditado a la capacidad moral del individuo, necesitado y dispuesto a encontrar respuestas sobre sus referentes ontológicos y praxológicos.

Al respecto, es bien conocida la propuesta de Jürgen Habermas en cuanto a la ausencia de neutralidad del conocimiento, basándose para ello en que la orientación de todo conocimiento está definida por los intereses racionales de quien intenta conocer. Desde esta óptica se desvanece la ilusión del objetivismo absolutista como el señalizador preferente del tránsito humano entre lo epistemológico y lo pragmático, ya que son los intereses, en su papel de mediadores entre la teoría y la acción, los que marcan la génesis de la autonomía humana; y en consecuencia, predisponen la acción ante la vida, la sociedad, la economía y la política.

Por otra parte, si las intenciones se circunscriben en el campo de lo moral, sería absurdo argumentar que el conocimiento pueda o deba ser cosificado pretendiendo mantenerlo alejado de la propia esfera moral. Al mismo tiempo, el conocimiento no obedece exclusivamente a las emociones, las pasiones o los sentimientos, sino que también se ubica del lado de los intereses racionales, advirtiéndose desde ya la gran diferencia entre la racionalidad de los intereses y la moralidad de las intenciones.

No se trata, en consecuencia, de debatir entre la naturaleza moral o amoral del conocimiento; tampoco la de argumentar sobre la presencia o ausencia de sus atributos racionales, puesto que el conocimiento en sí mismo, entraña la dualidad razón/pasión; elementos constitutivos de la naturaleza humana sin los cuales el hombre social carecería de propósitos y de sus necesarios cimientos cognitivos. De lo que se trata es de proponer que la ética es conocimiento en sí misma; y al considerar que la ética está sustentada en la idea de futuro, se podrá advertir que toda pretensión de conocer lleva implícita una intención. Es esa intención, motivada por un interés precedente, la que constituye el nudo gordiano que vincula la cognición con la acción, de tal forma que constituiría un sinsentido referirse a la gestión del conocimiento intentando su disyunción, tanto desde la perspectiva anterior en cuanto al interés por conocer, como desde la óptica posterior en cuanto a la aplicabilidad del conocimiento obtenido.

Alcanzado este punto y habiéndose clarificado la compleja relación entre racionalidad, emotividad, conocimiento, libertad, poder y sabiduría práctica, se allana el camino para la reflexión sobre la forma de gestionar el conocimiento en determinado contexto social, lo que a la luz de las ideas expuestas equivaldría al modo de gestionar los intereses y las intenciones de los sujetos cognoscentes; o dicho en otras palabras, equivaldría al modo en que se pretende gestionar el razonamiento práctico.


Ética, conocimiento e interés:
El conocimiento está imbricado con los intereses del hombre al igual que éste actúa en total sintonía con sus propios intereses. Del mismo modo que ocurre en el plano individual, el reconocimiento del otro se deriva de un interés personal respecto a los intereses ajenos conocidos que operan en el espacio colectivo. Ya se trate de una organización, de una comunidad o de cualquier contexto sociocultural, los intereses son los que establecen el marco de actuación y los que definen su naturaleza ética. A modo de ilustración, conviene aquí parafrasear a Fernando Savater, quien refiriéndose al empresario afirma que la capacidad de identificar el interés común constituye, junto con la audacia, la prudencia, la responsabilidad y la eficacia, una de sus principales virtudes; y a Adela Cortina, quien en dura crítica a la moral kantiana que aun sostiene la racionalidad de la economía moderna, llama a conjugar la lógica de la acción individual con la lógica de la acción colectiva, argumentando que “una empresa ética se entiende (…) no como una organización desinteresada, sino que busca satisfacer el interés de todos los afectados por su actividad…”

Los señalamientos de Savater y de Cortina, despejan el camino para comprender el poder del conocimiento y la educación en la remoralización del individuo y de la sociedad. Una educación basada en la razón sentimental y no en la mera transmisión de conocimientos, pues como ella misma lo apunta: "El mundo moral no es el de lo irracional, sino que tiene su lógica: No bastan la razón formal y la científico-técnica para descubrirla. Precisa de una razón plenamente humana, interesada y sentimental pues la razón desinteresada se cansa en sus esfuerzos investigadores".

Ya se comentó en párrafos precedentes la alineación entre la gestión del conocimiento y la gestión de los intereses; pero en el mundo real, complejo, caracterizado por la confluencia de intereses disímiles y contradictorios en un mismo espacio relacional, dicha alineación sólo será posible en la medida que se asuma la postura ética como el postulado básico de la gestión. Tal como lo resaltan Plaz y González "los intercambios productivos basados en el conocimiento se asientan en la idea de que existe una relación de mutuo beneficio entre los agentes que intercambian conocimiento. En esta dinámica es fundamental destacar que los intercambios de interés están basados en una relación de confianza y transparencia."
Quiere decir que en la tríada ética/conocimiento/interés, los principios sustentadores de la sociabilidad (confianza y transparencia) conviven con los intereses basados en el beneficio común, siempre a través de la coherencia racional y emocional. Sin embargo, desde la óptica de la cotidianidad, resulta difícil admitir que todo conocimiento socialmente útil deba estar inspirado en la aséptica imparcialidad de los intereses colectivos, puesto que las cosmovisiones, los sesgos y los prejuicios anularían tal pretensión hasta el punto que sería imposible pretender alcanzar tal grado de acuerdo sin atentar contra el espíritu emancipador de la propia naturaleza humana.

Es así como desde una perspectiva ética, la gestión del conocimiento obliga a encontrar un punto de equilibrio entre los intereses propios y los ajenos para que a través de la prudencia, la moderación, la sensatez, la solidaridad y la justicia, pueda habilitarse la conciencia ética sin necesidad de desdibujar la sutil e inevitable brecha entre las convicciones que residen en la interioridad del ser y las responsabilidades que surgen desde el espacio colectivo. Un reto que debe asumirse en función de preservar la autoestima, amparar la solidaridad y salvaguardar los más nobles ideales que emergen del imaginario social.

Ética, conocimiento e intención:
Toda intención proviene de un interés y como tal, brota también de la interioridad del ser y se proyecta hacia el mundo exterior; pero existe un amplio recorrido entre el interés legítimo (por naturaleza) y la intención legitimada, la cual conviene clarificar.

Las intenciones constituyen deseos deliberados y como tales, provienen del uso de la libertad y de la conciencia formando así parte de la estructura del acto moral. De este modo, sólo las acciones realizadas libre y conscientemente podrán ser juzgadas o valoradas desde una perspectiva moral. Tanto en el ámbito individual como en el colectivo, solamente las intenciones pueden motivar un conjunto de acciones orientadas a la obtención de un fin; pero como ya se sabe, no todas las buenas intenciones conllevan a la ejecución de buenas acciones, lo cual es coincidente con la teoría de la decisión en el sentido de que su valoración nunca podrá ser realizada conforme a los resultados obtenidos, sino en cuanto la forma como haya sido tomada.

Cualquier decisión está revestida de intencionalidad, consecuentemente también está revestida de conocimiento; pero siguiendo a Berthier, debe considerarse que el conocimiento es toda construcción conceptual tendiente a organizar y dirigir cualquier experiencia de vida, sin poder pretenderse su separación de las condiciones en las que se produce, sean éstas lógicas, biológicas, psicológicas, lingüísticas o sociales. De ahí que la intención se enmarca en el ejercicio de la razón práctica, por lo que su análisis adquiere especial relevancia para la reflexión ética, independientemente de la posición epistemológica adoptada.

Puesto que la decisión sobre el fin último se imbrica con la elección de las acciones necesarias para alcanzarlo, la intención, vista como producto de la reflexión y activador de la realidad, adquiere entonces un carácter doblemente normativo para el individuo dispuesto a decidir. Así, la intención en cuanto a los fines discurre de forma paralela con la intención respecto a los medios, no habiendo posibilidad de desagregarlas. De ese modo y dejando de lado el escrutinio sobre las consecuencias de la acción, la legitimación de las intenciones solamente será posible en la conciencia colectiva a través de la justificación, la cual también constituye un fenómeno moral, puesto que su esencia obliga a considerar los intereses y las intenciones de los afectados, o como bien lo señala Mélich, la justificación “radica necesariamente en el encuentro”.
La fuerza del conocimiento reside en su potencial para construir una realidad, con lo que se pudiera asumir que la legitimidad del conocimiento sólo podrá ser obtenida mediante la legitimidad de las intenciones (en cuanto al fin y en cuanto a las acciones) a través de las decisiones sobre lo que debe mantenerse, adaptarse o transformarse para coadyuvar a una vida mejor. Es este el único modo como el individuo puede honrar su responsabilidad para promover la revitalización de la sociedad en la que está inmerso y de la que forma parte; revitalización que sólo adquiere sentido práctico mediante la potenciación de la solidaridad; no en cuanto a la simple tolerancia o mediante muestras de aflicción por el dolor ajeno, sino como genuina adhesión a los intereses colectivos y como bisagra entre el egoísmo y el altruismo, capaces de generar y activar soluciones a los grandes problemas socio-contextuales que actualmente se padecen.

Finalizado el recorrido entre el interés y la intención como puntales del conocimiento y de su gestión, conviene abordar ahora su desarrollo teórico en el ámbito de la empresa, la cual según Savater, es la institución social que mejor refleja los conflictos, los valores, las culturas y los problemas de una sociedad en un determinado tiempo histórico.


Ética, conocimiento y empresa:
Aun sin proponérselo, quienes quizás hayan expresado mejor el significado de la ética en las organizaciones ha sido, por una parte, Chun Wei Choo al caracterizar la organización inteligente como aquella que “…persigue sus metas en un ambiente cambiante adaptando su comportamiento de acuerdo al conocimiento que tiene de sí misma y del mundo con el que interactúa…”, y por la otra, Peter Senge, quien ofrece una definición de la empresa inteligente como “aquella que está organizada de forma consistente con la naturaleza humana”
Las citas anteriores invitan a plantear el conocimiento como una expresión cultural que fluye desde las más profundas creencias hasta la materialización de unos resultados; pero también como expresión de la inteligencia humana para alcanzar un ideal (futuro) amoldándose a los cambios del entorno (presente) sin perder la perspectiva histórica que emana de la tradición y la memoria colectiva (pasado).
Así, todo ente social inteligente (incluyendo la empresa) parece sincronizar dos grandes ejes alrededor de los cuales gravita su pensamiento y acción: el primer eje conjuga la esperanza con el discernimiento, mientras que el segundo, fusiona el entendimiento con la posibilidad. Estas cuatro variables adquieren sentido a partir del momento en que se logre el equilibrio reflexivo de la mente y cuando deliberadamente se asuma una posición crítica ante la vida, la sociedad, la economía, la política y la tecnología. Es decir, la esperanza en el futuro sólo puede surgir del discernimiento; pero a la vez, el discernimiento se ampara en la idealización del deseo. Por otra parte, materializar cualquier posibilidad requiere del entendimiento de lo justo y de lo necesario; pero dicho entendimiento no puede ser ajeno a las propias posibilidades que residen en el contexto.
Siguiendo este hilo conductor, la crisis ética que actualmente se evidencia en las organizaciones empresariales no es más que una crisis de conocimiento y de inteligencia para actuar de forma consistente con la naturaleza humana. Crisis que se manifiesta mediante la des-esperanza y el des-entendimiento, que anulan la capacidad de discernimiento a favor de lo humano e ignora las posibilidades que excedan lo estrictamente convencional. Pero además, como organización social, la crisis ética de la empresa también engendra una crisis de confianza en el futuro (ante la desesperanza) y en el presente (ante el desentendimiento); des-confianza que a su vez actúa como catalizador del egoísmo y del individualismo, fuentes éstas de la barbarie, de la antinomia social y del desinterés que anula la conciencia ética.

Es del desorden moral que impregna la mentalidad de la empresa del que derivan las decisiones basadas en la emotividad disimulada, el placer por lo inmediato, la utilidad como principal valor, la eficacia de los medios, la racionalización de los fines, la acumulación del capital como norte, el desinterés por el otro, la incomodidad del diferente, el aborrecimiento del riesgo, la evasión de la responsabilidad, el resguardo del poder y la intolerancia al error. En suma, decisiones basadas en opacos intereses y en intenciones solamente justificables desde la desesperanza y el desentendimiento.

De este conocimiento deshumanizado y deshumanizador, basado en la eficiencia como concepto central de la educación gerencial, surge el amplio vacío que neutraliza la inteligencia y carcome la esperanza, el respeto y la responsabilidad. No hay ética sin futuro, por lo que se necesita conocimiento para afianzar la esperanza; nunca será posible la ética sin respeto, por lo que se reclama conocimiento que coadyuve al entendimiento, la solidaridad y la justicia; tampoco habrá ética sin responsabilidad, con lo que se demanda conocimiento para aprender a ejercer la libertad individual en perfecto sincronismo con la conciencia colectiva. En consecuencia, la organización contemporánea demanda el conocimiento necesario para cultivar su inteligencia, siendo quizás por ello que Gúedez concibe la ética como la "máxima expresión de la inteligencia humana".

A modo de síntesis:
No hay conocimiento sin referencias. Lo que se muestra y lo que se esconde en la acción gerencial conjuga lo simbólico con lo empírico en un lenguaje que tiene su propia dinámica y su particular condicionamiento; por ello y al igual que es imposible hablar de ética sin hacer referencia a la libertad, tampoco es posible hablar de libertad sin hacer referencia al conocimiento nutrido de intereses y provisto de intenciones; atributos paradójicamente consustanciados con la tradición y la ruptura cultural, pero dispuestos siempre a medio camino entre lo individual y lo colectivo.

Gestionar el conocimiento implica potenciar la autogestión del ser humano, a través del reforzamiento de la autoestima, del entendimiento y de la socialización, con el propósito de crear valor a partir de las propias convicciones. No es la tecnología por sí misma la llamada a facilitar el tránsito de una organización basada en destrezas y capacidades a otra basada en el conocimiento, sino la humildad para reconocer lo que se desconoce y lo que ha de desaprenderse, la confianza para honrar la libertad de la que brotan los intereses e intenciones consustanciadas con los propósitos colectivos, la transparencia para exteriorizar la aparente fragilidad de las emociones que coadyuven al entendimiento, y la inteligencia para amalgamar la razón con la pasión, todas éstas piezas necesarias para materializar un proyecto de vida que armonice lo singular con lo plural y que rinda tributo a la naturaleza ética del acto de conocer; es decir, a la propia naturaleza de la condición humana.

Conocer y desconocer... dos caras de la misma moneda

Comienzo por afirmar que el conocimiento es el resultado del proceso de asimilación e interiorización profunda de la información mediante un tratamiento no estandarizado y, en todo caso, subordinado a esquemas cognitivos y morales forjados en el curso de la historia individual del ser. Si se acepta el sentido de esta conceptualización, fácilmente se podrá entender que no existirá conocimiento que no haya sido previamente subjetivado, pues es en la esfera del pensamiento y la reflexión, a través de los procesos de interpretación y comprensión, en donde el conocimiento puede residir. En consecuencia, al partir de la idea de que el conocimiento entraña incertidumbres, ambigüedades y antagonismos, se está aceptando tácitamente que el ser humano también es contradictorio y paradójico, y por lo tanto, complejo.

El conocimiento es excluible de cualquier pretensión de tangibilidad y por lo tanto excluible también de cualquier intento de división, parcelamiento o segmentación, siendo por ello que Edgar Morin ha sido un permanente crítico de la tendencia a la especialización del conocimiento que predominó a lo largo del siglo XX, más aun cuando al pretender confinarse el conocimiento a la esfera del mundo real, se ha menospreciado la fuerza de los simbolismos que se proyectan desde el propio pensamiento y que ubican al conocimiento en un nuevo estadio intermedio entre la realidad empírica y la construcción teórica, dejando claro de este modo el sentido de su organicidad, el cual ya ha sido profusamente desarrollado por Humberto Maturana en su Teoría Biológica del Conocimiento, al considerar la mente como un fenómeno que pertenece a la dinámica relacional del organismo.

Manteniendo una línea de pensamiento divergente, el conocer no sólo se manifiesta mediante el saber, sino también mediante la toma de conciencia del desconocer. Es la conciencia del no conocimiento la que engendra el conocimiento y junto a él, nuevas dudas y tensiones, y nuevas vías para su desarrollo. El ser humano es capaz de conocer porque su naturaleza es subjetiva. Esto conduce a entender que el conocimiento es de la exclusiva inherencia del sujeto reflexivo, hasta el punto que pudiera afirmarse que la naturaleza del conocimiento también es moral y no sólo biológica (en los términos que plantea Maturana), pues las capacidades cognitivas también plantean consecuencias éticas.

Son los valores y premisas culturales del individuo las que señalan el conocimiento que se necesita, la forma de adquirirlo y el modo de utilizarlo, por lo que el conocimiento no puede abstraerse de la subjetividad de quien intenta conocer. Tal como lo afirman Nonaka y Takeuchi, el conocimiento “trata de creencias y compromisos (…) de significado, depende de contextos específicos y es relacional”, advirtiéndose que el hombre gestiona el conocimiento en función de sus atributos reflexivos, al estar consustanciado éste con su historia individual y colectiva, así como con sus propias finalidades.

Síndrome de la deriva moral

No cabe duda que la complejidad organizacional, caracterizada por un estilo de pensamiento convergente hacia un objetivo predeterminado por las instituciones dominantes, se torna aún más confusa si a la diversidad cultural y al pluralismo moral que reina entre sus miembros, se le añade la brecha entre la experiencia personal y la experiencia social, lo que explicaría que ante la débil correspondencia social que se evidencia en los contextos organizacionales tradicionales, la persona tienda a comportarse socialmente de modo distinto a como piensa, por lo que no es de extrañar que ante los posibles dilemas a los que deba enfrentarse, y en su afán por defenderse de su propio contexto, más que sentir la necesidad de responder ante los demás, prefiera concentrarse sobre sí mismo, recurriendo a un egocentrismo mediante el cual, paradójicamente aspira mantener su vigencia dentro de una determinada comunidad moral.

No obstante, la aparición del Yo como centro de referencia en este tipo de situaciones, supone al mismo tiempo la pérdida de voluntad para actuar en función de una finalidad ética previamente establecida, lo cual induce el surgimiento de una moral circunstancial subordinada al contexto, en la que a todas luces prevalecen los conceptos de audacia, prudencia y conveniencia en el ámbito personal. Esto explicaría la alteración defensiva de la voluntad del individuo, quien aun disponiendo del poder normativo y de la autoridad moral para actuar, se siente obligado a sortear continuamente las embestidas del contexto en el que hace vida, como consecuencia de la deriva moral en la que se encuentra sumido.

Así, mientras los códigos de ética intentan actuar sobre el contexto, la deriva moral se manifiesta como síndrome sobre el individuo, quien es el propietario de la acción y quien elige lo conveniente de forma independiente a sus más altas finalidades morales. La persona con este síndrome actúa de igual forma que con el síndrome de Estocolmo; sus “captores” estarían representados por aquellos individuos de los que cree ser capaces de dominar ante una situación que le desagrada, llegando a aceptarlos, e incluso llegando a sentirse complacida con lo que hace y deja de hacer. El síndrome de la deriva moral se manifiesta en la pérdida de la voluntad para alcanzar un fin previamente definido por la persona que lo sufre; sus convicciones personales quedan en un segundo plano, incapaces de hacer sentir su voz y de imponerse a la cotidianidad; todo ello, en función de los intereses emergentes en el plazo inmediato (ej: mantenerse en el puesto de trabajo o garantizar su permanencia y aceptación en el contexto social del que se trate). De aquí que la voluntad para actuar de forma ajustada a una determinada intención moral estaría determinada por tres ingredientes esenciales: [la fortaleza de las convicciones morales] más [la claridad de los objetivos a largo plazo] menos [el poder atribuido al contexto para impedirlo].

El síndrome de la deriva moral refleja la pérdida de la voluntad; pero al mismo tiempo, la aceptación de lo que sucede y la satisfacción de la persona en el ámbito público, aunque ocurra lo contrario en el pensamiento privado. Esto es coherente con lo que Edgar Morin señala como la “permutación de finalidades según las circunstancias”, es decir, el abandono de las finalidades a largo plazo para responder a necesidades urgentes, lo cual llega a materializarse al sacrificar finalidades éticas bajo el amparo de la ética del mal menor, al recurrir a una ética de resistencia cuando no hay posibilidad de alcanzar el éxito, o al aceptar un mal para evitar algo presumiblemente peor, previo entendimiento de que no existe solución práctica a un problema ético determinado.

En conclusión, la autonomía ética parece demasiado frágil ante la eterna lucha entre el poder de la convicción y la angustia que emana de la responsabilidad personal y social, pues si bien la inconformidad activa la voluntad para alcanzar un fin dotado de intenciones morales, no constituye de por sí, una garantía de aproximación. Tal como lo ha señalado Max Weber, ninguna ética podrá decirnos en qué momento y en qué medida, un fin moralmente bueno puede justificar los medios y las consecuencias moralmente peligrosas; pero es esa deriva moral la que nos mantiene vivos y despiertos; es el coqueteo con el bien y con el mal, con lo correcto y con lo imprudente, con lo cristiano y lo pagano, lo que nos convierte en huéspedes ocasionales de la razón y la locura, haciéndonos felizmente humanos al activar nuestros sentidos y al invitarnos a soñar mientras navegamos por las tumultuosas aguas de la vida.