Nueva gerencia: el diálogo como vehículo de conexión emocional


El pertinaz enfoque en la sobrevivencia, la crisis de valores que hoy se padece, la ausencia de esperanza y el temor a generar cambios, incluso en el marco de acciones moralmente válidas, son factores que convergen en los espacios organizacionales y que inducen a los individuos a procurar y sentirse satisfechos ante escasas ganancias marginales, sin trascendencia en sus mundos de vida, convirtiendo a la acción directiva en un sinónimo de precariedad cognitiva y moral que ante la imperiosa necesidad de satisfacer objetivos tecnocráticos de rentabilidad y eficiencia, produce la dislocación entre el saber y el poder, y con ella el distanciamiento entre inteligencia y voluntad para la toma de decisiones orientadas a la transformación moral de las organizaciones.
Ante la complejidad que se cierne sobre los sujetos que conforman las organizaciones, la transición a un nuevo estilo de pensamiento gerencial, no puede darse desde una perspectiva unilateral o con la simple asunción de la gerencia como vehículo de difusión de un discurso, sino como el resultado final de un proceso de gestación de sujetos postmodernos, mediante el que se posibilite la construcción de espacios de encuentro entre diferentes puntos de vista, percepciones e intereses, y en el que se armonicen posiciones jerárquicas, saberes reflexivos y saberes prácticos; todo ello a través de la demostración del respeto a partir del cual se posibilite la gestión e inclusión de las diferencias, y siempre tras el abandono de prácticas consustanciadas con el actual enfoque en la sobrevivencia.
La gestión de la transición debe procurar que emerjan compromisos emocionales a nivel individual; eso demanda un cúmulo de competencias directivas mediante las cuales se puedan conectar las intimidades de los individuos con sus responsabilidades organizacionales, lo cual no hace más que ratificar la concepción del poder como capacidad de relacionamientos, más que de dominación.
Para iniciar la transformación moral de la organización basta con entablar un diálogo como instrumento operativo mediante el que se demuestre el respeto hacia el otro a través de la escucha de sus interioridades y la dignificación de su subjetividad humana, lo cual implica poseer la suficiente capacidad para demostrar la emotividad, la autenticidad y la espontaneidad en su papel de elementos desde los cuales se podrá intentar la comprensión y aceptación de distintas visiones, heterogéneos intereses y diversos proyectos de vida que coexisten en un mismo espacio social.
El foco central de esta transformación reside en la conexión de emociones mediante la cual, los individuos dotados de libertad, sin presiones de sobrevivencia y provistos de un alto sentido de correspondencia social, serán capaces de realizar operaciones por sí y desde sí mismos dentro de lo que haya sido previamente enmarcado en el acuerdo moral que sostendrá el orden social. De este modo, la conexión de emociones se entiende como la construcción de una estructura moral, capaz de sostener la convivencia cívica y el despliegue de la autenticidad genuina por parte de los miembros que integran la organización.
Los invisibles muros ideológicos que se han levantado en el seno de las organizaciones, han obligado a los sujetos a aceptar determinismos e imposiciones que los convirtieron más en hacedores obedientes que en entidades propias con sentido de vida, pero los nuevos tiempos demandan borrar las cicatrices de profundas contradicciones socio-culturales que se han gestado durante la historia de la modernidad.
Dialogar para conectar emociones se constituye en el fundamento a través del cual se podrá comenzar a reemplazar los erosionados mapas morales y cognitivos que aun siguen señalando el devenir organizacional.
Del libro: "Repensar la organización: gerencia, ética y postmodernidad" © 2010 Eduardo Pateiro Fernández

Educación y valores para la nueva sociedad


¿Qué necesitamos conocer?... ¿Cómo construir el aprendizaje?... ¿Bajo cuáles premisas debemos educar y ser educados? Estas preguntas para las cuales no existen respuestas unívocas advierten sobre la enorme complejidad social en la que estamos sumidos; una sociedad que se debate entre la profanación de valores indispensables y la apología de una cultura en la que todo vale y en la que se incluyen los más aberrantes atentados contra la propia naturaleza humana.
Se está produciendo una enorme mutación cultural cuya génesis es multi-causal y por lo tanto difícil de aventurar, incluso pudiera pensarse que desconocemos cuál es el modelo de sociedad que deseamos. Entre la tolerancia y la permisividad surge la anarquía, y con ella la recóndita complicidad de quienes han perdido sus sueños e ilusiones, y con angustiante resignación confinan al ámbito de la poética la aspiración de una sociedad cuyos miembros tiendan a la vida buena, con y para los otros, en instituciones justas, tal como en una oportunidad lo mencionase el filósofo francés Paul Ricoeur.
La educación es el crisol en el que se funden viejos y nuevos valores con los que se dibuja la silueta de la sociedad contemporánea. Educar es un acto de fe y como tal, no se limita a la simple y oportunista transmisión de conocimientos que en muchos casos carecen de significado, sino también –y principalmente– a fraguar ciudadanos libres y responsables, forjadores del camino que habrán de transitar las próximas generaciones.
La sociedad clama por encontrar vías de aproximación que le permitan enfrentar sus actuales desafíos. Este es el propósito del simposio “Educación y valores para la nueva sociedad” que se realizará el próximo sábado 16 de octubre en la ciudad de San Felipe (Edo. Yaracuy) y en el que se abordarán temas como: la responsabilidad social universitaria; convivencia y cultura de paz; sociología de las organizaciones; empresa y humanismo; comunicación, poder y conflicto; ética y postmodernidad; ambiente, sostenibilidad y desarrollo; gestión del conocimiento; liderazgo educativo e inteligencia emocional.
Para conocer más sobre este evento organizado por el Centro de Investigación y Estudios Gerenciales, le invito a visitar la página: www.grupocieg.org o enviando un mensaje de correo electrónico a la dirección: eventos@grupocieg.org

Gerencia y valores en la nueva sociedad (coloquio)

El Centro de Investigación y Estudios Gerenciales (CIEG) está organizando el coloquio “Gerencia y valores en la nueva sociedad” cuyo propósito es debatir y profundizar sobre la interacción entre los individuos y el ambiente organizacional, específicamente desde la perspectiva de la vinculación entre los valores sociales contemporáneos y la dinámica gerencial.

El eje de discusión estará representado por la mutua relación entre la sociedad y las ideologías organizacionales, abordando el impacto de la gerencia como ente moldeador de actitudes y comportamientos, pero a la vez reflexionando sobre la influencia de los valores sociales emergentes en la configuración de un nuevo estilo gerencial y organizativo, acorde con la complejidad, ambigüedad e imprecisión que caracteriza el actual entorno organizacional.

El evento se realizará en la ciudad de Barquisimeto, el sábado 20 de Noviembre 2010.

Para conocer los detalles relacionados con la inscripción en este coloquio, puede enviar un mensaje a la dirección de correo electrónico: eventos@grupocieg.org o visitar la página Web: www.grupocieg.org

Gerencia avanzada: una cuestión de integridad


Así como las decisiones constituyen suprema expresión de inteligencia, la integridad se erige como la máxima representación de la condición humana, siendo fiel a los principios racionales, emocionales e intuitivos en los que se sustentan las acciones cotidianas.

Hablar de integridad es hablar de discernimiento acerca de las diferencias entre lo correcto y lo incorrecto, lo justo y lo perverso, lo pertinente y lo inútil; pero también es hablar de la voluntad para actuar conforme a lo que se haya determinado como lo correcto, lo justo y lo pertinente, revelando al mismo tiempo la disposición personal para reconocer las propias verdades y proclamarlas con transparencia y sin temor al traducirlas en decisiones y realidades.

La integridad demanda energía para transformar el pensamiento en acción, asimilar el error y recuperar la confianza; implica también la posesión del genuino talante para retar a las convicciones apartándose de lo establecido, enfrentar la incertidumbre, superar la condición de víctima y soslayar los sentimientos de culpa, dolor, rencor, venganza y envidia.

La integridad se yergue como el motor mediante el cual y de forma deliberada se avanza hacia lo desconocido huyendo de tradiciones deslegitimadas y carentes de significado. Dentro de ese espíritu, la gerencia se traduce en conjugar las competencias requeridas para el desempeño profesional, con las capacidades para comprender desde la perspectiva del otro y creer en el diferente, repotenciando interacciones y acuerdos sustentados en valores emergentes, influyentes y revitalizadores del conjunto social.

No existe justificación alguna para otorgarle un nuevo sentido a la gerencia mientras ésta no descanse en la integridad personal de quien la ejerza. Es éste el desafío que enfrentan las organizaciones porque ya es tiempo de iniciar el peregrinaje hacia lo desconocido, que no por desconocerlo deja de ser apetecible.

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Gestión de la diversidad humana: una tarea pendiente en las organizaciones



En las organizaciones, el conocimiento siempre ha estado enfocado a evitar la incertidumbre, a la búsqueda de la utilidad (eficacia) y al mejor aprovechamiento de los recursos y capacidades con las que cuenta la organización (eficiencia), lo cual ha desembocado en el desarrollo de una cognición procedimental muy asociada a la racionalidad normativa, y consecuentemente al énfasis en los obstáculos y las limitaciones, a la adopción de actitudes cerradas y sesgadas por parte de los entes directivos, y a la resolución de problemas como el eje central de la acción gerencial, todo lo cual bloquea la capacidad para generar alternativas novedosas de mejoramiento y de aprendizaje profundo, abriéndose las puertas a las desavenencias y a los estremecimientos emocionales que conducen a la frustración y al resentimiento hacia los demás.
La separación entre conocimiento y afectividad en los espacios organizacionales, es un factor desencadenante de los sentimientos de exclusión, sobreviniendo con ello los fanatismos, radicalismos, insensibilidades e intolerancias que lejos de ayudar a la consolidación de un tejido social armónico, conlleva a la profundización del repliegue monológico y a la progresiva ruptura de las relaciones interpersonales que, en definitiva, son las únicas a través de las cuales se puede promover la convivencia y el entendimiento.
Las referencias teóricas al binomio conocimiento/afectividad han tenido una larga tradición en las corrientes filosóficas, económicas y sociales, siendo hecho públicas por autores como Bilbeny, cuando afirma que “la emoción nos sostiene, porque hay algo emocional en todo intento de ser racional”; o por Velásquez Coccia, al señalar que “la emoción tiene que integrarse al modelo de la racionalidad para que sea posible acercarse con justeza al comportamiento racional”, pero en todo caso y centrándonos en la teoría administrativa clásica, el enfoque de la elección racional no sólo deja de incorporar la influencia de las emociones en los procesos de toma de decisiones, sino que además resalta la necesaria ausencia de correlación entre los afectos (enfocados a las personas) y las preocupaciones por la eficacia en el logro de los fines y la eficiencia en el uso de los medios, con lo cual se asoma una vía de aproximación para comprender las razones de una realidad organizacional marchita, profundamente deshumanizada, moralmente empobrecida y tristemente venerada por quienes ostentan el poder de elección.
Las emociones se constituyen en el catalizador del respeto a la diversidad e integrador de las diferencias; de no ser tomadas en cuenta, los individuos no podrán encontrar algún punto de apoyo en el que puedan sustentar su comportamiento con base en criterios éticos aceptados y compartidos, por lo que la interrogante que deviene de esta afirmación es cómo construir ese punto de apoyo.
Tal como lo ha señalado Víctor Guédez, en los tiempos actuales se impone aceptar que no habrá reconciliación y paz sin modelos participativos e incluyentes, y a la inversa tampoco podrán existir modelos participativos e incluyentes sin reconciliación y paz. Es en medio de esta relación en la que deben operar los esfuerzos gerenciales para reducir la percepción de sometimiento mediante la integración de los elementos conductuales y afectivos, de forma tal que los intereses individuales (personales y laborales) puedan conjugarse con los intereses organizacionales en cuanto a eficacia, eficiencia y efectividad, siempre desde el respeto a la singularidad propia de los sujetos organizados.
La conjugación de los componentes cognitivos, afectivos y emocionales en las organizaciones, se traduce en la consolidación de un capital social promovido a partir de una cultura de confianza, entendimiento y convivencia, lo cual implicaría aceptar que dichos espacios no existe algo que pueda ser considerado como definitivo o inamovible, y mucho menos cuando tales referencias son formuladas desde una perspectiva moral.
De lo anterior no sólo salta a la vista la importancia de integrar los aspectos conductuales y afectivos para permitir que los intereses individuales puedan convivir y ajustarse con los intereses organizacionales, sino también que la racionalidad estratégica, es decir los esfuerzos reflexivos y deliberativos enfocados a la obtención de resultados deseados, implica considerar las diversas posturas, perspectivas, valoraciones, emociones y conductas mediante las que se posibilitará la emergencia de un estilo de pensamiento gerencial representativo de la legitimidad de las diferencias cognitivas y morales, la participación en condiciones de igualdad, el compromiso hacia el bien común y la genuina disposición de coadyuvar al fortalecimiento de la dignidad humana.
La gestión de la diversidad humana en la organización procura transformar al ser humano modificando su proyección histórica, conduciéndolo a la creación de un nuevo marco cotidiano de la acción basado en la auto-conciencia de la libertad plena, apartándolo de una realidad que lo hace proclive a la sumisión, a la docilidad y a la descapitalización de su individualidad dentro del engranaje social, con lo cual se impone, por una parte, admitir la existencia de una realidad problemática que se desea superar y para la cual, las teorías clásicas de la administración no son capaces de ofrecer respuestas que integren los formalismos del enfoque utilitarista con las perspectivas teóricas que reconocen y defienden la identidad del sujeto, la diversidad dentro de la unidad y la disidencia como mecanismo de autoafirmación moral; en segundo lugar, se requiere la construcción de una red de garantías institucionales que permitan a los individuos manifestar activamente su voluntad de vivir de acuerdo a sus propias singularidades, sin menoscabo del componente instrumental del trabajo que, en definitiva, constituye la razón de su permanencia y aceptación en las organizaciones.
Así, la acción directiva debe ser considerada como un ejercicio de ética aplicada a las relaciones interpersonales, vehiculizado mediante el diálogo entre sujetos portadores de diversas concepciones valorativas, enfoques, intereses y perspectivas; diálogo que solo podrá ser fructífero si se obra en el terreno común de la esperanza, de la justicia y de la solidaridad.

Conocimiento e intención: el desorden moral de la gerencia

Cualquier decisión está revestida de intencionalidad, consecuentemente también está revestida de conocimiento, pero si tomamos como punto de partida la línea de pensamiento del profesor Antonio Berthier, debe considerarse que el conocimiento es toda construcción conceptual tendente a organizar y dirigir cualquier experiencia de vida, sin poder pretenderse su separación de las condiciones en las que se produce, sean éstas lógicas, biológicas, psicológicas, lingüísticas o sociales. De ahí que la intención se enmarca en el ejercicio de la razón práctica, por lo que su análisis adquiere especial relevancia para la reflexión ética.

Puesto que la decisión sobre el fin último se imbrica con la elección de las acciones necesarias para alcanzarlo, la intención, vista como producto de la reflexión y activador de la realidad, adquiere entonces un carácter doblemente normativo para el individuo dispuesto a decidir. Así, la intención en cuanto a los fines discurre de forma paralela con la intención respecto a los medios, no habiendo posibilidad de desagregarlas. De ese modo y dejando de lado el escrutinio sobre las consecuencias de la acción, la legitimación de las intenciones solamente será posible en la conciencia colectiva a través de la justificación, la cual también constituye un fenómeno moral, puesto que su esencia obliga a considerar los intereses y las intenciones de los afectados.

La fuerza del conocimiento reside en su potencial para construir una realidad, con lo que pudiera asumirse que la legitimidad del conocimiento sólo podrá ser obtenida mediante la legitimidad de las intenciones (en cuanto al fin y en cuanto a las acciones necesarias para alcanzarlo) a través de las decisiones sobre lo que debe mantenerse, adaptarse o transformarse para coadyuvar a una vida mejor, siendo éste el modo apropiado para que el individuo pueda honrar su responsabilidad en la revitalización de la sociedad en la que está inmerso y de la que forma parte; revitalización que sólo adquiere sentido práctico mediante la potenciación de la solidaridad, no en cuanto a la simple tolerancia o mediante muestras de aflicción por el dolor ajeno, sino como genuina adhesión a los intereses colectivos y como bisagra entre el egoísmo y el altruismo, capaces de generar y activar soluciones a los grandes problemas socio-contextuales que actualmente se padecen.

A la luz de las ideas anteriores, quienes aun sin proponérselo quizás hayan expresado mejor el significado de la ética en las organizaciones han sido, por una parte, Chun Wei Choo al caracterizar la organización inteligente como aquella que “…persigue sus metas en un ambiente cambiante adaptando su comportamiento de acuerdo al conocimiento que tiene de sí misma y del mundo con el que interactúa…” y por la otra, Peter Senge, quien ofrece una definición de la empresa inteligente como “aquella que está organizada de forma consistente con la naturaleza humana”. Ambas citas invitan a plantear el conocimiento como una expresión cultural que fluye desde las más profundas creencias hasta la materialización de unos resultados; pero también como expresión de la inteligencia humana para alcanzar un ideal (futuro), amoldándose a los cambios del entorno (presente), pero sin perder la perspectiva histórica que emana de la tradición y la memoria colectiva (pasado).

Así, todo ente social inteligente (incluida la organización) parece sincronizar dos grandes ejes alrededor de los cuales gravita su pensamiento y acción: el primer eje conjuga la esperanza con el discernimiento, mientras que el segundo, fusiona el entendimiento con la posibilidad. Estas cuatro variables adquieren sentido práctico a partir del momento en que se logre el equilibrio reflexivo de la mente y cuando deliberadamente se asuma una posición crítica ante la vida, la sociedad, la economía, la política y la tecnología. Es decir, la esperanza en el futuro sólo puede surgir del discernimiento, pero a la vez, el discernimiento se ampara en la idealización del deseo. Por otra parte, materializar cualquier posibilidad requiere del entendimiento de lo justo y de lo necesario, pero dicho entendimiento no puede ser ajeno a las propias posibilidades que residen en el contexto.

La crisis ética que actualmente se evidencia en las organizaciones no es más que una crisis de conocimiento y de inteligencia para actuar de forma consistente con la naturaleza humana. Crisis que se manifiesta mediante la des-esperanza y el des-entendimiento, que anulan la capacidad de discernimiento a favor de lo humano e ignora las posibilidades que excedan lo estrictamente convencional. Pero además, como organización social, la crisis ética de la empresa también engendra una crisis de confianza en el futuro (ante la desesperanza) y también en el presente (ante el desentendimiento); desconfianza que a su vez actúa como catalizador del egoísmo y del individualismo, fuentes éstas de la barbarie, de la antinomia social y del desinterés que anula la conciencia ética.

En fin, es del desorden moral que impregna la mentalidad de las organizaciones tradicionales, del que surgen los vacíos éticos y del que derivan las decisiones basadas en la emotividad disimulada, el placer por lo inmediato, la utilidad como principal valor, la eficacia de los medios, la racionalización de los fines, la acumulación de capital como norte, la indiferencia como rutina, el desinterés por el otro, la incomodidad del diferente, el aborrecimiento del riesgo, la evasión de la responsabilidad, el resguardo del poder y la intolerancia al error. En suma, decisiones basadas en opacos intereses y en intenciones solamente justificables desde la desesperanza y el desentendimiento.


Extracto del libro: “Repensar la organización: gerencia ética y postmodernidad” © 2010 - Eduardo Pateiro Fernández

Coloquio: Gerencia y valores en la sociedad emergente












El pasado viernes 3 de Septiembre, en la sede de la Cámara de Comercio del estado Lara (Barquisimeto) se realizó el coloquio “Gerencia y valores en la sociedad emergente” organizado por el Centro de Investigación y Estudios Gerenciales en el que se debatió y profundizó sobre la interacción entre los individuos y el ambiente organizacional, específicamente desde la perspectiva de la vinculación entre los valores sociales contemporáneos y la dinámica gerencial.

El eje de discusión estuvo representado por la mutua relación entre la sociedad y las ideologías organizacionales, abordando el impacto de la gerencia como ente moldeador de actitudes y comportamientos, pero a la vez reflexionando sobre la influencia de los valores sociales emergentes en la configuración de un nuevo estilo gerencial y organizativo, acorde con la complejidad, ambigüedad e imprecisión que caracteriza el actual entorno organizacional.

Los panelistas Yohander Sánchez, María Isabel Peña de Crespo, Olivia Sosa y Marlenis Castellanos, articularon sus muy interesantes disertaciones con temas como los nuevos retos para la gerencia, la responsabilidad como valor vinculante entre la sociedad y la empresa, los valores transcendentales en las organizaciones inteligentes y la disyuntiva comunicacional en las sociedades emergentes.

Los asistentes demostraron una vez más su altísimo interés por la problemática gerencial y social que hoy se vive, y formularon acertadas reflexiones que invitan al optimismo y a la confianza en las próximas generaciones.

Entre las conclusiones parciales más relevantes, destacan las siguientes:

Me parece que los puntos tratados son los más importantes en la rama de la gerencia, ya que la necesidad actual de la sociedad lo amerita para así lograr romper los paradigmas y poder lograr con unos valores propios y humanos, una gerencia y una planificación eficiente, tal como la realidad lo exige actualmente.

Lo que nuestra sociedad requiere es que dejemos de ser demandantes y seamos ofertantes; también requiere que todos trabajemos en grupo, y lo más importante: que sepamos lo que estamos haciendo; para esto es necesario tener cualidades como lo son: motivación, responsabilidad, humildad y sobre todo solidaridad para el bienestar de la sociedad.
Utilizar nuestro rol, lo que sabemos, nuestra especialidad para aportar ayuda al movimiento en sociedad y llevar en la mente los valores humanos. Como individuos, tenemos este procedimiento en mano, en pocas palabras, somos responsables de lo que acontece a nuestro alrededor.
La comunicación no es lo mismo que hablar por medio de un aparato. Lo ideal es que se interactue sin pensar que se ha perdido la normalidad, pero este mundo es cambiante y ya esto es adaptación.
Trabajar en equipo no es solamente dejarle todo a unos cuantos, sino unirnos en conjunto para lograr los objetivos como tales, ver qué queremos lo que creemos para obtenerlos; para esto, el cambio interno y la seguridad en cada uno es fundamental.
La responsabilidad es una de las principales facetas que se deben tener para manejarnos ante la vida y la sociedad.
En el mundo globalizado y cambiante, se necesita un liderazgo más flexible y ético, con una gerencia del talento humano más participativa, justa, responsable, solidaria, prudente y tolerante.
La gerencia enmarca muchos paradigmas, lo cual contribuye a mejorar las relaciones funcionales e interpersonales en una organización; para ello hay que tener presentes los valores que vinculan a la sociedad con las empresas.
La gerencia actual rompe los paradigmas de la modernidad, fortaleciendo los valores individuales para lograr un cambio que nos vincule con la responsabilidad social que emerge de las necesidades del colectivo y que estaban al margen del ser humano. Ahora se incrementa la solidaridad como bien común, aflorando la creatividad y la tolerancia como valores transformadores de actitudes y aptitudes, direccionados por los medios de comunicación que nos conectan con todos los escenarios del mundo al mismo tiempo.
Los retos que se presentan en esta sociedad emergente, buscan encaminar una filosofía de vida acorde con la responsabilidad que cada individuo tiene con la sociedad en pro del bienestar común, en donde exista una mejora creciente de las conductas ciudadanas encaminadas a crear un ambiente innovador en las organizaciones, en las que reinen valores transcendentales como la justicia, la armonía, la prudencia, la tolerancia y la solidaridad, como conductas que reclaman urgentemente la nueva arquitectura organizacional, ya que ante la gran cantidad de información que nos invade día a día a través de la tecnología, nos lleva a la disyuntiva de que solamente reforzando los valores individuales, podremos tener una comunicación interpersonal de calidad, por cuanto los nuevos lenguajes comunicacionales, como el Internet y los celulares, a pesar de su inmediatez, crea una distancia entre el entorno familiar.
Para cambiar los paradigmas de una organización, ya sea educativa o empresarial, hay que tomar en cuenta la motivación y la flexibilidad, así como también los problemas que emergen en la sociedad; hacer de los problemas un fuerte y atacar las debilidades que se puedan tener sin culpar al recurso humano de cualquier error que se pueda cometer. Hay que aprovechar las nuevas tecnologías para facilitar el trabajo y promover los valores y la cultura en el ámbito social.
Debido a que nuestra sociedad está cambiando de una manera muy rápida, necesitamos encontrar una forma de adecuarnos a esos cambios, mantener nuestros principios y tenerlos siempre presentes, buscar la equidad en la empresa, generar confianza a los empleados pero siempre manteniendo el respeto, ser responsable de lo que se hace e ir más allá (superarse)
Para enfrentar los nuevos retos y disyuntivas tenemos que reforzar los valores adquiridos, rompiendo los paradigmas y adaptándonos al cambio de las organizaciones. Se necesita un liderazgo perseverante, con valores positivos, responsabilidad e integridad ética y moral, respetuoso de los derechos humanos, consciente en la toma de decisiones, coherente con respecto a lo que se piensa y dice, y tolerante en relación a la convivencia.
A medida que los años pasan, la sociedad muestra cambios en sus distintos campos, cambios efectuados por la innovación y aplicación de nuevas ideas que nos afectan, ya sea positiva o negativamente; por eso debemos aplicar nuevas teorías que traigan como resultado el aprovechamiento y explotación de todos sus beneficios, es decir que no debemos quedarnos en las estructuras antiguas para mantener la uniformidad, sino de trazar nuevas metas, nuevas estructuras que vayan paralelamente con la tecnología y la conducta social.

Todos los asistentes recibieron el CD del libro “Repensar la Organización: gerencia, ética y postmodernidad” así como su correspondiente certificado acreditativo de participación, quedando invitados para la próxima cita en la ciudad de San Felipe el viernes 15 de octubre, en la que se debatirán nuevos y relevantes temas.

La información sobre el próximo coloquio está disponible en la página: www.grupocieg.org

Ética, ciudadanía responsable y complejidad social


La fragmentación y el reduccionismo, en su papel de guías orientadoras que marcan el sentido de lo racional ante los borrosos límites de la inteligibilidad humana, quizás hayan podido ayudar a desenmarañar los secretos del cosmos, de las ciencias naturales y de la mecánica cuántica, pero la desmedida aspiración del hombre por homologar la vigencia de las ciencias fácticas al ámbito de la complejidad social mediante la disyunción entre lo biológico y lo imaginario, es decir, mediante la cosificación de la naturaleza humana, no sólo luce necia en el buen sentido de la palabra, sino que además representa la marginación de la incertidumbre, la génesis de la sinrazón y un atentado contra lo moral ante la vil pretensión de reconocer una única verdad, de convertir la duda en pecado y de sacralizar la razón objetiva, confinando el conocimiento hasta convertirlo en instrumento de utilidad preferente para las instituciones dominantes.
De este modo, la incertidumbre pretende ser neutralizada, los individuos tienden a expresar sus necesidades y deseos en términos coherentes con los conceptos que se desprenden del orden social establecido, se privilegian las acciones y proposiciones coherentes con la lógica dominante y se apela a la razón para controlar el entorno, la praxis, la cultura y el pensamiento, creándose tensiones en el sujeto quien aun provisto de autonomía moral, se somete a un poder que le es ajeno y reprime el libre desarrollo de su propia condición humana, conduciéndole a regular sus propias creencias y los valores para impregnarlos de un carácter coercitivo capaz de autocensurar las perspectivas antagónicas y de inhibir los discursos alternativos en detrimento de la libertad de conciencia práctica.
Este ciclo recursivo en el que operan las negaciones, las tensiones y los antagonismos, y en el que se funde lo racional con lo afectivo, y lo real con lo imaginado, se dibuja con gruesos rasgos que comienzan a decodificarse en la medida en que se asimila la existencia de relaciones contradictorias, pero al mismo tiempo compatibles con el espacio social en el que se hace vida; relaciones de fuerza que luchan por múltiples intereses bajo las reglas tácitas y explícitas de convivencia y entendimiento, reglas que emergen del conocimiento subjetivado en el que se combina lo individual con lo colectivo, pero que al mismo tiempo da origen a nuevas reglas, deseos, imágenes y representaciones. Así, la negación como argumento forma parte de la armonía, del mismo modo que la armonía necesita de solidaridad y justicia.
Aun cuando las relaciones de fuerza se conjugan con las prácticas y representaciones que definen las situaciones cotidianas en el espacio social, no es menos cierto que es la propia sociedad la que engendra la noción de interés reflexivo como el germen de ese conjunto de relaciones, con lo que se advierte que toda acción mínimamente deliberada deberá estar dotada, al menos, de una intención específica. Es esa intención, sobrevenida del discernimiento acerca de las posibilidades que brinda la realidad social, la que marca el sentido ético del conocimiento práctico.
Emerge así la contradicción y la discontinuidad, la fusión de lo individual con lo colectivo en términos de una historia no compartida, pero constituyente de una realidad que clama por el entendimiento y por la unidad de razonamiento ético en un contexto de diversidad moral y a la vez cognitiva. Amalgamar la razón y la pasión se convierte en el nuevo imperativo ético, ya que de este modo es como puede encontrarse la naturaleza del conocimiento que la humanidad necesita para desarrollar el carácter sociológico de las relaciones de interés y de rivalidad en el ámbito de la comunidad.
En este escenario surge de manera clara la vinculación entre el conocimiento y la libertad, vinculación en la que se sustenta la noción de ciudadanía y en la que sin ella, el hombre se comportaría más como bestia que como miembro de una comunidad dialógicamente sobrevenida de la tradición histórica y de la ruptura trascendente, pero que al mismo tiempo está orientada a la preservación del espíritu emancipador, el cual –paradójicamente– se nutre del cúmulo de convencionalismos que moldean la conciencia colectiva.
Es la vinculación entre conocimiento y libertad, la que irrumpe y configura el complejo escenario social. No existieran razones para hablar de pluralismo o de diversidad mientras no se argumente en base a la libertad sumida en las diferencias, puesto que del reconocimiento de sus legitimidades es de las que se derivan los conceptos de comprensión, inclusión, reciprocidad, complementariedad, corresponsabilidad, reconocimiento, cooperación, diálogo, tolerancia, solidaridad y justicia; todos ellos orientadores del saber práctico y por lo tanto, determinantes éticos.
En los tiempos que corren no hay cabida para fundamentalismos ni heroicas fidelidades; tampoco para la polarización de las divergencias, los absolutismos, los despotismos autocráticos o las dicotomías excluyentes; por ello, el ejercicio de la responsabilidad ciudadana implica ir al encuentro de un punto de equilibrio entre los intereses propios y los ajenos para que a través de la prudencia, la moderación, la sensatez, la solidaridad y la justicia, pueda habilitarse la conciencia ética sin necesidad de desdibujar la sutil e inevitable brecha entre las convicciones que residen en la interioridad del ser y las responsabilidades que surgen desde el espacio colectivo. Un reto que debe asumirse en función de preservar la autoestima, amparar la solidaridad y salvaguardar los más nobles ideales que emergen del imaginario social.

Razonamiento ético y pluralismo moral: una aproximación a la postmodernidad organizacional (tesis doctoral)


El status ontológico de las organizaciones ha sido ampliamente debatido en círculos filosóficos y sociales, pero aun no se ha encontrado una alineación práctica entre requerimientos colectivos e intereses individuales, ya que históricamente, bajo formas de dominación que enfatizaban la utilidad y el poder, los distintos modelos organizacionales han supeditado el desarrollo individual al bienestar colectivo.

Las dificultades para tal alineación parecen sustentarse en la persistencia de un estilo de pensamiento subordinado a ciertos fines, pero con los que también se ha abandonado la búsqueda de los fines del hombre, conduciéndole al gradual desmoronamiento de sus valores fundamentales, lo que ameritó explorar la estructura del sistema moral que rige en las organizaciones para fundamentar la posibilidad de alcanzar cierta unidad de razonamiento ético como medio de aproximación a un futuro que, aun colmado de discrepancias y sin ser representativo de valores culturales totalmente compartidos, permita la confluencia de principios mínimos de convivencia basados en la racionalidad y el respeto.

Aplicando el método hermenéutico-dialéctico, en la investigación participaron quince directivos de organizaciones educativas y productoras de bienes y servicios, tanto públicas como privadas, revelándose que el sometimiento a la tradición constituye el soporte de la coherencia personal y de la cohesión social, el poder fue interpretado como capacidad de relacionamientos mas no como capacidad de dominación y en ningún caso las formas de autorrealización fueron opuestas a las exigencias sociales, pero están afectadas por fuerzas normativas y coercitivas que dominan en sus respectivos espacios contextuales.

La investigación revela que en el marco de pensamiento postmoderno, los fundamentos éticos de las decisiones en los contextos organizacionales, sólo encuentran sustento en el respeto a la diversidad moral y derivan de la comprensión, interpretación y legitimación de múltiples realidades convergentes en un mismo espacio social, por lo que se requiere un proceso continuo de conexión de saberes e identidades, a partir de la socialización de los actores morales y en función de las capacidades de relacionamientos que se exhiban.


Autenticidad: base de la ética en contextos de posmodernidad

La postmodernidad, entendida desde su dimensión ontológica antes que epocal, demanda una nueva justificación moral de la organización, que al estar construida sobre una base cognitiva y relacional, deberá ser capaz de trascender los particulares ámbitos de acción de sus miembros, al tiempo que sobrevive al carácter transicional de los individuos que la conforman.

Más allá de las teorías que sostienen que la legitimidad de la organización está dada por su capacidad de contribuir a la satisfacción de las necesidades sociales a través de sus productos y servicios, se asume que la justificación moral de la organización debiera estar centrada en la noción del discurso que, al emerger de las relaciones sociales, es portador de una capacidad para aglutinar la distintas posiciones y perspectivas desde las cuales se configuran los relacionamientos y se construye una realidad social. Estos relacionamientos deben ser entendidos como procesos continuos que se construyen y reconstruyen permanentemente, por lo que jamás puede pretenderse el diseño de una solución final o definitiva al problema epistemológico y moral que actualmente padecen las organizaciones.

De este modo se entiende que si bien el discurso moral de la organización postmoderna intenta romper con una tradición amparada en determinismos normativos e intereses teleológicos derivados de la racionalidad estratégica que exhiben las instituciones dominantes, su construcción sólo será posible en la medida en que se vayan superando las barreras culturales que dotan de inercia a la acción directiva, sin que esto llegue a significar el desmoronamiento de valores universales o el total abandono de los símbolos y significados que han sido forjados durante el devenir histórico de los actores sociales que la integran.

Más que como tolerancia o permisividad moral, la postmodernidad organizacional debe comprenderse como el marco de un pensamiento público que otorga la cualidad de natural al entrecruzamiento de diferencias inspiradas en múltiples orígenes y convicciones, que no por diferentes representan límites a la capacidad de entendimiento, sino que precisamente por estar enraizadas con las distintas tradiciones y los múltiples significados que los actores sociales le otorgan a sus mundos de vida, amplían la posibilidad de alcanzar un acuerdo genuino sobre las normas de actuación, principios y valores mínimos de convivencia; todos ellos elementos necesarios para alcanzar objetivos particulares y colectivos en un clima de convivencia y paz. En consecuencia, no existirá pensamiento postmoderno donde no se permita a los individuos obrar con arreglo a fines colectivos, pero también con arreglo a fines privados.

Lo anterior significa que en un ambiente de postmodernidad, el concepto ético debiera trascender las nociones sobre lo debido, lo necesario, lo justo y lo correcto, para fundirse con el deseo de conservación del individuo, que en su carácter de legítimo interés, a la sombra de la tradición y bajo el imperativo de la seguridad, constituye el cimiento sobre el que se construye la acción individual en el ámbito colectivo.

Puesto que el razonamiento ético solamente puede ser edificado sobre la base de los significados que los propios actores le asignan a dicho concepto, se impone la idea de sustituir el actual orden organizacional amparado en la lógica de la instrumentalidad por un estado dialógico de la autenticidad, y esto implicaría modificar los horizontes morales de los actores sociales, ya que al igual que ocurre con el concepto ético, la noción de lo auténtico sólo puede manifestarse en primera persona.

De aquí que en un ambiente de postmodernidad, el sujeto social solo podrá ser razonablemente ético mientras se le permita actuar de forma auténtica, lo cual lleva asociadas las ideas de identidad y libertad (vistas desde una perspectiva individual), pero también de entendimiento (desde una perspectiva colectiva), siendo precisamente esta última, la que a través del uso del poder como capacidad de relacionamientos, permitirá la inclusión de las diferencias, la consolidación del capital relacional y la legitimación del pluralismo moral en un mismo espacio socio-contextual.

Dicho de otro modo, los signos de los nuevos tiempos imponen la adopción de una perspectiva ética de la autenticidad, representada por un nuevo marco cotidiano de la acción basado en la auto-conciencia de la libertad plena y desvinculado de los reduccionismos clásicos de la ética del deber, de la virtud, de la utilidad, de las convicciones y de las responsabilidades.

Pluralidad moral: germen de la gerencia postmoderna

En esencia, las organizaciones son moralmente plurales. Como componente de la conciencia humana, la moral se nutre de lo histórico y de lo sociológico para expresarse mediante conductas y pensamientos que honran la libertad de saber y la libertad de elegir. Son esas libertades las que engendran la diversidad, precioso tesoro de la humanidad que abre las puertas al desarrollo, pero también al cuestionamiento y a la incertidumbre, debilitando verdades y tradiciones históricas que tientan al individuo a refugiarse entre las radicales murallas de la negación y del egoísmo, como recursos a los que resulta apetecible recurrir ante los graves problemas morales que acechan su destino.

Pero la ausencia de homogeneidad moral en cualquier espacio socio-contextual no significa el distanciamiento absoluto de los valores culturales que deban compartirse para construir una vida en común. El pluralismo moral no es sinónimo de heterogeneidad moral absoluta, ni razón suficiente para esgrimir las banderas del relativismo ni del subjetivismo, puesto que aun en un mundo signado por los cuestionamientos y las incertidumbres, deben persistir valores universales que no pueden ser relativizados, así como cuestiones morales que no pueden ser concebidas ni legitimadas desde las particulares preferencias de cada individuo.

El pluralismo moral significa la existencia de diferencias y discrepancias de las que derivan múltiples opciones existenciales e ideológicas y que obligan a recordar la famosa sentencia de Jean-Paul Sartre al sostener que “el hombre está condenado a ser libre” no sólo para decidir qué hacer, sino además para elegir qué creer; elecciones y creencias que se tornan cada vez más confusas y apremiantes ante las dos tendencias extremas entre las que oscilan las sociedades contemporáneas: el nihilismo y el fanatismo; vivas respuestas a la incertidumbre y al desasosiego que resultan de la pérdida de fe en el proyecto de la modernidad.

Al mismo tiempo, el pluralismo moral constituye la más genuina representación de la diversidad humana y como tal, la esencia de su identidad y su dignidad. Así se entiende que del mismo modo como es imposible hablar de certidumbres científicas, también resulta insostenible cualquier referencia a las certidumbres morales, y es precisamente en este punto donde emerge la necesidad de alcanzar cierta unidad de razonamiento ético como medio de aproximación a un futuro que, aun sin ser representativo de valores culturales totalmente compartidos, marca la forma de transcurrir por un mundo de vida colmado de discrepancias, pero en el que también confluyen principios mínimos de convivencia amparados en el respeto y en el sentido de justicia.

Este matiz intersubjetivo que sustenta la interacción humana y desde la que brota la expresividad ética a través de la coherencia entre pensamiento y acción, tiene su punto de partida en el diálogo y en el entendimiento tras el genuino reconocimiento de intereses legítimos que se entrecruzan en el tiempo y en el espacio, albergando las más diversas manifestaciones de la identidad humana, y cuya acelerada expansión, inconcebible sin el desarrollo tecno-científico del siglo XX, obliga a acortar las distancias que surgen de la racionalidad egoísta, de la imprudencia en el ejercicio del poder y de la irresponsabilidad en el manejo de las relaciones del hombre consigo mismo.

Por ello y tras la disolución de una sociedad sustentada en fundamentos morales y normativos que ya han perdido su vigencia y legitimidad, es obligante hacer referencia a la postmodernidad como el andamiaje cultural y el sustento ontológico de una nueva forma de pensar y accionar, configurada a partir de dos ejes centrales, el primero de ellos: la racionalidad, esfera cognitiva y emocional auto dirigida de la que emanan los intereses y las intenciones del hombre atendiendo a sus fines, medios, alternativas, consecuencias, riesgos y oportunidades; y el segundo: el respeto, componente regulador de la acción humana y dinamizador de los conceptos de reconocimiento, solidaridad, justicia, inclusión, diálogo y argumentación.

Es esta la base de una nueva forma de gerenciar que supera los reduccionismos de la teoría administrativa clásica y desdibuja la linealidad histórica entre causas y consecuencias, marcando la forma de transcurrir por un mundo de vida colmado de incertidumbres, paradojas y ambigüedades.

Reto glocal: piensa global, actúa local; Glocalización

Glocalización es un neologismo; término que nace de la mezcla entre globalización y localización y que se desarrolló inicialmente en la década de 1980 dentro de las prácticas comerciales de Japón.

Como término económico se refiere a la persona, grupo, división, unidad, organización o comunidad que está dispuesta y es capaz de "pensar globalmente y actuar localmente". El concepto implica que la empresa se adapte a las peculiaridades de cada entorno, diferenciando sus producciones en función de las demandas locales.

¿Cuáles son algunas de las implicaciones del reto glocal en pleno desarrollo?

A nivel cultural, según Antonio Bolivar, Catedrático de Didáctica y Organización Escolar de la Universidad de Granada, glocalización es la mezcla que se da entre los elementos locales y particulares con los mundializados. Supone que en un mundo global, en el que asistimos a una progresiva supresión de las fronteras a nivel económico, político y social, se incrementa la existencia de barreras culturales, generadas por las personas que defienden sus tradiciones de la globalización cultural

Para Martin Shaw, la sociedad global no es sino el entero complejo de relaciones sociales entre seres humanos en una escala mundial. Y mientras que la sociedad global en este sentido contiene todas las relaciones sociales, no todas las relaciones se definen, de hecho, a un nivel global. En definitiva, la sociedad global también puede ser vista como el mayor marco de trabajo o contexto posible de relaciones sociales, pero no necesariamente el contexto más definitorio de todas las relaciones sociales.

Desde este punto de vista, la mejor manera de entender la sociedad global es concibiéndola como un universo social diverso en el cual las fuerzas unificadoras de la producción moderna, los mercados, las comunicaciones y la modernización cultural y política interactúan con muchas segmentaciones y diferenciaciones globales, regionales, nacionales y locales.

Hace más de treinta años, Kindleberger apuntó el camino hacia un paradigma global con la predicción del inminente fallecimiento del estado-nación como la unidad económica primaria. Más recientemente, surgió la idea de que numerosas corporaciones se estaban globalizando en el sentido que, de modo creciente, parecían no querer conexión con ningún estado-nación en particular y estaban distribuyendo sus actividades de manera flexible entre sus subsidiarios internacionales para flexibilizar los recursos materiales, humanos y financieros.

Ciertamente, en la actualidad se está creando un juego global múltiple en el que participan no sólo naciones sino también corporaciones y sindicatos, agrupaciones políticas, étnicas y culturales, asociaciones transnacionales y agencias supranacionales. El estado-nación ve así limitada su libertad de acción y desplazado o disminuido su poder a medida que va tomando forma un sistema global radicalmente nuevo.

A pesar de que se habla mucho del crecimiento de la globalización de la economía mundial, de los mercados y de las políticas, muchas tendencias actuales, como el aumento de conflictos laborales y nacionalistas o el proteccionismo, tienden a confirmar lo contrario y no apoyan la visión de apertura global e integración.

Por otra parte, en esta sociedad de la información si se analiza el fenómeno de la globalización desde la perspectiva de la comunicación, podría decirse que los modelos de interacción social y los flujos de información se están produciendo de manera creciente más allá de sus límites para formar nuevas bases de identidad política y cultural. En contraste con la tendencia histórica a pensar que los medios de comunicación llevan a cabo una integración vertical de las sociedades dentro del entorno del estado-nación, los emergentes modelos de interacción social, de organización política y de flujos de información, están siendo suplantados por modelos de integración horizontal transnacional, siendo referencia el caso de la Comunidad Europea, o las más recientes alternativas de redes sociales, como Facebook o Twitter.

Glocalización es un reto de nuestra era.

Ing° Francisco Blanco S.

francisco.blanco@fundametal.edu.ve