Ética, ciudadanía responsable y complejidad social


La fragmentación y el reduccionismo, en su papel de guías orientadoras que marcan el sentido de lo racional ante los borrosos límites de la inteligibilidad humana, quizás hayan podido ayudar a desenmarañar los secretos del cosmos, de las ciencias naturales y de la mecánica cuántica, pero la desmedida aspiración del hombre por homologar la vigencia de las ciencias fácticas al ámbito de la complejidad social mediante la disyunción entre lo biológico y lo imaginario, es decir, mediante la cosificación de la naturaleza humana, no sólo luce necia en el buen sentido de la palabra, sino que además representa la marginación de la incertidumbre, la génesis de la sinrazón y un atentado contra lo moral ante la vil pretensión de reconocer una única verdad, de convertir la duda en pecado y de sacralizar la razón objetiva, confinando el conocimiento hasta convertirlo en instrumento de utilidad preferente para las instituciones dominantes.
De este modo, la incertidumbre pretende ser neutralizada, los individuos tienden a expresar sus necesidades y deseos en términos coherentes con los conceptos que se desprenden del orden social establecido, se privilegian las acciones y proposiciones coherentes con la lógica dominante y se apela a la razón para controlar el entorno, la praxis, la cultura y el pensamiento, creándose tensiones en el sujeto quien aun provisto de autonomía moral, se somete a un poder que le es ajeno y reprime el libre desarrollo de su propia condición humana, conduciéndole a regular sus propias creencias y los valores para impregnarlos de un carácter coercitivo capaz de autocensurar las perspectivas antagónicas y de inhibir los discursos alternativos en detrimento de la libertad de conciencia práctica.
Este ciclo recursivo en el que operan las negaciones, las tensiones y los antagonismos, y en el que se funde lo racional con lo afectivo, y lo real con lo imaginado, se dibuja con gruesos rasgos que comienzan a decodificarse en la medida en que se asimila la existencia de relaciones contradictorias, pero al mismo tiempo compatibles con el espacio social en el que se hace vida; relaciones de fuerza que luchan por múltiples intereses bajo las reglas tácitas y explícitas de convivencia y entendimiento, reglas que emergen del conocimiento subjetivado en el que se combina lo individual con lo colectivo, pero que al mismo tiempo da origen a nuevas reglas, deseos, imágenes y representaciones. Así, la negación como argumento forma parte de la armonía, del mismo modo que la armonía necesita de solidaridad y justicia.
Aun cuando las relaciones de fuerza se conjugan con las prácticas y representaciones que definen las situaciones cotidianas en el espacio social, no es menos cierto que es la propia sociedad la que engendra la noción de interés reflexivo como el germen de ese conjunto de relaciones, con lo que se advierte que toda acción mínimamente deliberada deberá estar dotada, al menos, de una intención específica. Es esa intención, sobrevenida del discernimiento acerca de las posibilidades que brinda la realidad social, la que marca el sentido ético del conocimiento práctico.
Emerge así la contradicción y la discontinuidad, la fusión de lo individual con lo colectivo en términos de una historia no compartida, pero constituyente de una realidad que clama por el entendimiento y por la unidad de razonamiento ético en un contexto de diversidad moral y a la vez cognitiva. Amalgamar la razón y la pasión se convierte en el nuevo imperativo ético, ya que de este modo es como puede encontrarse la naturaleza del conocimiento que la humanidad necesita para desarrollar el carácter sociológico de las relaciones de interés y de rivalidad en el ámbito de la comunidad.
En este escenario surge de manera clara la vinculación entre el conocimiento y la libertad, vinculación en la que se sustenta la noción de ciudadanía y en la que sin ella, el hombre se comportaría más como bestia que como miembro de una comunidad dialógicamente sobrevenida de la tradición histórica y de la ruptura trascendente, pero que al mismo tiempo está orientada a la preservación del espíritu emancipador, el cual –paradójicamente– se nutre del cúmulo de convencionalismos que moldean la conciencia colectiva.
Es la vinculación entre conocimiento y libertad, la que irrumpe y configura el complejo escenario social. No existieran razones para hablar de pluralismo o de diversidad mientras no se argumente en base a la libertad sumida en las diferencias, puesto que del reconocimiento de sus legitimidades es de las que se derivan los conceptos de comprensión, inclusión, reciprocidad, complementariedad, corresponsabilidad, reconocimiento, cooperación, diálogo, tolerancia, solidaridad y justicia; todos ellos orientadores del saber práctico y por lo tanto, determinantes éticos.
En los tiempos que corren no hay cabida para fundamentalismos ni heroicas fidelidades; tampoco para la polarización de las divergencias, los absolutismos, los despotismos autocráticos o las dicotomías excluyentes; por ello, el ejercicio de la responsabilidad ciudadana implica ir al encuentro de un punto de equilibrio entre los intereses propios y los ajenos para que a través de la prudencia, la moderación, la sensatez, la solidaridad y la justicia, pueda habilitarse la conciencia ética sin necesidad de desdibujar la sutil e inevitable brecha entre las convicciones que residen en la interioridad del ser y las responsabilidades que surgen desde el espacio colectivo. Un reto que debe asumirse en función de preservar la autoestima, amparar la solidaridad y salvaguardar los más nobles ideales que emergen del imaginario social.

Razonamiento ético y pluralismo moral: una aproximación a la postmodernidad organizacional (tesis doctoral)


El status ontológico de las organizaciones ha sido ampliamente debatido en círculos filosóficos y sociales, pero aun no se ha encontrado una alineación práctica entre requerimientos colectivos e intereses individuales, ya que históricamente, bajo formas de dominación que enfatizaban la utilidad y el poder, los distintos modelos organizacionales han supeditado el desarrollo individual al bienestar colectivo.

Las dificultades para tal alineación parecen sustentarse en la persistencia de un estilo de pensamiento subordinado a ciertos fines, pero con los que también se ha abandonado la búsqueda de los fines del hombre, conduciéndole al gradual desmoronamiento de sus valores fundamentales, lo que ameritó explorar la estructura del sistema moral que rige en las organizaciones para fundamentar la posibilidad de alcanzar cierta unidad de razonamiento ético como medio de aproximación a un futuro que, aun colmado de discrepancias y sin ser representativo de valores culturales totalmente compartidos, permita la confluencia de principios mínimos de convivencia basados en la racionalidad y el respeto.

Aplicando el método hermenéutico-dialéctico, en la investigación participaron quince directivos de organizaciones educativas y productoras de bienes y servicios, tanto públicas como privadas, revelándose que el sometimiento a la tradición constituye el soporte de la coherencia personal y de la cohesión social, el poder fue interpretado como capacidad de relacionamientos mas no como capacidad de dominación y en ningún caso las formas de autorrealización fueron opuestas a las exigencias sociales, pero están afectadas por fuerzas normativas y coercitivas que dominan en sus respectivos espacios contextuales.

La investigación revela que en el marco de pensamiento postmoderno, los fundamentos éticos de las decisiones en los contextos organizacionales, sólo encuentran sustento en el respeto a la diversidad moral y derivan de la comprensión, interpretación y legitimación de múltiples realidades convergentes en un mismo espacio social, por lo que se requiere un proceso continuo de conexión de saberes e identidades, a partir de la socialización de los actores morales y en función de las capacidades de relacionamientos que se exhiban.


Autenticidad: base de la ética en contextos de posmodernidad

La postmodernidad, entendida desde su dimensión ontológica antes que epocal, demanda una nueva justificación moral de la organización, que al estar construida sobre una base cognitiva y relacional, deberá ser capaz de trascender los particulares ámbitos de acción de sus miembros, al tiempo que sobrevive al carácter transicional de los individuos que la conforman.

Más allá de las teorías que sostienen que la legitimidad de la organización está dada por su capacidad de contribuir a la satisfacción de las necesidades sociales a través de sus productos y servicios, se asume que la justificación moral de la organización debiera estar centrada en la noción del discurso que, al emerger de las relaciones sociales, es portador de una capacidad para aglutinar la distintas posiciones y perspectivas desde las cuales se configuran los relacionamientos y se construye una realidad social. Estos relacionamientos deben ser entendidos como procesos continuos que se construyen y reconstruyen permanentemente, por lo que jamás puede pretenderse el diseño de una solución final o definitiva al problema epistemológico y moral que actualmente padecen las organizaciones.

De este modo se entiende que si bien el discurso moral de la organización postmoderna intenta romper con una tradición amparada en determinismos normativos e intereses teleológicos derivados de la racionalidad estratégica que exhiben las instituciones dominantes, su construcción sólo será posible en la medida en que se vayan superando las barreras culturales que dotan de inercia a la acción directiva, sin que esto llegue a significar el desmoronamiento de valores universales o el total abandono de los símbolos y significados que han sido forjados durante el devenir histórico de los actores sociales que la integran.

Más que como tolerancia o permisividad moral, la postmodernidad organizacional debe comprenderse como el marco de un pensamiento público que otorga la cualidad de natural al entrecruzamiento de diferencias inspiradas en múltiples orígenes y convicciones, que no por diferentes representan límites a la capacidad de entendimiento, sino que precisamente por estar enraizadas con las distintas tradiciones y los múltiples significados que los actores sociales le otorgan a sus mundos de vida, amplían la posibilidad de alcanzar un acuerdo genuino sobre las normas de actuación, principios y valores mínimos de convivencia; todos ellos elementos necesarios para alcanzar objetivos particulares y colectivos en un clima de convivencia y paz. En consecuencia, no existirá pensamiento postmoderno donde no se permita a los individuos obrar con arreglo a fines colectivos, pero también con arreglo a fines privados.

Lo anterior significa que en un ambiente de postmodernidad, el concepto ético debiera trascender las nociones sobre lo debido, lo necesario, lo justo y lo correcto, para fundirse con el deseo de conservación del individuo, que en su carácter de legítimo interés, a la sombra de la tradición y bajo el imperativo de la seguridad, constituye el cimiento sobre el que se construye la acción individual en el ámbito colectivo.

Puesto que el razonamiento ético solamente puede ser edificado sobre la base de los significados que los propios actores le asignan a dicho concepto, se impone la idea de sustituir el actual orden organizacional amparado en la lógica de la instrumentalidad por un estado dialógico de la autenticidad, y esto implicaría modificar los horizontes morales de los actores sociales, ya que al igual que ocurre con el concepto ético, la noción de lo auténtico sólo puede manifestarse en primera persona.

De aquí que en un ambiente de postmodernidad, el sujeto social solo podrá ser razonablemente ético mientras se le permita actuar de forma auténtica, lo cual lleva asociadas las ideas de identidad y libertad (vistas desde una perspectiva individual), pero también de entendimiento (desde una perspectiva colectiva), siendo precisamente esta última, la que a través del uso del poder como capacidad de relacionamientos, permitirá la inclusión de las diferencias, la consolidación del capital relacional y la legitimación del pluralismo moral en un mismo espacio socio-contextual.

Dicho de otro modo, los signos de los nuevos tiempos imponen la adopción de una perspectiva ética de la autenticidad, representada por un nuevo marco cotidiano de la acción basado en la auto-conciencia de la libertad plena y desvinculado de los reduccionismos clásicos de la ética del deber, de la virtud, de la utilidad, de las convicciones y de las responsabilidades.

Pluralidad moral: germen de la gerencia postmoderna

En esencia, las organizaciones son moralmente plurales. Como componente de la conciencia humana, la moral se nutre de lo histórico y de lo sociológico para expresarse mediante conductas y pensamientos que honran la libertad de saber y la libertad de elegir. Son esas libertades las que engendran la diversidad, precioso tesoro de la humanidad que abre las puertas al desarrollo, pero también al cuestionamiento y a la incertidumbre, debilitando verdades y tradiciones históricas que tientan al individuo a refugiarse entre las radicales murallas de la negación y del egoísmo, como recursos a los que resulta apetecible recurrir ante los graves problemas morales que acechan su destino.

Pero la ausencia de homogeneidad moral en cualquier espacio socio-contextual no significa el distanciamiento absoluto de los valores culturales que deban compartirse para construir una vida en común. El pluralismo moral no es sinónimo de heterogeneidad moral absoluta, ni razón suficiente para esgrimir las banderas del relativismo ni del subjetivismo, puesto que aun en un mundo signado por los cuestionamientos y las incertidumbres, deben persistir valores universales que no pueden ser relativizados, así como cuestiones morales que no pueden ser concebidas ni legitimadas desde las particulares preferencias de cada individuo.

El pluralismo moral significa la existencia de diferencias y discrepancias de las que derivan múltiples opciones existenciales e ideológicas y que obligan a recordar la famosa sentencia de Jean-Paul Sartre al sostener que “el hombre está condenado a ser libre” no sólo para decidir qué hacer, sino además para elegir qué creer; elecciones y creencias que se tornan cada vez más confusas y apremiantes ante las dos tendencias extremas entre las que oscilan las sociedades contemporáneas: el nihilismo y el fanatismo; vivas respuestas a la incertidumbre y al desasosiego que resultan de la pérdida de fe en el proyecto de la modernidad.

Al mismo tiempo, el pluralismo moral constituye la más genuina representación de la diversidad humana y como tal, la esencia de su identidad y su dignidad. Así se entiende que del mismo modo como es imposible hablar de certidumbres científicas, también resulta insostenible cualquier referencia a las certidumbres morales, y es precisamente en este punto donde emerge la necesidad de alcanzar cierta unidad de razonamiento ético como medio de aproximación a un futuro que, aun sin ser representativo de valores culturales totalmente compartidos, marca la forma de transcurrir por un mundo de vida colmado de discrepancias, pero en el que también confluyen principios mínimos de convivencia amparados en el respeto y en el sentido de justicia.

Este matiz intersubjetivo que sustenta la interacción humana y desde la que brota la expresividad ética a través de la coherencia entre pensamiento y acción, tiene su punto de partida en el diálogo y en el entendimiento tras el genuino reconocimiento de intereses legítimos que se entrecruzan en el tiempo y en el espacio, albergando las más diversas manifestaciones de la identidad humana, y cuya acelerada expansión, inconcebible sin el desarrollo tecno-científico del siglo XX, obliga a acortar las distancias que surgen de la racionalidad egoísta, de la imprudencia en el ejercicio del poder y de la irresponsabilidad en el manejo de las relaciones del hombre consigo mismo.

Por ello y tras la disolución de una sociedad sustentada en fundamentos morales y normativos que ya han perdido su vigencia y legitimidad, es obligante hacer referencia a la postmodernidad como el andamiaje cultural y el sustento ontológico de una nueva forma de pensar y accionar, configurada a partir de dos ejes centrales, el primero de ellos: la racionalidad, esfera cognitiva y emocional auto dirigida de la que emanan los intereses y las intenciones del hombre atendiendo a sus fines, medios, alternativas, consecuencias, riesgos y oportunidades; y el segundo: el respeto, componente regulador de la acción humana y dinamizador de los conceptos de reconocimiento, solidaridad, justicia, inclusión, diálogo y argumentación.

Es esta la base de una nueva forma de gerenciar que supera los reduccionismos de la teoría administrativa clásica y desdibuja la linealidad histórica entre causas y consecuencias, marcando la forma de transcurrir por un mundo de vida colmado de incertidumbres, paradojas y ambigüedades.

Reto glocal: piensa global, actúa local; Glocalización

Glocalización es un neologismo; término que nace de la mezcla entre globalización y localización y que se desarrolló inicialmente en la década de 1980 dentro de las prácticas comerciales de Japón.

Como término económico se refiere a la persona, grupo, división, unidad, organización o comunidad que está dispuesta y es capaz de "pensar globalmente y actuar localmente". El concepto implica que la empresa se adapte a las peculiaridades de cada entorno, diferenciando sus producciones en función de las demandas locales.

¿Cuáles son algunas de las implicaciones del reto glocal en pleno desarrollo?

A nivel cultural, según Antonio Bolivar, Catedrático de Didáctica y Organización Escolar de la Universidad de Granada, glocalización es la mezcla que se da entre los elementos locales y particulares con los mundializados. Supone que en un mundo global, en el que asistimos a una progresiva supresión de las fronteras a nivel económico, político y social, se incrementa la existencia de barreras culturales, generadas por las personas que defienden sus tradiciones de la globalización cultural

Para Martin Shaw, la sociedad global no es sino el entero complejo de relaciones sociales entre seres humanos en una escala mundial. Y mientras que la sociedad global en este sentido contiene todas las relaciones sociales, no todas las relaciones se definen, de hecho, a un nivel global. En definitiva, la sociedad global también puede ser vista como el mayor marco de trabajo o contexto posible de relaciones sociales, pero no necesariamente el contexto más definitorio de todas las relaciones sociales.

Desde este punto de vista, la mejor manera de entender la sociedad global es concibiéndola como un universo social diverso en el cual las fuerzas unificadoras de la producción moderna, los mercados, las comunicaciones y la modernización cultural y política interactúan con muchas segmentaciones y diferenciaciones globales, regionales, nacionales y locales.

Hace más de treinta años, Kindleberger apuntó el camino hacia un paradigma global con la predicción del inminente fallecimiento del estado-nación como la unidad económica primaria. Más recientemente, surgió la idea de que numerosas corporaciones se estaban globalizando en el sentido que, de modo creciente, parecían no querer conexión con ningún estado-nación en particular y estaban distribuyendo sus actividades de manera flexible entre sus subsidiarios internacionales para flexibilizar los recursos materiales, humanos y financieros.

Ciertamente, en la actualidad se está creando un juego global múltiple en el que participan no sólo naciones sino también corporaciones y sindicatos, agrupaciones políticas, étnicas y culturales, asociaciones transnacionales y agencias supranacionales. El estado-nación ve así limitada su libertad de acción y desplazado o disminuido su poder a medida que va tomando forma un sistema global radicalmente nuevo.

A pesar de que se habla mucho del crecimiento de la globalización de la economía mundial, de los mercados y de las políticas, muchas tendencias actuales, como el aumento de conflictos laborales y nacionalistas o el proteccionismo, tienden a confirmar lo contrario y no apoyan la visión de apertura global e integración.

Por otra parte, en esta sociedad de la información si se analiza el fenómeno de la globalización desde la perspectiva de la comunicación, podría decirse que los modelos de interacción social y los flujos de información se están produciendo de manera creciente más allá de sus límites para formar nuevas bases de identidad política y cultural. En contraste con la tendencia histórica a pensar que los medios de comunicación llevan a cabo una integración vertical de las sociedades dentro del entorno del estado-nación, los emergentes modelos de interacción social, de organización política y de flujos de información, están siendo suplantados por modelos de integración horizontal transnacional, siendo referencia el caso de la Comunidad Europea, o las más recientes alternativas de redes sociales, como Facebook o Twitter.

Glocalización es un reto de nuestra era.

Ing° Francisco Blanco S.

francisco.blanco@fundametal.edu.ve

Decisiones, poder y conflicto... el nuevo discurso comunicacional en las organizaciones



El Centro de Investigación y Estudios Gerenciales invita al Seminario "Decisiones, Poder y Conflicto... el nuevo discurso comunicacional en las organizaciones", el cual se realizará en la sede del Ateneo de Cabudare el sábado 31 de Julio, con el propósito de discutir la vinculación entre el proceso comunicacional y las tres variables que definen los rasgos de las organizaciones bajo un enfoque de gerencia avanzada.

PROGRAMA:

8:30 – 9:00 Registro de asistentes

9:00 – 9:45 Ponencia: “La decisión como máxima expresión de la inteligencia humana” (aspectos racionales y emocionales que intervienen en la gestión de la información)

9:45 – 10:30 Ponencia: “El ejercicio del poder como fenómeno gerencial” (impacto en la dinámica del conflicto y la comunicación)

10:30 – 10:45 Refrigerio

10:45 – 11:45 Discusión: Intervenciones del público y generación de conclusiones (vinculación de los temas expuestos)

11:45 - 12:00 Entrega de Certificados


El aporte requerido para participar en este seminario es de Bs. 150,00 (puede realizarse en efectivo el día del evento)

Para mayor información se sugiere contactar a la coordinación del seminario mediante mensaje de correo electrónico a la dirección grupo.cieg@gmail.com o llamando al teléfono 0416-4579293 (Marlenis Castellanos)


Gerencia tradicional... cien años son suficientes

Desde los dorados tiempos de Taylor y Weber, las distintas formas de gerenciar no han experimentado cambios significativos. Los viejos mitos de la gerencia tradicional siguen imponiéndose, aunque todos ellos -en especial la burocratización- han perdido funcionalidad por su incapacidad para responder a las características de la nueva sociedad y a los signos de un mercado que, a pesar de sus imperfecciones y sobresaltos, continúa siendo el receptor y legitimador de los esfuerzos administrativos.

La administración parece haberse estancado en el control y la eficiencia; conceptos de extraordinaria importancia para sostener el tránsito de la sociedad agraria a la industrial y apuntalar la noción de progreso que se mantenía vigente para la época, pero los múltiples retos globales, las nuevas herramientas disponibles y las cada vez mayores expectativas de los trabajadores, claman por nuevas formas organizativas y principios de gestión que se distancien de los vetustos modelos gerenciales que aún persisten.

En un mundo inestable -como el actual- no basta con hacer las cosas bien, puesto que la creación de valor ya no viene dada por la precisión del trabajo o por la calidad con la que se haga, sino por la capacidad de aportar las respuestas que la sociedad demanda. En este escenario, las todopoderosas palabras claves que durante cien años marcaron el deber ser administrativo (eficiencia, jerarquía, control y disciplina) urgen ser reemplazadas por expresiones tales como adaptabilidad, innovación y compromiso.

Las organizaciones deben reinventarse, deben redefinirse; en primer lugar porque es la única manera de obtener su legitimación social; en segundo lugar, porque las generaciones nacidas y criadas bajo la influencia de Internet y las nuevas tecnologías, no serán proclives a trabajar para organizaciones en las que tan sólo se valore la cuota de sacrificio que estén dispuestos a pagar para incluirlos en una nómina, mientras dejan de lado su capacidad reflexiva para tomar decisiones, aportar ideas novedosas y comprometerse en un marco de libertad y autodisciplina con la búsqueda de respuestas a los múltiples desafíos.

En la práctica hay dos circunstancias que frenan tal posibilidad de reinvención: la primera, la percepción existente en las instancias de poder, de que un cambio de tal magnitud no es necesario; defienden el modelo tradicional cuando piensan que mejorar ciertas cuestiones puntuales, o hacer algunos ajustes organizativos, son suficientes para mantener la vigencia de la empresa en el mercado. A su vez, el segundo freno está representado por la creencia de que el momento de transición no es el adecuado; consideran que existen otras prioridades, otros intereses en el corto plazo que demandan toda la energía disponible para enfrentar los problemas que padecen, ignorando que la mayoría de dichos problemas se producen por su obsesión en mantener vigentes las ya obsoletas herramientas administrativas que han aprendido y utilizado.

Debe reconocerse que la capacidad gerencial para adaptarse al complejo y turbulento escenario actual, es menor que la velocidad en la que se suscitan los nuevos desafíos locales y globales; por eso, a sus cien años de edad, la gerencia tradicional se encuentra atrapada en su propio laberinto, faltándole audacia para encontrar la salida.

La gerencia debe adaptarse a las exigencias de esta primera parte del siglo XXI y sus gerentes, tal como lo sugiere Gary Hamel, deben tener la suficiente gallardía para migrar de un estilo gerencial autoritario, estricto y poco receptivo, hacia un modelo que fomente la participación y la innovación en cada uno de los procesos que se dan en la organización.

Construir ciudadanía: una cuestión de confianza


Nuestra época es una época light en la que poco o ningún espacio se guarda para la reflexión. Hemos dejado de buscar la “vida buena” en los términos planteados por Paul Ricoeur, para contentarnos con pequeñas ganancias marginales, exiguos retazos de justicia, minúsculas verdades y ocasionales trozos de felicidad que sin trascendencia alguna constituyen la aspirina moral de la que disponemos para sentirnos bien.

La vorágine contemporánea está suplantando la abstracción por la practicidad de lo inmediato, pues lo que interesa es el beneficio que se pueda percibir del aquí y el ahora; de ese modo observamos la tendencia a la devaluación de la moral, la política, el derecho y la religión. Sin embargo y a pesar de percibirse cierta sensación de que vivimos en una sociedad en la que nada importa y todo vale, hay signos evidentes de una denotada resistencia a renunciar al valor de la autonomía, al tiempo que se profundiza en la necesidad de entendimiento.

La sociedad es modesta en sus exigencias de autonomía y entendimiento, pero tal como lo aclara Adela Cortina, la humanidad en su conjunto se encuentra interpelada por múltiples desafíos para los que no cabe más recurso que una común respuesta, responsable y solidaria; mientras tanto, las preguntas por la rectitud de la justicia, la legitimidad del poder y la honestidad de las intenciones aun no encuentran respuestas.

Esa ausencia de respuestas necesarias para recobrar el sentido de vida al tiempo que se huye de la reflexión para encontrarlas, representa la singularidad de la sociedad contemporánea; una sociedad carente de confianza aunque también necesitada de concordia, en la que sus instituciones y ciudadanos requieren acortar la distancia entre el discurso y la acción.

Jamás podrá existir ciudadanía sin confianza, por lo que su construcción nos remite a una arquitectura cultural sustentada en la naturaleza plural de todo grupo social, que desdibuja el concepto del ciudadano como un sujeto estático y homogéneo, sumiso a una tradición y disciplinado ante el poder coercitivo del aparato público. Más que fundamentada en argumentos ajenos o en declaraciones normativas, la ciudadanía debe asentarse en una razón humana y cordial, apuntalada sobre una nueva forma de reflexionar acerca de nuestros propios problemas y siempre en el marco de una sociedad plural.

El ciudadano se siente como tal cuando hace uso de los derechos propios de su condición, siendo quizás su primer derecho el de vincularse con el resto de personas que conforman su escenario social, recurriendo para ello a los códigos morales, el lenguaje y cualquier otra forma de comunicación de la que disponga; por lo tanto, más que derechos reconocidos por el Estado, la ciudadanía implica autonomía y entendimiento, siendo éstas dos variables las que le otorgan el sentido de pertenencia social.

La ciudadanía honesta y responsable se construye sobre la base de la confianza recíproca, tornándose imprescindible comprender los vínculos capaces de convertir al conjunto social en una comunidad basada en el respeto, la solidaridad, la justicia y la inclusión.

Somos los propios ciudadanos los que debemos encontrar las respuestas necesarias para la construcción de ciudadanía, la cual no implica el rescate a ultranza de valores horadados por el paso del tiempo, sino más bien la consolidación de la confianza entre individuos diferentes; para ello, la mejor forma de hacerlo es apelando a la dignidad de las personas mediante el diálogo en su carácter de mecanismo idóneo para la vinculación de saberes y la conexión de emociones, a su vez cimientos de la convivencia pacífica y del progreso moral de los pueblos.

El equilibrio de la cotidianidad: dominación Vs emancipación


La dinámica compleja de la cotidianidad hace que emerjan nuevas sensibilidades, conflictos y desafíos que seducen a los individuos “dominados” a acariciar la idea de emancipación contra lo conocido y lo instituido.
Las contradicciones culturales, divergentes estilos de pensamiento y un cúmulo de tensiones gestadas en la comunidad moral, disuelven los esfuerzos para encontrar argumentos absolutos capaces de sostener la vigencia de lo cotidiano. Por ello, lejos de mostrarse desvinculado de su propia naturaleza crítica, aunque al mismo tiempo relacional, el ser humano necesita encontrar un punto de equilibrio entre lo convencional y lo transformativo, en donde sus acciones y reflexiones apuntalen la idea de progreso y bienestar.
Por su parte, las racionalidades con pretensiones hegemónicas, bien sean heredadas o gestadas durante la historia reciente de la sociedad, han comenzando a desfigurar sus tradicionales espacios reflexivos imprimiéndole un nuevo dinamismo a la dimensión humana individual. Sin embargo, este cambio en las convicciones y propósitos que han dibujado la identidad de las instituciones dominantes, solamente puede adquirir sentido práctico en la medida en que se logre conjugar la responsabilidad y la sabiduría por parte de aquellos actores cuyas pretensiones de emancipación estén sustentadas en intenciones legítimas, y siempre en armonía con un proyecto global y dinámico, regulado por intereses comunes.
De este modo, las convicciones emancipadoras sólo podrán ser convertidas en realidad cuando los actores “dominados” logren alinear sus elementos identitarios de resistencia con la jerarquía de prioridades en la que las instituciones “dominantes” sustentan sus principios rectores. Así y aún gestada en la conciencia reflexiva individual, la noción de emancipación no es ajena a la identidad legitimadora del contexto, pues es allí donde reside la posibilidad como tal. Pero al mismo tiempo, la idea de dominación cada vez se aleja más de los vetustos conceptos de fidelidad y traición que estaban vigentes en la corte toledana tras su conversión al catolicismo en el siglo XVI. En la actualidad, la dominación no puede concebirse sino desde el plano de la representatividad y por ello, cualquier estructura de poder sólo adquiere vigencia en función de su capacidad para abrir caminos, cohesionar voluntades y conectar horizontes en un contexto relacional sustentado por el respeto a las diferencias.
Así, al ser muy estrecha la vinculación entre el deseo de trasgresión y la necesidad de coexistencia pacífica, y no existiendo modo alguno de desvincular la intención emancipadora de la noción de proyecto común, en el juego de la emancipación no hay vencedores ni vencidos, por lo que a los distintos actores de la comunidad moral, dotados de legitimidad y al mismo tiempo de libertad, tampoco se les podrá atribuir un determinado nivel de propensión para materializar sus convicciones en la construcción de la cotidianidad.
Este equilibrio representativo de un nuevo modo de pensamiento cada vez más alejado de la tradicional lógica de la dominación, se asienta sobre una ética de la tolerancia, del respeto y de la solidaridad, cuyas reglas solo podrán emerger y transformarse en función de las emociones colectivas y en perfecta sincronía con el momento socio-histórico en el que transcurran.

Gerencia avanzada: el arte de abandonar la soledad y el silencio

Todos los caminos conducen a algún sitio que marca su final, pero rara vez ese final coincide con el último aliento del caminante. El largo peregrinaje por los innumerables caminos de la vida se reduce precisamente a eso: a caminar sin perder el aliento bajo la increpadora mirada de la historia y la tradición, pero ¿caminar hacia dónde?

El que camina hacia ninguna parte se sumerge en una profunda contradicción, en el vacío de una soledad tan sólo matizada por sus propios pensamientos y pesares; para esta clase de caminante solitario e ignorante, mente y camino son sus aliados para la nada y también sus verdugos. Por su parte, el que camina sabiendo a dónde quiere llegar, tropieza con múltiples obstáculos que le tientan a abandonar su lucha y a tomar otros senderos que quizás sean ajenos a su voluntad; para este tipo de caminante solitario pero consciente, la cobardía es su mejor equipaje, tanto anhela llegar a su destino que pierde la perspectiva de su andar al desconocer la verdadera razón que le impulsa para acometer su aventura vital.

La gerencia está llena de caminantes solitarios, algunos de ellos ignorantes de profesión como consecuencia del ayuno cognitivo y moral al que se han sometido, mientras que otros, quizás la mayoría, son portentosos ilustrados que conscientes de la superioridad racional que despliegan, no tienen remilgo en utilizarla como arma de dominio y control, escondiendo verdades y sembrando dudas sobre el talante moral de sus intenciones.

He aquí la gran tragedia de la gerencia contemporánea. Extravagantemente ruidosa en la esfera cognitiva, pero aterradoramente silenciosa en el ámbito moral. Ese silencio, gratuito e ilimitado, se convierte en la mejor respuesta a lo que no se desea responder, al tiempo que constituye la mayor demostración de desprecio por lo que gira a su alrededor. Con el silencio se construyen los límites entre lo público y lo privado, pero su inmenso poder destructivo corroe los cimientos de la confianza y el respeto, carcomiendo las propias bases de cualquier estructura social, incluyendo por supuesto, la organización empresarial.

La gente siempre prefiere caminar al lado de quienes se interesen por sus circunstancias, ya sea en el plano personal o laboral, por eso detesta a los que escondiéndose en el linaje del cargo o de su historia, intentan desacreditar su presencia, sus emociones, sus anhelos y esperanzas. La gente quiere decir lo que piensa, necesita ser escuchada para aliviar la carga del camino, implora la aceptación de sus diferencias y la tolerancia a sus debilidades. La gente solicita que se le pregunte y que se le hable, necesita sentirse parte de lo humano y no simple instrumento de producción; sabiendo eso, la primera tarea del gerente es hacer hablar a los demás.

No existen argumentos mediante los que se intente preservar cualquier estilo gerencial amparado en el vacío humano. Al ser la organización la máxima expresión de la coherencia dentro de la diversidad y el pluralismo moral que reina en ellas, también es la antítesis de la soledad y en consecuencia, es incompatible con el silencio. ¿Pueden los gerentes atribuirse el derecho de actuar en contra de la propia condición de lo que gerencian? Obviamente no, por eso es tiempo de avanzar, es momento de romper las cadenas de la soledad y el silencio que hacen de la gerencia contemporánea algo que ya ha dejado de ser defendible.

El indiscreto encanto del canalla

La estupidez humana es eterna, decía Einstein; es el fracaso de la voluntad y de la inteligencia para escapar a su propia dinámica de extinción, pero cuando la estupidez se combina con la ignorancia aparece la figura del canalla, ese hombre ruin y despreciable que dibuja el mundo con grotescos rasgos de obediencia y aceptación, e irrumpe sin permiso e invitación en nuestras vidas, acallando verdades y empujándonos para actuar conforme a quijotescas razones devaluadas por el peso de la historia.

Fracasado, como toda su estirpe, el canalla se refugia en la fantasía popular y se lanza a lo prohibido sin luchar contra nada; de ahí su embrujo, pues de ese modo nunca se arriesga a perder una batalla; siempre sale victorioso en su afronta contra lo irreal y lo imaginado sin percatarse de que tal fantasía nace de la tragedia de una vida sin horizontes ni significado, germina en la conciencia de la eterna derrota y en un concepto de felicidad reducido a la simple carencia de angustias y temores; por eso, la estupidez humana que le mantiene vigente se despliega por todos los ángulos de la existencia sin llegar a ser ridiculizada.

El canalla piensa que el destino de la humanidad le pertenece, y estando en paz consigo mismo vuelve una y otra vez sobre sus pasos, reeditando sus locuras y convencido de que su esfuerzo vale la pena. De ese modo se nos presenta como instrumento de los Dioses para salvar la promesa del futuro, pero la irracional lucidez de la conciencia que define al canalla, lo convierte también en un hombre absurdo e inhabilitado para valorar su propia existencia, obligándole a replegarse en necios y destartalados argumentos para luego deleitarse en la placidez de su desdicha.

El canalla se aparece en cualquier esquina cabalgando sobre la miseria, a la que alimenta con ilusorios gozos y convierte en esclava de sus propias utopías, pero en el fondo solamente se percibe el vacío de una soledad rota por el barullo de los perros que ladran a su paso y le acompañan en una suerte infinita de despropósitos. Cabalga dejando a su paso las cicatrices del odio, la injusticia y la exclusión, pero no por ello es villano; no hay atisbo de malevolencia o perversidad en sus actos, puesto que dicha y tragedia se amalgaman por la incapacidad deliberativa para distinguir entre la maldad ajena y la majadería propia.

La palabra incisiva es su roca; y sus edulcoradas ideas, traidoras arenas movedizas hábilmente dispuestas para atraer por igual, tanto la inocencia de quienes nada tienen, como la desmedida ambición del poderoso. Por eso, al concebir el mundo en blanco y negro sin la riqueza que otorga la escala de grises, el canalla niega una realidad y termina siendo víctima de sus irracionales pasiones.

Su genialidad radica en la capacidad para suscitar visiones opuestas; es la personalización del sacrificio al que le quieren conducir los enemigos que sólo habitan en su imaginación, pero a la vez es el consignatario de las más disímiles manifestaciones de arrogancia e imbecilidad.

Así, el canalla tiene su encanto; es una especie de Quijote idealista enredado en sus propios pensamientos e imaginaciones, que no se conforma con un Sancho de “muy poca sal en la mollera” para que le acompañe en sus aventuras, sino que los quiere a todos; Sanchos de cortejo, glotones y cobardes, esperanzados por la recompensa ofrecida a cambio de lealtad con sus astutas maniobras; Sanchos socarrones, deseosos de pisar las arenas del peligro aun a sabiendas de que se inmolarán con él.

Ay canalla, qué fuera de ti sin los Sanchos que te cortejan, pero mientras existan, volverse loco quizás sea la mejor forma de responder a tus embestidas.

Centro de Investigación y Estudios Gerenciales: un espacio para la ciencia


La problemática gerencial que no solo se evidencia en el contexto venezolano y latinoamericano, sino también en el ámbito mundial, representa el foco de atención del Centro de Investigación y Estudios Gerenciales (CIEG), Asociación Civil sin fines de lucro que nace en la ciudad de Barquisimeto (Venezuela) con el objeto de aproximarse a la comprensión de una problemática compleja, para luego formular las construcciones teóricas y aplicativas que respondan a los tres grandes retos de las organizaciones de este siglo: la efectividad de sus modelos de gestión, la trascendencia de sus miembros y la legitimación social de su actividad.

Estos tres vértices de la dinámica gerencial contemporánea se fusionan para advertirnos acerca de la coherencia necesaria entre racionalidad y emocionalidad, entre objetivismo y subjetivismo, y entre conocimiento y moralidad; vértices que evocan la complejidad en la que nos hemos sumido y que justifican los esfuerzos científicos de alto nivel tendentes a la conformación de un sólido aparato conceptual, sustentado en la libertad de saber y en la libertad de elegir, que si bien abre las puertas al desarrollo, también invita al cuestionamiento sobre las verdades y tradiciones que han moldeado el devenir histórico de las organizaciones y sus integrantes.

En respuesta a estos señalamientos, fiel a las razones que motivaron su fundación y con el propósito de abordar de forma cooperativa e interdisciplinaria la problemática gerencial que afecta a las organizaciones, el Centro de Investigación y Estudios Gerenciales ha creado la línea de investigación titulada: "Problemática y gestión de la transición al pensamiento gerencial postconvencional", la cual integra tres proyectos que articulan los esfuerzos investigativos que adelantan sus miembros.

Proyecto 1: Gerencia postconvencional y pluralismo en las organizaciones
Este primer proyecto gira en torno al status ontológico de las organizaciones, el cual es un tema que a pesar de haber sido ampliamente debatido en círculos académicos, aun no se ha podido encontrar una alineación práctica entre los requerimientos colectivos y los intereses individuales de las personas que hacen vida en dichos espacios contextuales, ya que históricamente y bajo formas de dominación que enfatizaban la racionalidad instrumental, los distintos modelos organizacionales han supeditado el desarrollo individual al bienestar colectivo.

Los razonamientos que dificultan tal alineación parecen sustentarse en la preeminencia de un estilo de pensamiento subordinado a ciertos fines, pero con el que también se abandonó la búsqueda de los fines del hombre, conduciéndole al gradual desmoronamiento de sus valores fundamentales. Por ello, este proyecto investigativo encuentra plena justificación al pretender trascender la pura reflexión teórica para imbuirse en la acción, más aun cuando su eje central está representado por el pluralismo moral, el cual reconoce la existencia de diferencias y discrepancias de las que derivan múltiples opciones existenciales e ideológicas, pero que al mismo tiempo constituye genuina representación de la diversidad humana y, como tal, la esencia de su identidad y dignidad, justificándose así la necesidad de alcanzar cierta unidad de razonamiento ético como medio de aproximación a un futuro que aun sin ser representativo de valores culturales totalmente compartidos, marca la forma de transcurrir por un mundo de vida colmado de discrepancias, pero en el que también confluyen principios mínimos de convivencia amparados en el respeto y el sentido de justicia.

Las áreas temáticas incluidas en este proyecto son:
  • Ética en las organizaciones
  • Gerencia y postmodernidad
  • El rol de la tradición en el desempeño organizacional
  • Responsabilidad decisoria y sabiduría práctica
  • Arquitectura moral de las organizaciones
  • Identidad, cotidianidad y formas culturales en la organización
  • Vinculación entre racionalidad y emocionalidad en la gerencia
  • Inteligencia espiritual y desarrollo moral
  • Organizaciones discursivas
  • Gestión de la diversidad cultural en la organización

Proyecto 2: Autoridad, poder y conflicto en la sociedad de la información
La pertinencia de este segundo proyecto de investigación del CIEG se sitúa en la propia característica de las organizaciones enmarcadas en un mundo de permanentes cambios y cuyos procesos dependen del conocimiento, el cual lo posee un sujeto cada vez más pensante, crítico y reflexivo, que requiere poder y participación en los procesos de decisión.

En la actualidad, las relaciones en el ejercicio del poder no pueden ser aquellas basadas en el orden, la predectibilidad y la aceptación pasiva del colaborador; tampoco en el sistema de recompensas y sanciones, sino más bien en los retos, las tareas creativas, el empoderamiento, la negociación y la responsabilidad.

El ambiente contemporáneo demanda una gerencia capaz de comprender las nuevas realidades y de asumir los retos que comporta el ejercicio del poder compartido, transformando la gerencia tradicional (propia de la sociedad moderna) en una gestión colaborativa, participativa y fiel a los objetivos de índole económica, pero a su vez orientada a la obtención de beneficios sociales.

Vista la insuficiencia de las teorías clásicas para dotar a la gerencia de una mejor calidad de relación con los trabajadores, se advierte que el ejercicio del poder, junto con las manifestaciones del conflicto que brotan de la interacción humana, requieren su estudio desde una nueva perspectiva capaz de contribuir a la conformación de un aparato gerencial dotado de una amplia visión, que favorezca las relaciones basadas en los acuerdos y la confianza más que en el uso de la fuerza y el control.

Este proyecto incorpora las siguientes áreas:
  • Intereses y conflictos en las relaciones de poder
  • Gobernabilidad de la organización
  • Poder y liderazgo en los procesos de innovación y cambio organizacional
  • Sociología del poder en las organizaciones
  • Poder y gestión de la información y el conocimiento

Proyecto 3: Gerencia social y construcción de ciudadanía
La gerencia social es un enfoque basado en criterios de equidad, eficacia, eficiencia y sostenibilidad, que orienta la toma de decisiones, la ejecución de las acciones, el seguimiento y la evaluación de los resultados conducentes a la construcción de valor público, trascendiendo la rentabilidad económica para procurar la rentabilidad social.

Este enfoque se instala en el plano de la acción, pero también en el plano del conocimiento, lo que implica la fusión de múltiples saberes que se vinculan desde una perspectiva interdisciplinaria para generar propuestas de intervención ante los graves problemas que afectan a la sociedad, así como para mejorar el funcionamiento y el rendimiento de la inversión en capital humano y capital social.

Las prácticas gerenciales orientadas a generar rentabilidad desde una perspectiva social, se constituyen en objeto de análisis, reflexión e intervención desde un enfoque caracterizado por su naturaleza híbrida, más aun cuando no están limitadas por sus matrices epistémicas originarias. En tal sentido, a través de los estudios de políticas públicas, gerencia pública y desarrollo social, se genera una dimensión propia que trasciende los particulares contextos específicos de actuación y supera la ortodoxia de sus particulares lineamientos.

Por otra parte y habida cuenta de la nueva responsabilidad que la empresa privada debe asumir con el desarrollo social, el objeto de estudio de la gerencia social y su vinculación con el concepto de ciudadanía es aun mucho más amplio, pues redefine el ensamblaje de los objetivos ligados al bienestar social, pero sin necesidad de apartarse de la reflexión y el sentido de la acción económica.

Teniendo en cuenta la prioridad de esta demanda y la importancia trascendente de desarrollar las tecnologías gerenciales acordes con las necesidades más urgentes e impostergables, el CIEG incorpora este proyecto de investigación mediante el cual espera contribuir con el desarrollo de saberes, al tiempo que se proveen las herramientas aplicativas de alto impacto en la construcción de la ciudadanía y en consonancia con los más legítimos intereses sociales. Las áreas temáticas que se incluyen en este proyecto son:
  • Responsabilidad Social Empresarial
  • Desarrollo económico y sostenibilidad social
  • Enfoques y estrategias para la participación comunitaria
  • Equidad en la distribución de ingreso y del conocimiento
  • Intervención social del Estado
  • Políticas públicas, gerencia y desarrollo social
  • Gobierno corporativo y capital social
  • Gerencia social en empresas de capital privado y ONG´s
  • Convivencia, cultura de paz y erradicación de la violencia
  • Derechos humanos y justicia global
Para conocer más sobre el Centro de Investigación y Estudios Gerenciales, le invitamos a visitar su página web.

Transparencia en la evaluación del conocimiento

No es de extrañar que cuando se habla de la evaluación del conocimiento, se tienda a comparar el "deber ser" (lo esperado) con lo realmente obtenido. Aquí no hay discusión; el problema se nos presenta cuando se intentan determinar las razones que generan las brechas entre el producto deseado y el verdaderamente alcanzado, e incluso cuando ni siquiera se puede determinar con certeza, cuál es ese producto alcanzado en términos de sus propósitos y características.

Si esto ya de por sí es difícil en la educación tradicional, convencional o presencial (como quiera llamarse), mucho más complicado es en la educación a distancia, puesto que ni siquiera se pueden percibir las actitudes, las preocupaciones, los temores y las angustias de quienes depositan su fe en el docente, limitando –por supuesto– la adopción de correctivos tempranos ante las particularidades de cada quien.

En este sentido sería temerario afirmar que el proceso de evaluación pueda catalogarse como totalmente transparente, y en todo caso, ¿bajo cuales criterios de transparencia? ¿Quién sería el llamado a establecer o juzgar tales criterios?

Si de transparencia estamos hablando, no puede negarse la enorme carga de subjetividad que se impone a la hora de establecer los criterios de evaluación y los criterios acerca del “deber ser”,porque aun cuando el modelo de evaluación sea eminentemente cuantitativo, ¿acaso no es la subjetividad del docente la que determina lo bueno y lo malo?; ¿lo cierto y lo falso?... De no hacerlo así, el docente sería un mero transmisor de “sus” conocimientos, pero no un formador de conciencias, capaz de abrir paso a la duda, al disenso y a la capacidad crítica.

El ser humano es subjetivo por naturaleza, pero esa subjetividad no tiene por qué estar reñida con la transparencia de sus actos, ni con la de sus intenciones. Quizás comporte lo contrario, pues el docente que no hace gala de su subjetividad no puede comportarse éticamente. El docente que se exhibe como “objetivo” e “imparcial” actúa como máquina (sin emociones) y esa imagen de rudeza, de rectitud objetiva a la luz de “supuestas verdades indiscutibles” que figuran en algunos textos aprendidos de memoria, es la imagen que transmitirá a sus alumnos… ¡pobre ejemplo de lo que debe ser la educación del futuro.

Por eso, ¿a qué nos referimos cuando hablamos de transparencia y confiabilidad durante el proceso de evaluación? Si se refiere a la posibilidad de demostrar las razones objetivas que dieron lugar a determinados resultados, tengo mis dudas. Ahora bien, si se refiere a la capacidad de convencer mediante el diálogo legítimo y de demostrar la claridad con la que se establecen las intenciones, los criterios y las “reglas del juego”, entonces no queda lugar para la vacilación sobre la necesaria transparencia de cualquier proceso evaluativo, porque si no fuese así, no solamente sería inútil sino que también constituiría una perversión.

Más que de transparencia en cualquier proceso de evaluación del conocimiento adquirido, debemos hablar entonces de la necesidad de actuar éticamente, la cual nace en la propia autoestima del docente y se evidencia mediante los criterios de equidad y justicia llevados a la práctica en sus acciones cotidianas.

Empresa, ética y responsabilidad social

La responsabilidad de la empresa con la sociedad emerge de su propia naturaleza moral que le obliga a la congruencia entre los fines y los medios, armonizando sus requerimientos funcionales internos con las exigencias éticas que le demanda una sociedad cada vez más compleja y plural, pero al mismo tiempo menos dispuesta a tolerar ciertas prácticas gerenciales y empresariales que aún persisten.

La ética ha dejado de ser algo simplemente deseable para convertirse en una exigencia sobre la que se sustenta la viabilidad de cualquier sistema de negocios, siendo por ello que la racionalidad económica y la moralidad ya dejan de ser interpretados como conceptos incompatibles. De allí que la relación entre empresa y sociedad obtenga un mayor significado ante el reconocimiento mutuo de obligaciones y responsabilidades que van más allá de las que se derivan del estricto cumplimiento de la normativa legal o de la simple producción de bienes y servicios, aún cuando éstos se encuentren plenamente justificados.

La sociedad no alberga dudas sobre la necesidad de incrementar el capital ético de la empresa como variable interviniente en el sistema de negocios, y no como simple instrumento de gestión para la obtención de mayores beneficios. Por ello, el actuar ético de la empresa se aleja de lo que hoy se visualiza como lo bueno, lo conveniente y lo necesario para la obtención de un determinado fin, y todo parece converger en la necesidad de redefinir el concepto de responsabilidad empresarial, ampliando su alcance a la obligación moral (no normativa) de responder ante nuevos entes que hasta ahora no habían representado interés alguno para ella, o que no eran considerados como compromisos derivados de la propia actividad de negocios.

La nobleza del fin condiciona la nobleza de la acción, y si el saber ético es aquel que permite obrar racionalmente para alcanzar un propósito consustanciado con la propia naturaleza humana, fácilmente se advertirá el poder de la rectitud moral en la cotidianidad del mundo organizacional, la cual no tendría otra finalidad que la de permitir la aproximación a los fines del hombre, es decir, a alcanzar la plenitud de su vida.

Hoy, la empresa no sólo debe ser socialmente responsable, sino también moralmente competente puesto que está llamada a constituirse en un ente remoralizador de la sociedad.