
Ética, ciudadanía responsable y complejidad social

Razonamiento ético y pluralismo moral: una aproximación a la postmodernidad organizacional (tesis doctoral)

Autenticidad: base de la ética en contextos de posmodernidad

La postmodernidad, entendida desde su dimensión ontológica antes que epocal, demanda una nueva justificación moral de la organización, que al estar construida sobre una base cognitiva y relacional, deberá ser capaz de trascender los particulares ámbitos de acción de sus miembros, al tiempo que sobrevive al carácter transicional de los individuos que la conforman.
Más allá de las teorías que sostienen que la legitimidad de la organización está dada por su capacidad de contribuir a la satisfacción de las necesidades sociales a través de sus productos y servicios, se asume que la justificación moral de la organización debiera estar centrada en la noción del discurso que, al emerger de las relaciones sociales, es portador de una capacidad para aglutinar la distintas posiciones y perspectivas desde las cuales se configuran los relacionamientos y se construye una realidad social. Estos relacionamientos deben ser entendidos como procesos continuos que se construyen y reconstruyen permanentemente, por lo que jamás puede pretenderse el diseño de una solución final o definitiva al problema epistemológico y moral que actualmente padecen las organizaciones.
De este modo se entiende que si bien el discurso moral de la organización postmoderna intenta romper con una tradición amparada en determinismos normativos e intereses teleológicos derivados de la racionalidad estratégica que exhiben las instituciones dominantes, su construcción sólo será posible en la medida en que se vayan superando las barreras culturales que dotan de inercia a la acción directiva, sin que esto llegue a significar el desmoronamiento de valores universales o el total abandono de los símbolos y significados que han sido forjados durante el devenir histórico de los actores sociales que la integran.
Más que como tolerancia o permisividad moral, la postmodernidad organizacional debe comprenderse como el marco de un pensamiento público que otorga la cualidad de natural al entrecruzamiento de diferencias inspiradas en múltiples orígenes y convicciones, que no por diferentes representan límites a la capacidad de entendimiento, sino que precisamente por estar enraizadas con las distintas tradiciones y los múltiples significados que los actores sociales le otorgan a sus mundos de vida, amplían la posibilidad de alcanzar un acuerdo genuino sobre las normas de actuación, principios y valores mínimos de convivencia; todos ellos elementos necesarios para alcanzar objetivos particulares y colectivos en un clima de convivencia y paz. En consecuencia, no existirá pensamiento postmoderno donde no se permita a los individuos obrar con arreglo a fines colectivos, pero también con arreglo a fines privados.
Lo anterior significa que en un ambiente de postmodernidad, el concepto ético debiera trascender las nociones sobre lo debido, lo necesario, lo justo y lo correcto, para fundirse con el deseo de conservación del individuo, que en su carácter de legítimo interés, a la sombra de la tradición y bajo el imperativo de la seguridad, constituye el cimiento sobre el que se construye la acción individual en el ámbito colectivo.
Puesto que el razonamiento ético solamente puede ser edificado sobre la base de los significados que los propios actores le asignan a dicho concepto, se impone la idea de sustituir el actual orden organizacional amparado en la lógica de la instrumentalidad por un estado dialógico de la autenticidad, y esto implicaría modificar los horizontes morales de los actores sociales, ya que al igual que ocurre con el concepto ético, la noción de lo auténtico sólo puede manifestarse en primera persona.
De aquí que en un ambiente de postmodernidad, el sujeto social solo podrá ser razonablemente ético mientras se le permita actuar de forma auténtica, lo cual lleva asociadas las ideas de identidad y libertad (vistas desde una perspectiva individual), pero también de entendimiento (desde una perspectiva colectiva), siendo precisamente esta última, la que a través del uso del poder como capacidad de relacionamientos, permitirá la inclusión de las diferencias, la consolidación del capital relacional y la legitimación del pluralismo moral en un mismo espacio socio-contextual.
Dicho de otro modo, los signos de los nuevos tiempos imponen la adopción de una perspectiva ética de la autenticidad, representada por un nuevo marco cotidiano de la acción basado en la auto-conciencia de la libertad plena y desvinculado de los reduccionismos clásicos de la ética del deber, de la virtud, de la utilidad, de las convicciones y de las responsabilidades.
Pluralidad moral: germen de la gerencia postmoderna

En esencia, las organizaciones son moralmente plurales. Como componente de la conciencia humana, la moral se nutre de lo histórico y de lo sociológico para expresarse mediante conductas y pensamientos que honran la libertad de saber y la libertad de elegir. Son esas libertades las que engendran la diversidad, precioso tesoro de la humanidad que abre las puertas al desarrollo, pero también al cuestionamiento y a la incertidumbre, debilitando verdades y tradiciones históricas que tientan al individuo a refugiarse entre las radicales murallas de la negación y del egoísmo, como recursos a los que resulta apetecible recurrir ante los graves problemas morales que acechan su destino.
Pero la ausencia de homogeneidad moral en cualquier espacio socio-contextual no significa el distanciamiento absoluto de los valores culturales que deban compartirse para construir una vida en común. El pluralismo moral no es sinónimo de heterogeneidad moral absoluta, ni razón suficiente para esgrimir las banderas del relativismo ni del subjetivismo, puesto que aun en un mundo signado por los cuestionamientos y las incertidumbres, deben persistir valores universales que no pueden ser relativizados, así como cuestiones morales que no pueden ser concebidas ni legitimadas desde las particulares preferencias de cada individuo.
El pluralismo moral significa la existencia de diferencias y discrepancias de las que derivan múltiples opciones existenciales e ideológicas y que obligan a recordar la famosa sentencia de Jean-Paul Sartre al sostener que “el hombre está condenado a ser libre” no sólo para decidir qué hacer, sino además para elegir qué creer; elecciones y creencias que se tornan cada vez más confusas y apremiantes ante las dos tendencias extremas entre las que oscilan las sociedades contemporáneas: el nihilismo y el fanatismo; vivas respuestas a la incertidumbre y al desasosiego que resultan de la pérdida de fe en el proyecto de la modernidad.
Al mismo tiempo, el pluralismo moral constituye la más genuina representación de la diversidad humana y como tal, la esencia de su identidad y su dignidad. Así se entiende que del mismo modo como es imposible hablar de certidumbres científicas, también resulta insostenible cualquier referencia a las certidumbres morales, y es precisamente en este punto donde emerge la necesidad de alcanzar cierta unidad de razonamiento ético como medio de aproximación a un futuro que, aun sin ser representativo de valores culturales totalmente compartidos, marca la forma de transcurrir por un mundo de vida colmado de discrepancias, pero en el que también confluyen principios mínimos de convivencia amparados en el respeto y en el sentido de justicia.
Este matiz intersubjetivo que sustenta la interacción humana y desde la que brota la expresividad ética a través de la coherencia entre pensamiento y acción, tiene su punto de partida en el diálogo y en el entendimiento tras el genuino reconocimiento de intereses legítimos que se entrecruzan en el tiempo y en el espacio, albergando las más diversas manifestaciones de la identidad humana, y cuya acelerada expansión, inconcebible sin el desarrollo tecno-científico del siglo XX, obliga a acortar las distancias que surgen de la racionalidad egoísta, de la imprudencia en el ejercicio del poder y de la irresponsabilidad en el manejo de las relaciones del hombre consigo mismo.
Por ello y tras la disolución de una sociedad sustentada en fundamentos morales y normativos que ya han perdido su vigencia y legitimidad, es obligante hacer referencia a la postmodernidad como el andamiaje cultural y el sustento ontológico de una nueva forma de pensar y accionar, configurada a partir de dos ejes centrales, el primero de ellos: la racionalidad, esfera cognitiva y emocional auto dirigida de la que emanan los intereses y las intenciones del hombre atendiendo a sus fines, medios, alternativas, consecuencias, riesgos y oportunidades; y el segundo: el respeto, componente regulador de la acción humana y dinamizador de los conceptos de reconocimiento, solidaridad, justicia, inclusión, diálogo y argumentación.
Es esta la base de una nueva forma de gerenciar que supera los reduccionismos de la teoría administrativa clásica y desdibuja la linealidad histórica entre causas y consecuencias, marcando la forma de transcurrir por un mundo de vida colmado de incertidumbres, paradojas y ambigüedades.
Reto glocal: piensa global, actúa local; Glocalización

Glocalización es un neologismo; término que nace de la mezcla entre globalización y localización y que se desarrolló inicialmente en la década de 1980 dentro de las prácticas comerciales de Japón.
Como término económico se refiere a la persona, grupo, división, unidad, organización o comunidad que está dispuesta y es capaz de "pensar globalmente y actuar localmente". El concepto implica que la empresa se adapte a las peculiaridades de cada entorno, diferenciando sus producciones en función de las demandas locales.
¿Cuáles son algunas de las implicaciones del reto glocal en pleno desarrollo?
A nivel cultural, según Antonio Bolivar, Catedrático de Didáctica y Organización Escolar de la Universidad de Granada, glocalización es la mezcla que se da entre los elementos locales y particulares con los mundializados. Supone que en un mundo global, en el que asistimos a una progresiva supresión de las fronteras a nivel económico, político y social, se incrementa la existencia de barreras culturales, generadas por las personas que defienden sus tradiciones de la globalización cultural
Para Martin Shaw, la sociedad global no es sino el entero complejo de relaciones sociales entre seres humanos en una escala mundial. Y mientras que la sociedad global en este sentido contiene todas las relaciones sociales, no todas las relaciones se definen, de hecho, a un nivel global. En definitiva, la sociedad global también puede ser vista como el mayor marco de trabajo o contexto posible de relaciones sociales, pero no necesariamente el contexto más definitorio de todas las relaciones sociales.
Desde este punto de vista, la mejor manera de entender la sociedad global es concibiéndola como un universo social diverso en el cual las fuerzas unificadoras de la producción moderna, los mercados, las comunicaciones y la modernización cultural y política interactúan con muchas segmentaciones y diferenciaciones globales, regionales, nacionales y locales.
Hace más de treinta años, Kindleberger apuntó el camino hacia un paradigma global con la predicción del inminente fallecimiento del estado-nación como la unidad económica primaria. Más recientemente, surgió la idea de que numerosas corporaciones se estaban globalizando en el sentido que, de modo creciente, parecían no querer conexión con ningún estado-nación en particular y estaban distribuyendo sus actividades de manera flexible entre sus subsidiarios internacionales para flexibilizar los recursos materiales, humanos y financieros.
Ciertamente, en la actualidad se está creando un juego global múltiple en el que participan no sólo naciones sino también corporaciones y sindicatos, agrupaciones políticas, étnicas y culturales, asociaciones transnacionales y agencias supranacionales. El estado-nación ve así limitada su libertad de acción y desplazado o disminuido su poder a medida que va tomando forma un sistema global radicalmente nuevo.
A pesar de que se habla mucho del crecimiento de la globalización de la economía mundial, de los mercados y de las políticas, muchas tendencias actuales, como el aumento de conflictos laborales y nacionalistas o el proteccionismo, tienden a confirmar lo contrario y no apoyan la visión de apertura global e integración.
Por otra parte, en esta sociedad de la información si se analiza el fenómeno de la globalización desde la perspectiva de la comunicación, podría decirse que los modelos de interacción social y los flujos de información se están produciendo de manera creciente más allá de sus límites para formar nuevas bases de identidad política y cultural. En contraste con la tendencia histórica a pensar que los medios de comunicación llevan a cabo una integración vertical de las sociedades dentro del entorno del estado-nación, los emergentes modelos de interacción social, de organización política y de flujos de información, están siendo suplantados por modelos de integración horizontal transnacional, siendo referencia el caso de la Comunidad Europea, o las más recientes alternativas de redes sociales, como Facebook o Twitter.
Glocalización es un reto de nuestra era.
Ing° Francisco Blanco S.
Decisiones, poder y conflicto... el nuevo discurso comunicacional en las organizaciones

8:30 – 9:00 Registro de asistentes
9:00 – 9:45 Ponencia: “La decisión como máxima expresión de la inteligencia humana” (aspectos racionales y emocionales que intervienen en la gestión de la información)
9:45 – 10:30 Ponencia: “El ejercicio del poder como fenómeno gerencial” (impacto en la dinámica del conflicto y la comunicación)
10:30 – 10:45 Refrigerio
10:45 – 11:45 Discusión: Intervenciones del público y generación de conclusiones (vinculación de los temas expuestos)
11:45 - 12:00 Entrega de Certificados
Gerencia tradicional... cien años son suficientes

Desde los dorados tiempos de Taylor y Weber, las distintas formas de gerenciar no han experimentado cambios significativos. Los viejos mitos de la gerencia tradicional siguen imponiéndose, aunque todos ellos -en especial la burocratización- han perdido funcionalidad por su incapacidad para responder a las características de la nueva sociedad y a los signos de un mercado que, a pesar de sus imperfecciones y sobresaltos, continúa siendo el receptor y legitimador de los esfuerzos administrativos.
La administración parece haberse estancado en el control y la eficiencia; conceptos de extraordinaria importancia para sostener el tránsito de la sociedad agraria a la industrial y apuntalar la noción de progreso que se mantenía vigente para la época, pero los múltiples retos globales, las nuevas herramientas disponibles y las cada vez mayores expectativas de los trabajadores, claman por nuevas formas organizativas y principios de gestión que se distancien de los vetustos modelos gerenciales que aún persisten.
En un mundo inestable -como el actual- no basta con hacer las cosas bien, puesto que la creación de valor ya no viene dada por la precisión del trabajo o por la calidad con la que se haga, sino por la capacidad de aportar las respuestas que la sociedad demanda. En este escenario, las todopoderosas palabras claves que durante cien años marcaron el deber ser administrativo (eficiencia, jerarquía, control y disciplina) urgen ser reemplazadas por expresiones tales como adaptabilidad, innovación y compromiso.
Las organizaciones deben reinventarse, deben redefinirse; en primer lugar porque es la única manera de obtener su legitimación social; en segundo lugar, porque las generaciones nacidas y criadas bajo la influencia de Internet y las nuevas tecnologías, no serán proclives a trabajar para organizaciones en las que tan sólo se valore la cuota de sacrificio que estén dispuestos a pagar para incluirlos en una nómina, mientras dejan de lado su capacidad reflexiva para tomar decisiones, aportar ideas novedosas y comprometerse en un marco de libertad y autodisciplina con la búsqueda de respuestas a los múltiples desafíos.
En la práctica hay dos circunstancias que frenan tal posibilidad de reinvención: la primera, la percepción existente en las instancias de poder, de que un cambio de tal magnitud no es necesario; defienden el modelo tradicional cuando piensan que mejorar ciertas cuestiones puntuales, o hacer algunos ajustes organizativos, son suficientes para mantener la vigencia de la empresa en el mercado. A su vez, el segundo freno está representado por la creencia de que el momento de transición no es el adecuado; consideran que existen otras prioridades, otros intereses en el corto plazo que demandan toda la energía disponible para enfrentar los problemas que padecen, ignorando que la mayoría de dichos problemas se producen por su obsesión en mantener vigentes las ya obsoletas herramientas administrativas que han aprendido y utilizado.
Debe reconocerse que la capacidad gerencial para adaptarse al complejo y turbulento escenario actual, es menor que la velocidad en la que se suscitan los nuevos desafíos locales y globales; por eso, a sus cien años de edad, la gerencia tradicional se encuentra atrapada en su propio laberinto, faltándole audacia para encontrar la salida.
La gerencia debe adaptarse a las exigencias de esta primera parte del siglo XXI y sus gerentes, tal como lo sugiere Gary Hamel, deben tener la suficiente gallardía para migrar de un estilo gerencial autoritario, estricto y poco receptivo, hacia un modelo que fomente la participación y la innovación en cada uno de los procesos que se dan en la organización.
Construir ciudadanía: una cuestión de confianza

El equilibrio de la cotidianidad: dominación Vs emancipación

Gerencia avanzada: el arte de abandonar la soledad y el silencio

Todos los caminos conducen a algún sitio que marca su final, pero rara vez ese final coincide con el último aliento del caminante. El largo peregrinaje por los innumerables caminos de la vida se reduce precisamente a eso: a caminar sin perder el aliento bajo la increpadora mirada de la historia y la tradición, pero ¿caminar hacia dónde?
El que camina hacia ninguna parte se sumerge en una profunda contradicción, en el vacío de una soledad tan sólo matizada por sus propios pensamientos y pesares; para esta clase de caminante solitario e ignorante, mente y camino son sus aliados para la nada y también sus verdugos. Por su parte, el que camina sabiendo a dónde quiere llegar, tropieza con múltiples obstáculos que le tientan a abandonar su lucha y a tomar otros senderos que quizás sean ajenos a su voluntad; para este tipo de caminante solitario pero consciente, la cobardía es su mejor equipaje, tanto anhela llegar a su destino que pierde la perspectiva de su andar al desconocer la verdadera razón que le impulsa para acometer su aventura vital.
La gerencia está llena de caminantes solitarios, algunos de ellos ignorantes de profesión como consecuencia del ayuno cognitivo y moral al que se han sometido, mientras que otros, quizás la mayoría, son portentosos ilustrados que conscientes de la superioridad racional que despliegan, no tienen remilgo en utilizarla como arma de dominio y control, escondiendo verdades y sembrando dudas sobre el talante moral de sus intenciones.
He aquí la gran tragedia de la gerencia contemporánea. Extravagantemente ruidosa en la esfera cognitiva, pero aterradoramente silenciosa en el ámbito moral. Ese silencio, gratuito e ilimitado, se convierte en la mejor respuesta a lo que no se desea responder, al tiempo que constituye la mayor demostración de desprecio por lo que gira a su alrededor. Con el silencio se construyen los límites entre lo público y lo privado, pero su inmenso poder destructivo corroe los cimientos de la confianza y el respeto, carcomiendo las propias bases de cualquier estructura social, incluyendo por supuesto, la organización empresarial.
La gente siempre prefiere caminar al lado de quienes se interesen por sus circunstancias, ya sea en el plano personal o laboral, por eso detesta a los que escondiéndose en el linaje del cargo o de su historia, intentan desacreditar su presencia, sus emociones, sus anhelos y esperanzas. La gente quiere decir lo que piensa, necesita ser escuchada para aliviar la carga del camino, implora la aceptación de sus diferencias y la tolerancia a sus debilidades. La gente solicita que se le pregunte y que se le hable, necesita sentirse parte de lo humano y no simple instrumento de producción; sabiendo eso, la primera tarea del gerente es hacer hablar a los demás.
No existen argumentos mediante los que se intente preservar cualquier estilo gerencial amparado en el vacío humano. Al ser la organización la máxima expresión de la coherencia dentro de la diversidad y el pluralismo moral que reina en ellas, también es la antítesis de la soledad y en consecuencia, es incompatible con el silencio. ¿Pueden los gerentes atribuirse el derecho de actuar en contra de la propia condición de lo que gerencian? Obviamente no, por eso es tiempo de avanzar, es momento de romper las cadenas de la soledad y el silencio que hacen de la gerencia contemporánea algo que ya ha dejado de ser defendible.
El indiscreto encanto del canalla

La estupidez humana es eterna, decía Einstein; es el fracaso de la voluntad y de la inteligencia para escapar a su propia dinámica de extinción, pero cuando la estupidez se combina con la ignorancia aparece la figura del canalla, ese hombre ruin y despreciable que dibuja el mundo con grotescos rasgos de obediencia y aceptación, e irrumpe sin permiso e invitación en nuestras vidas, acallando verdades y empujándonos para actuar conforme a quijotescas razones devaluadas por el peso de la historia.
Fracasado, como toda su estirpe, el canalla se refugia en la fantasía popular y se lanza a lo prohibido sin luchar contra nada; de ahí su embrujo, pues de ese modo nunca se arriesga a perder una batalla; siempre sale victorioso en su afronta contra lo irreal y lo imaginado sin percatarse de que tal fantasía nace de la tragedia de una vida sin horizontes ni significado, germina en la conciencia de la eterna derrota y en un concepto de felicidad reducido a la simple carencia de angustias y temores; por eso, la estupidez humana que le mantiene vigente se despliega por todos los ángulos de la existencia sin llegar a ser ridiculizada.
El canalla piensa que el destino de la humanidad le pertenece, y estando en paz consigo mismo vuelve una y otra vez sobre sus pasos, reeditando sus locuras y convencido de que su esfuerzo vale la pena. De ese modo se nos presenta como instrumento de los Dioses para salvar la promesa del futuro, pero la irracional lucidez de la conciencia que define al canalla, lo convierte también en un hombre absurdo e inhabilitado para valorar su propia existencia, obligándole a replegarse en necios y destartalados argumentos para luego deleitarse en la placidez de su desdicha.
El canalla se aparece en cualquier esquina cabalgando sobre la miseria, a la que alimenta con ilusorios gozos y convierte en esclava de sus propias utopías, pero en el fondo solamente se percibe el vacío de una soledad rota por el barullo de los perros que ladran a su paso y le acompañan en una suerte infinita de despropósitos. Cabalga dejando a su paso las cicatrices del odio, la injusticia y la exclusión, pero no por ello es villano; no hay atisbo de malevolencia o perversidad en sus actos, puesto que dicha y tragedia se amalgaman por la incapacidad deliberativa para distinguir entre la maldad ajena y la majadería propia.
La palabra incisiva es su roca; y sus edulcoradas ideas, traidoras arenas movedizas hábilmente dispuestas para atraer por igual, tanto la inocencia de quienes nada tienen, como la desmedida ambición del poderoso. Por eso, al concebir el mundo en blanco y negro sin la riqueza que otorga la escala de grises, el canalla niega una realidad y termina siendo víctima de sus irracionales pasiones.
Su genialidad radica en la capacidad para suscitar visiones opuestas; es la personalización del sacrificio al que le quieren conducir los enemigos que sólo habitan en su imaginación, pero a la vez es el consignatario de las más disímiles manifestaciones de arrogancia e imbecilidad.
Así, el canalla tiene su encanto; es una especie de Quijote idealista enredado en sus propios pensamientos e imaginaciones, que no se conforma con un Sancho de “muy poca sal en la mollera” para que le acompañe en sus aventuras, sino que los quiere a todos; Sanchos de cortejo, glotones y cobardes, esperanzados por la recompensa ofrecida a cambio de lealtad con sus astutas maniobras; Sanchos socarrones, deseosos de pisar las arenas del peligro aun a sabiendas de que se inmolarán con él.
Ay canalla, qué fuera de ti sin los Sanchos que te cortejan, pero mientras existan, volverse loco quizás sea la mejor forma de responder a tus embestidas.
Centro de Investigación y Estudios Gerenciales: un espacio para la ciencia

- Ética en las organizaciones
- Gerencia y postmodernidad
- El rol de la tradición en el desempeño organizacional
- Responsabilidad decisoria y sabiduría práctica
- Arquitectura moral de las organizaciones
- Identidad, cotidianidad y formas culturales en la organización
- Vinculación entre racionalidad y emocionalidad en la gerencia
- Inteligencia espiritual y desarrollo moral
- Organizaciones discursivas
- Gestión de la diversidad cultural en la organización
- Intereses y conflictos en las relaciones de poder
- Gobernabilidad de la organización
- Poder y liderazgo en los procesos de innovación y cambio organizacional
- Sociología del poder en las organizaciones
- Poder y gestión de la información y el conocimiento
- Responsabilidad Social Empresarial
- Desarrollo económico y sostenibilidad social
- Enfoques y estrategias para la participación comunitaria
- Equidad en la distribución de ingreso y del conocimiento
- Intervención social del Estado
- Políticas públicas, gerencia y desarrollo social
- Gobierno corporativo y capital social
- Gerencia social en empresas de capital privado y ONG´s
- Convivencia, cultura de paz y erradicación de la violencia
- Derechos humanos y justicia global
Transparencia en la evaluación del conocimiento
No es de extrañar que cuando se habla de la evaluación del conocimiento, se tienda a comparar el "deber ser" (lo esperado) con lo realmente obtenido. Aquí no hay discusión; el problema se nos presenta cuando se intentan determinar las razones que generan las brechas entre el producto deseado y el verdaderamente alcanzado, e incluso cuando ni siquiera se puede determinar con certeza, cuál es ese producto alcanzado en términos de sus propósitos y características.
Si esto ya de por sí es difícil en la educación tradicional, convencional o presencial (como quiera llamarse), mucho más complicado es en la educación a distancia, puesto que ni siquiera se pueden percibir las actitudes, las preocupaciones, los temores y las angustias de quienes depositan su fe en el docente, limitando –por supuesto– la adopción de correctivos tempranos ante las particularidades de cada quien.
En este sentido sería temerario afirmar que el proceso de evaluación pueda catalogarse como totalmente transparente, y en todo caso, ¿bajo cuales criterios de transparencia? ¿Quién sería el llamado a establecer o juzgar tales criterios?
Si de transparencia estamos hablando, no puede negarse la enorme carga de subjetividad que se impone a la hora de establecer los criterios de evaluación y los criterios acerca del “deber ser”,porque aun cuando el modelo de evaluación sea eminentemente cuantitativo, ¿acaso no es la subjetividad del docente la que determina lo bueno y lo malo?; ¿lo cierto y lo falso?... De no hacerlo así, el docente sería un mero transmisor de “sus” conocimientos, pero no un formador de conciencias, capaz de abrir paso a la duda, al disenso y a la capacidad crítica.
El ser humano es subjetivo por naturaleza, pero esa subjetividad no tiene por qué estar reñida con la transparencia de sus actos, ni con la de sus intenciones. Quizás comporte lo contrario, pues el docente que no hace gala de su subjetividad no puede comportarse éticamente. El docente que se exhibe como “objetivo” e “imparcial” actúa como máquina (sin emociones) y esa imagen de rudeza, de rectitud objetiva a la luz de “supuestas verdades indiscutibles” que figuran en algunos textos aprendidos de memoria, es la imagen que transmitirá a sus alumnos… ¡pobre ejemplo de lo que debe ser la educación del futuro.
Por eso, ¿a qué nos referimos cuando hablamos de transparencia y confiabilidad durante el proceso de evaluación? Si se refiere a la posibilidad de demostrar las razones objetivas que dieron lugar a determinados resultados, tengo mis dudas. Ahora bien, si se refiere a la capacidad de convencer mediante el diálogo legítimo y de demostrar la claridad con la que se establecen las intenciones, los criterios y las “reglas del juego”, entonces no queda lugar para la vacilación sobre la necesaria transparencia de cualquier proceso evaluativo, porque si no fuese así, no solamente sería inútil sino que también constituiría una perversión.
Más que de transparencia en cualquier proceso de evaluación del conocimiento adquirido, debemos hablar entonces de la necesidad de actuar éticamente, la cual nace en la propia autoestima del docente y se evidencia mediante los criterios de equidad y justicia llevados a la práctica en sus acciones cotidianas.
Empresa, ética y responsabilidad social

La responsabilidad de la empresa con la sociedad emerge de su propia naturaleza moral que le obliga a la congruencia entre los fines y los medios, armonizando sus requerimientos funcionales internos con las exigencias éticas que le demanda una sociedad cada vez más compleja y plural, pero al mismo tiempo menos dispuesta a tolerar ciertas prácticas gerenciales y empresariales que aún persisten.
La ética ha dejado de ser algo simplemente deseable para convertirse en una exigencia sobre la que se sustenta la viabilidad de cualquier sistema de negocios, siendo por ello que la racionalidad económica y la moralidad ya dejan de ser interpretados como conceptos incompatibles. De allí que la relación entre empresa y sociedad obtenga un mayor significado ante el reconocimiento mutuo de obligaciones y responsabilidades que van más allá de las que se derivan del estricto cumplimiento de la normativa legal o de la simple producción de bienes y servicios, aún cuando éstos se encuentren plenamente justificados.
La sociedad no alberga dudas sobre la necesidad de incrementar el capital ético de la empresa como variable interviniente en el sistema de negocios, y no como simple instrumento de gestión para la obtención de mayores beneficios. Por ello, el actuar ético de la empresa se aleja de lo que hoy se visualiza como lo bueno, lo conveniente y lo necesario para la obtención de un determinado fin, y todo parece converger en la necesidad de redefinir el concepto de responsabilidad empresarial, ampliando su alcance a la obligación moral (no normativa) de responder ante nuevos entes que hasta ahora no habían representado interés alguno para ella, o que no eran considerados como compromisos derivados de la propia actividad de negocios.
La nobleza del fin condiciona la nobleza de la acción, y si el saber ético es aquel que permite obrar racionalmente para alcanzar un propósito consustanciado con la propia naturaleza humana, fácilmente se advertirá el poder de la rectitud moral en la cotidianidad del mundo organizacional, la cual no tendría otra finalidad que la de permitir la aproximación a los fines del hombre, es decir, a alcanzar la plenitud de su vida.
Hoy, la empresa no sólo debe ser socialmente responsable, sino también moralmente competente puesto que está llamada a constituirse en un ente remoralizador de la sociedad.