Ética de la calle (la ética payasa)



Pequeñas vanidades y algunas mentirijillas siempre han formado parte del decorado de la personalidad, y es porque la apariencia importa, y mucho, en un mundo cuyos ocupantes se bambolean entre la supervivencia y la competición.

Pensamos que el respeto de los demás solo se obtiene mediante la imagen social que proyectamos. Dejamos de tomarnos en serio para intentar gozar del respeto ajeno, perfeccionándonos día a día en el difícil arte de simpatizar al público, y esto no es más que una irreverencia a la autenticidad.

Creemos que aunque la tragedia interior nos invada, siempre habrá un mañana para reír y hacer sonreír. Al mostrarnos socialmente dóciles y divertidos, intentamos esconder la vulnerabilidad que surge de nuestras más intimas verdades y de la densa sombra de nuestros conflictos; de este modo, la cotidianidad se nos presenta como una suerte de payasearía que discurre por el entramado de nuestra mente, no siendo necesarias vestimentas extravagantes, excesivos maquillajes o llamativas pelucas para materializar nuestras más chuscas intenciones.

Nos exhibimos al mundo no como lo que somos, sino como queremos que nos vean; por eso, la ética genuina, la que llevamos por dentro sin perfume ni almidón, es la de la calle; es la ética payasa que se traduce en el arte popular de vivir día tras día; es la que nos impulsa a sonreír ante un sufrimiento y a mitigar las penas ajenas olvidándonos por un momento de las propias; es la que nos define al poder reírnos de nosotros mismos, porque en estos tiempos vacilantes y sin tregua, lo importante no es el ayer sino el ánimo con el que nos levantemos aunque tengamos sal en las heridas.

Yo también quiero mi bosón (a propósito del bosón de Higgs)



El reciente hallazgo de una misteriosa partícula que -según parece- todo lo puede explicar, ha causado una polémica sin precedentes en el mundo de la física. El descubrimiento del bosón de Higgs promete, y no es para menos; una partícula con tanto misterio no se encuentra todos los días; mucho menos en las kilométricas ecuaciones que -seguro estoy- han secuestrado miles de horas de sueño a Higgs y su pandilla.

La famosa partícula ya no es el producto de la imaginación matemática con la que se escudriñó el más profundo entramado de nuestros orígenes y del por qué somos como somos;  hoy ya se asegura su existencia;  la partícula está ahí, mírenla, es real, ¿vieron cómo se mueve?, ¿acaso no la ven?, pero si se ve clarita;  ¡qué guay!

Ahora sí que es verdad. Con ese bosón se acabaron nuestros problemas terrenales; al fin encontraremos la paz, se acabará la violencia, ya no habrá necesidad de hacer largas colas desde la madrugada para renovar la licencia de conducir, los supermercados estarán repletos de productos esperándonos; todos tendremos una casa digna antes del 2018. No habrá más huecos en la calle; los cortes de luz, la corrupción, la malversación y el tráfico en las horas pico serán cosa del pasado... ¿te acuerdas, Nicolás?... No hará falta ir a trabajar porque los gobiernos (incluso los latinoamericanos) comprarán muchos bosones y los repartirán a diestra y siniestra para alegría del pueblo. Israel hará las paces con Irán y Corea del Norte; el Reino Unido será más europeísta que el propio continente, incluso renunciará a Gibraltar, y al English Channel lo llamarán como se tiene que llamar: “el Canal de la Mancha”. Los países bolivarianos exhibirán un águila calva en sus escudos. El hip-hop y la bachata se convertirán en coros de ángeles. Los chinos dejarán de ser achinados para que más nunca sean confundidos con los japoneses. Se acabará la incertidumbre sobre el Euro;  los mercados financieros serán más éticos y solidarios; la prima de riesgo española estará por debajo de los 400 puntos y Madrid, por fin será elegida como sede de los Juegos Olímpicos. Los taxistas parisinos comenzarán a ser educados y la letra pequeña de los contratos no será menor de milímetro y medio. Por si esto fuera poco, en el fútbol se acabarán los goles fantasmas y -lo mejor- Balotelli no volverá a mostrar sus pectorales al mundo. A final de cuentas, gracias a Higgs seremos felices.

Cada quien tendrá su bosón (solamente uno porque estarán racionados, pero habrá para todos y todas); tan sólo será necesario registrarse en la “Gran Misión Bosón” y esperar a que les sea adjudicado; eso sí, no se emocionen, los bosones no podrán ser transferidos ni heredados porque nadie podrá ser el legítimo propietario de un bosón.

Y ahora que tenemos la famosa partícula para nuestro uso y disfrute; ¿qué hacemos con ella?, ¿hay que frotarla?, ¿viene con un manual o su uso es simplemente intuitivo?, ¿las instrucciones estarán en español? Pues no querido amigo; el bosón no es la lámpara de Aladino; no le servirá para otra cosa que ayudarle a entender la razón de sus actitudes, de sus caprichos y temores; solamente le ayudará a comprenderse a usted mismo y al que piensa distinto a usted; le ampliará su horizonte existencial; comprenderá que hay vida más allá de su conuco y sus gallinas; le ayudará a descubrir su insatisfacción para que de una vez por todas pueda cambiar su mentalidad de víctima sobreviviente, pero sobre todo le invitará a luchar contra sus propios prejuicios e incapacidades para así aceptar con gallardía los grandes retos que tenemos por delante.

Necesitamos buenos gobiernos; no cabe duda, pero para tener buenos gobiernos necesitamos ser buenos ciudadanos, personas que dejemos de regocijarnos con las limosnas y que aprendamos a recordar lo que nos une y a respetar lo que nos separa, y si la partícula de Dios -el bosón- nos ayuda a conseguirlo, yo también quiero el mío.

Investigación científica: un acto de evasión


He dicho en múltiples ocasiones que toda investigación es un acto de creación, una aventura literaria, un evento socializador y un ejercicio persuasivo. Estas cuatro vertientes conducen a considerar que la investigación también es una experiencia de fe. 

El investigador tiene fe en sí mismo porque cree (valga la redundancia) en su capacidad para crear, cree en su potencial para socializar y para persuadir. El investigador cree en lo propio, en su interioridad, en sus fortalezas y en las que no lo son tantas; tiene fe en que podrá sacar a la luz lo que los demás desconocen, pero el investigador también cree en la importancia social de su trabajo, en su pertinencia y en la congruencia cultural de su creación; es decir que el investigador, además de tener fe en sí mismo, también tiene fe en el núcleo social al que se dirigen sus descubrimientos.

Pero para descubrir debe actuarse con libertad, y a menos que disponga del suficiente talante para desprenderse de sus monótonas rutinas y liberarse de sus inquietudes, ansiedades y temores, el investigador no será más que un prisionero de sus prejuicios y de los factores externos que lo condicionan, pues nunca habrá posibilidades de descubrir mientras se viva con el miedo de lo que sucedió o de algo que pueda ocurrir. 

No se puede crear haciendo chapuceras imitaciones; tampoco, sobre la sombra de la represión tras intentar vencer estereotipos o visiones engringoladas de la ciencia.

La investigación científica no es un deporte de alto riesgo en el que siempre se está a medio camino entre el temor y el placer. Para investigar debemos liberarnos de los temores porque toda investigación comienza con una pregunta para la que no debemos sentir temor al enunciarla; una pregunta que marca el problema y que a fin de cuentas también conduce a su solución; una pregunta que exige prudencia al formularla, y produce placer al contestarla.

El simple hecho de formular una pregunta reclama apartarse del conformismo para retar lo instituido, actuando con libertad y determinación; esto de por sí implica evadirnos de un molde cultural que estrecha las posibilidades creadoras; pero además, debemos investigar el problema para conocer la solución, y para ello necesitamos la suficiente energía, intensidad y pasión para vencer esa especie de somnolencia mental que padecemos y a la que tristemente nos hemos acostumbrado, lo cual también demanda huir de la zona de comodidad, redimensionando el concepto de peligro, pues toda sensación de peligro constituye un obstáculo a cualquier intento creador.

Sin duda, es bastante fácil hacer preguntas sin sentido o identificar problemas donde no los hay; preguntas hechas de ese modo revelan que no estamos ansiosos de experimentar algo extraordinario y, por lo tanto, tampoco dispuestos a evadir el férreo molde de los convencionalismos.

La gran interrogante que surge es: ¿hasta qué punto interesa huir de lo aceptado y lo instituido? ¿Hasta qué punto somos verdaderos investigadores? 

Como siempre, más preguntas que respuestas, pero en cualquier caso, la conciencia reflexiva de cada quien es la única que podrá marcar las diferencias.

Educación para la respetabilidad: una relación en entredicho

De manera casual, días atrás tropecé con algunos pasajes de la extensa obra de Jiddu Krishnamurti, quien por la claridad de sus ideas y la solidez de sus convicciones, al menos es merecedor de ser tomado en cuenta. La obra de Krishnamurti es un yacimiento de críticas contra el conformismo social, la tradición educativa e incluso contra la respetabilidad, pues según se desprende de la línea central de su pensamiento, en el mundo contemporáneo, el hombre respetable es el hombre mediocre, conformista, el hombre que ha sido educado para adaptarse a una sociedad profundamente enferma y así poder darle continuidad al pasado, sin las herramientas precisas para descubrir lo nuevo y lo necesario.

Tras una breve reflexión sobre las ideas de Krishnamurti se advierte que el precio de la respetabilidad devenida de la tradición educativa, no parece ser otro que la confusión y la infelicidad. El precio a pagar por la dignidad que representa una mente ilustrada, parece ser el obligado aislamiento de los valores humanos fundamentales, lo que se traduce en la cada vez mayor apatía moral y en la progresiva pérdida de la autenticidad, en aras de obtener una mayor percepción de adaptabilidad a una sociedad enferma; una sociedad en la que el respeto no es más que la actitud motivada por una recompensa, llegando con ella a fomentarse la codicia del respetable y el temor de quien respeta.

Esa respetabilidad, que bien pudiera denominarse dramatúrgica, nace del condicionamiento social con su conjunto de creencias, ritos, esperanzas, angustias y temores, mientras que la respetabilidad necesaria, el respeto auténtico y genuino, nace de la comprensión del diferente, sin condicionamientos, sin cortapisas, en un marco de libertad delimitado tan solo por los valores culturales que, por su naturaleza, no pueden ser objeto de discusión.

Es entonces como podrá entenderse que el verdadero papel de la educación no debiera estar limitado a crear ciertas condiciones de seguridad y comodidad, de estabilidad y éxito en el entramado social del que formamos parte; mucho menos para fortalecer egos intranscendentes plasmados en la sensación de respetabilidad que se perciba, más propios del rol de víctimas sobrevivientes, que del catálogo cultural de los actores responsables del desarrollo.

La educación solo cobrará sentido en la medida que ayude a fortalecer la inteligencia para discernir lo esencial de lo mundano, para crear relaciones de valor entre individuos, para desprenderse de los miedos que están presentes en toda sociedad que privilegie lo dramatúrgico sobre lo genuino, y para ayudar a comprender la libertad y la integración; en otras palabras, para entender el orden interno de cada individuo y para aprender a pensar en términos de inclusión y conciencia colectiva.

En fin, las ideas de Krishnamurti constituyen un poderoso caldo de cultivo para la investigación y la reflexión profunda sobre el papel de la educación en una sociedad que necesita ser remoralizada, pues educar es ayudar a discernir entre el intelecto (conciencia cognitiva) y la inteligencia (conciencia reflexiva), y mientras no se aborde la educación desde este prisma, las casas de estudio solo seguirán siendo bastiones del intelecto perspicaz, astuto y ambicioso, instituciones legitimadoras de una visión deformada de la vida y el mundo, que es la causa de nuestros mayores y más significativos problemas contemporáneos.


La arquitectura moral de la organización postmoderna


Desde la antigüedad, la organización del trabajo se ha sustentado en premisas que han dejado evidencias de la irracionalidad arquitectónica de su diseño. Las profundas contradicciones derivadas de la supuesta incongruencia entre los conceptos de libertad y eficiencia sobre la que se han edificado los distintos modelos y enfoques organizacionales, atentan contra la esencia misma de la condición humana, produciendo un vacío de legitimación moral cuyos efectos anulan la posibilidad de alcanzar un clima de convivencia pacífica amparada en la razón, la pasión, el respeto y la comprensión. 

Esto demanda encontrar las bases ontológicas de una nueva forma organizacional, a través de la cual se haga justicia a la realidad dialógica del hombre y a las exigencias de la vida humana, procurando su desarrollo moral y el del contexto en el que interactúa. Para ello, considerando la organización como una realidad social configurada a partir de la construcción de significados, utilizando como hilo conductor los tres momentos del actuar ético propuestos por Dussel y apoyado en una metodología hermenéutica-dialéctica, en este artículo se esbozan las líneas teóricas de una nueva arquitectura moral organizacional centrada en los conceptos de vida, consenso y factibilidad, llamando así a conjugar el poder de creación y trascendencia del hombre, con los más genuinos intereses desde los cuales se le otorga sentido a la acción colectiva.   Descargar el artículo a texto completo

Afinar cencerros para un mundo al revés

La vorágine cotidiana, esa desordenada aglomeración de sucesos y sentimientos que aceleran el tiempo y difuminan la historia, parece estar conduciéndonos hacia un estado de precariedad cognitiva y salvajismo moral sin precedentes. Lo sublime está siendo desplazado por lo chabacano, lo mediocre, y lo burlesco ha dejado de ser parodia carnestolenda sustentada en disparates e incoherencias, para llegar a convertirse en grotesca realidad que impone su particular imperio de farsas y traiciones.

En este mundo al revés, la máscara, más que artilugio usado para esconder el rostro y poder dar rienda suelta a pasiones reprimidas, se ha convertido en útil instrumento para encerrar ideas y pensamientos, para acallar la autenticidad y para mostrar todo el vacío que emerge de la contradicción.

Vivimos en un mundo de máscaras, en el que todo está potencialmente permitido ante la posibilidad de usurpar cuanto precepto lógico sea necesario para deleitarnos en la miseria y recrearnos en la tentación. “Es válido todo lo que me haga feliz” parece ser el sello moral de nuestro tiempo; sello que no distingue entre generaciones y estilos de vida, puesto que tal forma de pensamiento es observable tanto en jóvenes como en adultos, en alumnos como en profesores, en gerentes como en empleados, en políticos encumbrados como en aduladores de oficio, sin percatarnos de que tales enmascaramientos nos convierten en sujetos tristemente felices, una paradoja que nos recuerda la tragedia de Sísifo en su eterna montaña, y que arruina las ansias de progreso, la trascendencia de nuestros actos y la calidad de nuestra propia vida.

Enmascarados y permanentemente ensimismados en carnavalescas preocupaciones que actúan como válvulas de escape de una incómoda realidad, formamos un rebaño social que se deja guiar, tan solo, por quien pueda hacernos momentáneamente felices al apartarnos de la rigidez de los convencionalismos; no importan las verdaderas intenciones ni el final del camino, al parecer sólo interesa que se nos permita seguir mirándonos en el espejo de nuestra propia caricatura.

En un mundo al revés, irreverente y desfachatado, chapuceras conspiraciones y crímenes morales son cometidos con total permisividad e impunidad, incluso alentados por metafóricos y desacreditados pastores sumidos en un medievalismo cultural que reivindica el vasallaje, y que en aras del intercambio de apoyos y fidelidades mutuas, atenta contra la convivencia, el respeto y la tolerancia.

En fin, la comedia burlesca en la que se ha convertido nuestra sociedad, dibuja caprichosos horizontes ante una realidad de la que ninguna institución o tipo social escapa a su crítica, advirtiéndose una cotidianidad demasiado silvestre, para la que tal vez debamos rescatar el viejo oficio de afinador de cencerros, esas toscas campanas que además de advertir cuando algún animal se alejaba del rebaño, alertaban al pastor sobre el estado anímico e intenciones de los animales bajo su custodia. Pero en estos tiempos vacilantes, a quién colgarle el cencerro quizás sea la pregunta que con mayor insistencia debamos formularnos.

Escuchar, comprender, conectar: claves para entender la nueva gerencia

Las prácticas cotidianas de gestión, basadas en arquetipos gerenciales gestados en la modernidad, han alentado una polarización de posiciones y construido un escenario en el que aun se manifiestan profundas contradicciones y antagonismos, solamente neutralizados por fuerzas coercitivas que restan oportunidad a los sujetos para expresarse con libertad en sus particulares mundos de vida.

El énfasis en lo sistémico, el alejamiento de lo humano y la lucha por la sobrevivencia, han sembrado las semillas de la exclusión moral, creando un abismo emocional difícil de superar mientras no se refuercen los nexos emocionales desde los cuales pueda emerger el compromiso, el afecto y el respeto.

Borrar las cicatrices de la exclusión moral en las organizaciones, se traduce en la eliminación de los gérmenes de resentimientos y deseos de venganza, iniciándose con el simple hecho de asumir a las personas como seres humanos provistos de emociones, más que de razones.

En todo espacio de intercambio e interdependencia, la universalidad de las emociones llega a imponerse a la particularidad de las razones. Los fundamentos racionales pueden ser contrapuestos entre los miembros de un grupo social coherente, pero la emocionalidad es vivida y compartida intensamente por ellos. La emocionalidad nos hace humanos, es la que le otorga sentido a nuestra vida y alienta la toma de conciencia sobre nuestra vulnerabilidad en el entramado social, es la que nos empuja a entablar el diálogo, a unirnos en las diferencias y a confiar, incluso, en quien no conocemos.

La nueva gerencia se distingue de cualquier otra forma de gestión, precisamente por su capacidad para conectar emociones más que para imponer razones, pero para conectar emociones es necesario aprender a dialogar, lo cual significa ante todo, aprender a escuchar, poseer la actitud, la intención y la disposición para dejar de ser indiferentes a los distintos puntos de vista, intereses y circunstancias que afectan a los demás.

Ahora bien, para que pueda mantenerse el diálogo, primero debe encontrarse un punto en el que converjan cuestiones comunes entre los participantes, puesto que de lo contrario se perdería el interés tanto en la forma como en el contenido, y ese punto de encuentro no es otro que el componente afectivo que se da en las relaciones entre los sujetos dialogantes, con lo que se advierte que antes de discutir los intereses de las partes (lo cual sería propio de un proceso de negociación), se requiere abordar la construcción de una profunda y auténtica relación afectiva entre los sujetos, de manera tal que se ofrezcan recíprocas y adecuadas condiciones de confianza desde las que pueda florecer cualquier acuerdo racional y emocionalmente motivado. Obviamente, tal actitud, intención y disposición para escuchar, deja de lado cualquier acción de carácter dramatúrgico, normativo e instrumental, para inscribirse en una racionalidad de corte comunicativo.

A diferencia de la gerencia tradicional, entendida como un artefacto construido a partir de complejos tejidos normativos, la nueva gerencia se construye a sí misma a partir de los significados que los líderes le atribuyen a su propia vida y a la de los demás, una experiencia cognitiva y moral que trasciende su interioridad para trasladarla a la práctica de acciones libres en determinado contexto social. De ahí que en las organizaciones con un estilo de gerencia avanzada, el éxito de la gerencia no radica tanto en la convergencia de sus acciones respecto a los imperativos de los fines organizacionales, sino en la forma como los líderes logren alinear el sentido de sus propias vidas con los intereses y necesidades de los demás sujetos, portadores a su vez de distintos símbolos, significados y proyectos existenciales.

Dotar de congruencia a este tipo de organizaciones implica dotar a sus integrantes de las capacidades reflexivas, actitudinales y comunicativas que alienten la posibilidad de que sus acciones, más que enfocadas al logro de resultados, objetivos y metas organizacionales, sean producto del entendimiento a través de prácticas discursivas capaces de regular su comportamiento y de construir enunciados racionales sobre su propia interioridad y su contexto, todo ello con la finalidad de comprender e interpretar a los demás.

Comprender al otro implica conocer su interioridad para registrar el valor simbólico mediante el que se genera la producción de sentido en la práctica organizacional. Ese esfuerzo de comprensión comporta al mismo tiempo la aspiración de poder comprender y la esperanza asociada con lo comprendido; es decir, no solamente debe percibirse que el otro también es capaz de comprender, sino además, que ese esfuerzo conjunto habrá de conducir a algo que no `podrá ser alcanzado empleando otros medios, reforzándose de este modo el componente intersubjetivo que se haya presente en todo acto dialógico, vital en la posibilidad de alcanzar un acuerdo razonado.

Se advierte así, que la efectividad de las nuevas organizaciones descansa en una ética amparada en la alineación de emociones y elementos espirituales entre sujetos provistos de diferentes posturas, valoraciones e intereses, y tal alineación no puede darse sino mediante la comprensión del diferente a través del diálogo.

Es hora de que la obligación sea reemplazada por la seducción, (tal como lo inquiría Gilles Lipovetsky) y esa seducción sólo puede ser visualizada recurriendo al ámbito de lo emocional. Escuchar, comprender y conectar emociones, se constituyen así en las tres palabras claves para entender la nueva gerencia: una gerencia más humana, racionalmente eficaz y emocionalmente competente, capaz de posibilitar la convivencia pacífica entre sujetos provistos de entidad propia y con sentido de vida, más que entre hacedores obedientes atrapados en la historia de la injusticia y la exclusión.

Tesis doctoral: un compromiso ético


Invitado por el grupo de doctorandos en Gerencia Avanzada de la Universidad Fermín Toro (Núcleo Barinas) el pasado sábado 12 de Marzo se dictó la conferencia: "Tesis doctoral: un compromiso ético", mediante la que se mostraron los razonamientos que sustentan la autenticidad como perspectiva ética dominante, lo cual implica ver más allá del plano meramente académico, puesto que al representar una contribución al progreso de la naturaleza humana, además de poseer un contenido ético, toda tesis doctoral debiera también poseer una finalidad ética, por lo que se inscribe en el campo eminentemente moral.

Por ello, se enfatizó en que además de constituir un acto de creación, la tesis doctoral también es un hecho lingüístico, un acto socializador y un ejercicio persuasivo. Cada una de estas vertientes posee profundas implicaciones éticas, cuyo compromiso debe ser asumido sin vacilaciones por los autores.

Legitimar ficciones para la convivencia pacífica


Cualquier acercamiento teórico al manejo de la diversidad humana, comporta una referencia a la ficción que se halla implícita en toda interpretación; ficción que no debe ser entendida como falsedad o como algo opuesto a la verdad, sino como la representación de una realidad construida de forma autónoma y subjetiva, que alienta al sujeto a su narración y argumentación ante sus legítimas pretensiones por dotarla de veracidad y consistencia.
Toda organización se constituye en un escenario en el que convergen ficciones bajo la forma de creaciones mentales, fantasías, ilusiones y delirios a los que la racionalidad moderna intentó desconocer puesto que en ellas sólo había lugar para una realidad hegemónica, escasamente dispuesta a razonar ante las contradicciones en las que se hallaba sumida, y de las que sólo intentaba escapar recurriendo a sus propias ficciones perfiladas mediante acciones dramatúrgicas. De este modo, la retórica de la modernidad alentó la desnaturalización del sujeto sumido en sus propias complejidades, negándosele cualquier posibilidad de formular juicios críticos al amparo de su propia y también ficticia realidad.
En este acontecer, el sujeto organizado se constituyó en sujeto sumiso, obediente, silencioso, defensor de una tradición heredada, solitario y desprovisto del suficiente talante moral para actuar en función de una comunidad en la que no era capaz de encontrar su sentido de vida más allá del que le ofrecían sus profundos valores religiosos y familiares. No obstante, su carácter gregario pudo iluminar algunas zonas oscurecidas por el énfasis en la racionalidad instrumental, siendo capaz de crear nuevas ficciones, esta vez mediante la construcción de un capital relacional con el que además de intentar despejar sus dudas y vencer su soledad, le permitía tantear su poder en el entramado social del que formaba parte.
Perdido en la maraña de sus propias ficciones, el ser pudo encontrar refugio en convencionalismos cognitivos y morales, encaminándolo progresivamente a la absoluta pérdida de autenticidad. Estereotipos culturales rápidamente difundidos por los medios de comunicación social, así como modelos de gestión organizacional ajenos al temperamento e idiosincrasia de la colectividad en la que se hace vida, fueron rápidamente adoptados y sustituidos por otros nuevos en una sucesión infinita de despropósitos bajo la premisa de lo necesario, lo útil y lo correcto.
La fragilidad del yo pasó así a convertirse en la fragilidad del nosotros, erosionando a su vez los vínculos sociales artificialmente creados y debilitando aun más el sentido de vida; todo un ciclo recursivo del que brotaba la desesperanza, la desconfianza, el desentendimiento, la negación del otro, la injusticia, la insolidaridad y la exclusión.
Bajo este escenario y ante el miedo infundido por amenazas sociales, culturales, políticas, económicas y tecnológicas sobrevenidas de la racionalidad tecnocrática dominante, la necesidad de sobrevivencia emergió como la principal preocupación de la organización y sus individuos, y en su intento por lograrla, el hombre lucharía por sus propios ideales sin encontrar otros caminos que el del nihilismo, el egocentrismo y el fanatismo, contentándose con pequeñas ganancias marginales mediante las cuales intentaba compensar acumulados sentimientos de frustración, ingratitud e incertidumbre. En nombre de la sobrevivencia, la marginalidad de las intenciones cobró vida, y la pérdida de espontáneos vínculos comunicativos, como producto de la erosión de los enlaces emocionales y afectivos, deshumanizó a la organización hasta el punto de empobrecerla moralmente y acallar la promesa del futuro.
Sin embargo, no es en la promesa de reconstrucción de este futuro en donde habitan los gérmenes de un nuevo despertar de la conciencia, sino en la posibilidad de reconstruir una realidad que aun cuando por su naturaleza hermenéutica seguirá siendo ficticia, posee la capacidad de encontrar eco en ajenas conciencias reflexivas, hasta hoy indiferentes a las narrativas particulares de los sujetos que conforman determinado ámbito social.
Paradójicamente, más que conducir a la construcción de una organización ficticia, esa conjunción de ficciones la impulsa hacia su autenticidad, y si bien es cierto que la coexistencia de múltiples realidades en un mismo espacio socio-contextual incrementará su exposición a la incertidumbre (para la que no existen códigos que permitan descifrarla), tal incertidumbre incentivará la construcción de un sólido tejido emocional y afectivo mediante el cual se puedan desarrollar redes de confianza y de cooperación.
Si los significados se basan en creencias e interpretaciones, el conocimiento práctico tampoco pudiera ser producto de ilustradas mentes solitarias, por lo que su utilidad solo podrá derivarse del contexto, es decir a partir del intercambio de narrativas históricas y argumentos. Desde esta perspectiva, la ambición ética que trasciende la modernidad solo puede manifestarse a partir de la interpretación como práctica empírica que antecede a la decisión y la acción, y esto conduce inexorablemente a repensar la organización desde nuevos conceptos y con nuevas bases ontológicas.
Los cuestionamientos postmodernos hacia la estabilidad, la certidumbre, la formalización, el control, el poder como dominación, la racionalidad individual y la función del lenguaje como vehículo transmisor de un discurso (más no como constructor de realidades intersubjetivas), demandan el abordaje de la organización desde una perspectiva constructivista a partir de interacciones simbólicas mediadas por el diálogo. Es así como la conexión de los aspectos cognitivos y emocionales marcará el devenir histórico de los sujetos que la conformen, y tal vinculación sólo podrá darse mediante un proceso de socialización a través del cual se armonicen saberes, se conjuguen identidades y se articulen relacionamientos.
Las organizaciones están llamadas a convertirse en comunidades interpretativas, las cuales no se construirán a partir de retóricas persuasivas, sino mediante el potencial argumentativo de sus integrantes. Por ello, desarrollar la conciencia más allá de dogmas religiosos, empujar hacia el diálogo para vencer los miedos y ampliar la capacidad de comprensión del diferente, se constituyen en condiciones necesarias para refundar la ética en los espacios organizacionales; una ética de la autenticidad narrativa, argumentativa e interpretativa, sin la cual no habría lugar para garantizar la continuidad histórica de cualquier sistema social, pues toda continuidad implica ruptura y desaprendizaje, demanda apartarse de la historia, y más aun cuando esa historia está repleta de negaciones e indiferencias que carcomen el sentido de vida, la fe y la esperanza.

Foro: Gerencia social en el contexto global


Promovido y organizado por la Dra. Luz Patricia Pardo, de la Universidad Colegio Mayor de Cundinamarca (Colombia), se realizó el foro virtual internacional "Gerencia Social en el Contexto Global", en el que Venezuela estuvo representada por el CIEG en la persona del Dr. Eduardo Pateiro como panelista, junto a la Dra. Zulma Santos (Colombia), Dras. Sandra Mendoza y Tania González (Ecuador) y Dr. Josias Arteaga (USA).


El foro forma parte de una investigación que adelanta la Dra. Pardo, cuyas conclusiones serán hechas públicas en el marco de la 1ª Jornada Internacional de Educación y Gerencia Avanzada, a realizarse los días 20 y 21 de Mayo 2011 en el Hotel Jirahara (Barquisimeto - Venezuela)

Identidad: motor de la aspiración ética

Las organizaciones constituyen constructos sociales que se encuentran atrapadas entre la fidelidad a las tradiciones (algunas ya deslegitimadas) y los nuevos valores emergentes. Su ubicación a medio camino entre estos extremos las hace complejas e inciertas, desencadenándose manifestaciones violentas que cada vez atentan más contra la libertad y la autonomía. En otras palabras, los fines de la organización parecen ser contradictorios respecto a los fines de sus miembros, quienes solamente sienten la necesidad de pertenecer a ella al considerarla como un medio para materializar sus intereses personales y familiares. Esto inclina a los individuos a asumir el papel de víctimas y los coloca al margen de una sociabilidad entendida como el principio rector de la vida humana.

Al igual que ocurre con el resto de sujetos “organizados” los gerentes también enfrentan múltiples desafíos que derivan de su lucha diaria entre las convicciones personales y las responsabilidades organizacionales asociadas con el cargo. A través del empleo de un poder de corte eminentemente instrumental, la gerencia ha permanecido estancada en la búsqueda del control y la efectividad, pero sin capacidad para aportar respuestas a las nuevas demandas sociales, configurándose de este modo una gerencia fría, calculadora y con escaso contenido humano, lo cual inadvertidamente atenta contra el logro de los objetivos gerenciales y organizacionales.

Ante todo debe recordarse que la naturaleza del ser humano ejerce una acción pendular entre la autonomía y la sociabilidad, y el tratamiento que le demos a ese largo recorrido marcará nuestro tránsito vital, desde el fanatismo y el radicalismo (en el extremo de la autonomía) hacia la construcción de lazos afectivos de carácter eminentemente dramatúrgico y circunstancial (en el extremo de la sociabilidad).

Paradójicamente, en este mundo convulsionado, las férreas convicciones personales no necesariamente conducen a su materialización, reflejándose así la enorme complejidad en la que nos hemos sumido. En mentes escasamente desarrolladas, esto pudiera interpretarse como el germen de continuas frustraciones y dislocaciones entre pensamiento y acción, pero en otras algo más reflexivas, las imágenes complejas del mundo adquirirán mayor riqueza al abrirse también el abanico de posibilidades que se presentan ante nosotros.

Es por ello que la complejidad del mundo está enraizada en la aventura de la vida, la cual solamente podrá intentar clarificarse a través de una conciencia crítica, de una identidad que fusione los indiscutibles valores humanistas (tolerancia, respeto, libertad, concordia, etc.) con la riqueza que emerge de la diversidad humana.

Esto demanda una nueva forma de gerenciar amparada en la autenticidad trascendente, es decir, en la adquisición de nuevas convicciones para el despliegue de nuevos horizontes que lleguen a ser permanentes en la conciencia reflexiva de individuos emocionalmente competentes y no solamente técnicamente capacitados.

Obviamente, este nuevo sentido gerencial quebranta algunas verdades que hasta los momentos han sido consideradas como incuestionables, pero el rumbo de los acontecimientos sociales, el despertar de una conciencia aletargada por la dominación instrumental, la cada vez menor disposición para seguir tolerando las obsoletas prácticas gerenciales que aún persisten, y el reconocimiento de las diferencias como núcleo central de la identidad cultural, obligan a otorgar un nuevo sentido a la acción directiva amparada en enormes dosis de conocimiento y de moralidad.

Como componente del patrimonio emocional del individuo, la identidad marca el punto exacto en el que nos encontramos con referencia a ese largo camino entre autonomía y sociabilidad, pero quizás lo más importante no sean las impresiones emocionales que puedan emerger ante determinadas circunstancias, sino la actitud que se tome ante ellas, la cual derivará en nuevos y profundos sentimientos que oscilarán entre la frustración y la esperanza, y que en todo caso son poseedores del poder para dibujar la realidad percibida, condicionar nuestras acciones y abonar el camino de la aspiración ética.

Quizás la historia de la humanidad haya puesto demasiado énfasis en intentar resolver problemas de significados y valores, pero más que enfrentar dichos problemas, lo que la actualidad nos demanda es aprender a conjugar los contrastes implícitos en tales significados, en los distintos valores que a final de cuentas son los que nos hacen diferentes y poseedores de una identidad propia que no por ello debe ser ajena a los intereses colectivos.

Sólo mediante la gestación de individuos libres y responsables, poseedores y conscientes de una identidad propia, podrá iniciarse el tránsito hacia el verdadero desarrollo humano. Sobre este particular la gerencia tiene muchas explicaciones que dar.

Identidad gerencial: el arte de ser diferentes


En la actualidad, ciertas cualidades resaltan sobre otras características con las que pudiera pretenderse definir nuestro mundo; cualidades extremas que condicionan el ejercicio de la vida en sí misma y que obligan a adoptar una postura responsable ante los profundos dilemas y contradicciones en las que la sociedad se encuentra atrapada. Tales cualidades definitorias no son otras que la complejidad, la incertidumbre y la violencia, las cuales también son representativas de lo que ocurre en el ambiente gerencial; constituyendo una camisa de fuerza para la innovación y el logro de los más altos objetivos empresariales.

Las organizaciones requieren un estilo gerencial que estreche su contacto con la realidad y que responda a las aceleradas transformaciones culturales que se están dando en el seno de la sociedad. Esta necesidad de adaptación demanda una nueva forma de pensar y actuar, amparada en la autonomía y la responsabilidad de todos los miembros de la organización y no solamente de sus gerentes; en otras palabras, la gerencia necesita algo que las defina culturalmente y que les proporcione el sustento de sus actuaciones.
El aparato gerencial sumido en la complejidad, la incertidumbre y la violencia, necesita responder a los grandes retos de la nueva gerencia, y para ello tres dimensiones deben considerarse: 1) el propósito de la información y del conocimiento; 2) el significado otorgado a la gente, y 3) la forma como se toman las decisiones.
En la conjunción de estos tres elementos se encuentra el ADN de la identidad gerencial, en otras palabras, la genética de una nueva forma de gestionar la complejidad y la incertidumbre, al tiempo que se reduce la violencia, tanto implícita como explícita, que padecen las organizaciones.
Estas ideas constituyeron el argumento central de la ponencia titulada: “Construcción de la identidad gerencial: el arte de ser diferentes” presentada en el Primer Congreso de Alta Gerencia en el Caribe (Curaçao, Diciembre 2010)

Jugo de naranja con ñapa


Siendo hija de las peculiares circunstancias que se forjan en el andar cotidiano, la picaresca no tiene límites, llegando a convertirse en una forma de vida que sin heroísmo ni santidad, responde a la monótona hostilidad de cada día.

Aun con la sensación de fracaso que le acompaña mientras dure su existencia, el pícaro aprende a vivir compartiendo la influencia de otras vidas sobre las de él, pero dedicando todos sus esfuerzos para que la suya transcurra de la mejor manera posible. De este modo, lo cotidiano es parodiado con sentido burlón, utilizando algunos elementos de la realidad que conjugan un poco de verdad y algo de fantasía.

El reclamo publicitario “Jugo de naranja con ñapa”, captado en una céntrica avenida de Barquisimeto (Venezuela), da buena cuenta de ello; confesión autobiográfica del hombre que intenta convencer a fuerza de ñapas, siendo éste el punto en el que centra el mensaje y marca la irresistible diferencia que invita a adquirir el precioso elixir de la anaranjada fruta. Según él, al viandante no le interesa si el jugo es dulce o ácido, recién extraído o diluido con agua; al viandante solo le interesa la ñapa; esa ganancia marginal sin trascendencia que está presto a aprovechar. ¡Cómo no hacerlo si viene con ñapa!

El “juguero”, por así decirlo, no sólo vive de exprimir naranjas, también extrae y condensa la sustancia moral y social del arte de vivir lo cotidiano, mostrando su ideal caballeresco en un vano intento por mejorar su condición social y dramatizando sobre sus buenas intenciones. Para ello, tras reconocer la debilidad de una sociedad que se deja atrapar por la ñapa, recurre a la astucia, aun sin trampas ni engaños, y satiriza con ella; irónico contrapunto de quienes no ven en el mensaje la oportunidad de calmar la sed, sino de aprovechar el regalo; algo que el pícaro sabe y que está presto a aprovecharlo para sí, quizás sin percatarse de que está ironizando sobre los valores sociales dominantes.

En la picaresca cotidiana, el protagonista de la historia no es el hombre de la calle, atraído por tan inesperado giro de la suerte, el protagonista es el pícaro complaciente que enfundado en el disfraz de la humildad y la benevolencia, da un zarpazo a la ingenuidad del caminante ofreciéndole algo difícil de rechazar, al mismo tiempo que genera simpatía.

Fullerías y embaucamientos que no convierten al pícaro en truhán, sino en golfillo dispuesto a sobrevivir recurriendo a su ingenio y picardía para asegurar su objetivo con el menor esfuerzo posible. Así, no hay evolución posible que cambie la historia, pero tampoco deja de ser personaje representativo de los aspectos más crudos de la existencia.

La ética: entre el saber y la conciencia


“La ética es la suprema expresión de la inteligencia humana”. Con estas palabras, Víctor Guédez no solo enaltece el poder de la ética para la creación y transformación a través de la racionalidad y la utilización del talento, sino que además conjuga lo moral con lo biológico, y lo racional con lo afectivo, logrando que el lector se percate de que la ética es conocimiento en sí misma.
Sin pretender abordar la ética desde su densa perspectiva filosófica, se aprecia que es precisamente en la dualidad cognición/emoción donde emerge la simbología de la realidad; por ello, no habría lugar para desligar lo cognitivo, de lo simbólico y lo moral, convirtiéndose la ética en ese tipo de saber que orienta el conjunto de acciones alejadas de la lógica formal, de lo normativo y de lo estructural. Por ello, la dimensión ética de cualquier acción incorpora la idea de voluntariedad, de libertad, de responsabilidad y de prudencia, pero también añade la idea de futuro puesto que al contrario de lo estético, lo ético no tiene cabida en la fugacidad del presente. Toda acción ética está orientada a contribuir a preservar la naturaleza humana; en consecuencia, la utilidad de todo conocimiento no es otro que el de contribuir a una vida mejor.
Sin embargo, no hay dudas sobre la distorsión histórica en cuanto a la utilización del conocimiento, al cual se le ha considerado como un objeto de mero valor económico; es decir, como un bien de intercambio comercial divorciado de las personas, de sus compromisos y de la interioridad del ser. De este modo, la cosificación del conocimiento ha derivado en una oscura deshumanización y a la sutil pero sistemática pérdida de la libertad y del principio de convivencia basado en la comprensión, la solidaridad y la justicia.
La vinculación entre conocimiento y libertad, irrumpe y configura el complejo escenario social contemporáneo marcado por el pluralismo y la diversidad, pero que en todo caso se ha construido al amparo de la ausencia de neutralidad del conocimiento, pues tal como sobradamente lo han planteado filósofos de la talla de Jürgen Habermas, la orientación de todo conocimiento está definida por los intereses racionales de quien intenta conocer.
De este modo, toda pretensión de conocer lleva implícito un propósito, entendiéndose fácilmente que la gestión del conocimiento no es más que la gestión de los intereses y las intenciones, convirtiéndose –por lo tanto– en materia de reflexión ética dado su poder para orientar la cotidianidad en el mundo de vida.
Lo anterior nos remite al concepto del saber ético, lo cual equivale al modo de orientar racionalmente la acción. Si como ya se ha discutido, toda acción deliberada deviene del uso del conocimiento, entonces y desde una perspectiva moral, gestionar la acción racional implicaría considerar las vertientes fundamentales del proceso de conocer y aprender, es decir: los intereses y las intenciones, pero en un escenario complejo esto no sería suficiente, pues obligaría también a mantener un equilibrio entre los intereses propios y los ajenos para crear la conciencia ética y reducir de ese modo la brecha entre las convicciones individuales y las responsabilidades colectivas. Tarea nada fácil pues para ello se requiere amalgamar la educación y el espíritu de progreso, con valores tales como la autoestima, la solidaridad y el sentido de justicia.
La deliberación ética habita entre el saber racional y la conciencia moral. Muchas preguntas pueden derivarse de esta afirmación, pero en todas ellas, el rol de la educación ocupa lugar privilegiado al momento de intentar encontrar las respuestas que nos aproximen a la construcción de la sociedad necesaria.

Ciencia sin conciencia


Quizás, el más sublime tributo del ser humano para la preservación y desarrollo de nuestra especie sea la generación y difusión del conocimiento científico. Generar ciencia constituye indiscutible homenaje a la capacidad humana de creación, y su difusión está enraizada en la esperanza de un mejor futuro para las actuales y nuevas generaciones.
Es bien sabido que la ciencia no ha sido capaz de encontrar respuestas a todas las preguntas, pero también es cierto que en esta época de desproporcionados relativismos, la mente ha iniciado viajes por peligrosos derroteros en compañía de pasiones sin rumbo, tristemente enfocadas a la sobrevivencia del día a día, que incluso llegan a debilitar la capacidad para formularnos tales interrogantes.
La ciencia es para creyentes y paganos, pero pareciera que la producción científica no tuviera destinatarios. De hecho, salvo honrosas excepciones, los pocos artículos científicos que se producen se escriben para salir del paso, como un requisito más que ha de superarse para satisfacer egos académicos; y es que la originalidad está deteriorada por la desidia y la intemperie a la que se han desterrado las fuentes morales implícitas en todo acto de creación, hasta el punto que la opinión propia, aun proveniente de mentes ilustradas, ha perdido espontaneidad y se encuentra desprovista de admiración.
Así, la ciencia no se ve fielmente reflejada en una cultura ciudadana que clama por encontrar respuestas a sus problemas cotidianos, y en ese vacío, el conocimiento popular sustentado en tertulias de esquina e intercambios digitales de escaso cuño, se erige como la base para la construcción social de interpretaciones y significados que alientan aun más el desánimo por la ciencia y neutralizan las escasas capacidades creativas que aún persisten.
Hoy día, lamentablemente, hacer ciencia es un acto reservado para personas valientes, decididas a traspasar los límites de la vanidad y capaces de situar el conocimiento en su verdadera esencia y justo sentido, pero mientras continúe reservada a ese pequeño grupo de valientes, costará mucho derribar las barreras cognitivas y morales que impiden la conformación de una cultura científica genuina, que convierta al ciudadano en el constructor de su propia realidad y que le permita depositar en ella las esperanzas de solución a sus problemas cotidianos.
La ciencia no puede estar alejada del hombre común porque él también tiene algo que decir. Ese ciudadano que sufre en su día a día necesita ser escuchado porque su conocimiento ha sido libremente obtenido, sin vanagloriarse por ello y sin almidonadas prácticas con las que, desapercibidamente, se le han restado oportunidades a la verdadera integración social.
Todo ciudadano es esencialmente educador, transmisor de valores y constructor de la sabiduría y conciencia colectivas. Por ello, nunca se podrá hablar de una legítima conciencia científica mientras no estemos dispuestos a trascender las fronteras de lo inmediato, pero también mientras los gobernantes no dejen de alentar la controversia mundana y, sobre todo, mientras los propios miembros de la comunidad científica permanezcan complacientes y ajenos al drama que representa la pérdida del interés por indagar, conocer, crear y argumentar.

La esencia del cambio organizacional: una cuestión de enfoque


Para intentar protegerse de los problemas, las personas tratan de evitar lo desconocido refugiándose en valores y hábitos que ya conocen; procuran hacer solamente aquello con lo que están familiarizadas, reaccionan contra lo nuevo y, en definitiva, se resisten a los cambios cualquiera sea su naturaleza.
Pretendemos crear una “zona de comodidad” en nuestras vidas, resultándonos difícil aprender o hacer cosas nue­vas. Nos duele cambiar nuestras actitudes, porque implica abandonar esa zona de comodidad. Lo que no nos resulta familiar se convierte en un obstáculo; pero si reflexionamos brevemente nos daremos cuenta que paradójicamente, el verdadero aprendizaje siempre ocurre fuera de esa zona de comodidad.
En un mundo en constante cambio, preser­var actitudes y creencias no es la mejor alternativa. Tenemos dificultades con lo nuevo hasta que lo aprendemos y ese paso nos impulsa a dar otro mayor, anhelando el desarrollo.
Las organizaciones anhelan el desarrollo como un instrumento para ganar terreno en su afán de ser competitivos. Los trabajadores desean el desarrollo personal como un elemento generador de nuevas inquietudes que se traducen en fuerzas de presión para obtener un mayor nivel de reconocimiento e incrementar el nivel en la calidad de vida.
Todos queremos el desarrollo; unos en mayor medida que otros y algunos, con intereses distintos de los demás. Sin embargo, alcanzar ese tan preciado nivel de desarrollo parece mucho más difícil y agotador de lo que pudiéramos imaginar, no tanto por la escasez de recursos o conocimientos, sino porque todas las organizaciones poseen cuatro características comunes que bien pueden interpretarse como barreras al progreso, obligándonos constantemente a cambiar de rumbo.
La primera característica corresponde a la complejidad interna. Las organizaciones son complejas porque sus procesos son complejos y porque poseemos una capacidad limitada para comprender y predecir la conducta de la gente. Además, a las complejidades de las conductas individuales, deben añadirse las complejidades de las conductas grupales.
La segunda característica se refiere a la sorpresa. Las organizaciones son sorprendentes porque, generalmente, la mejor opción para atacar un problema se convierte en fuente de nuevos problemas, haciéndonos difícil predecir los resultados globales de las iniciativas y decisiones; más difícil aún, es controlar las reacciones antes que surjan los conflictos de alto nivel.
El tercer elemento característico de cualquier organización es el engaño. Todas las organizaciones son engañosas porque son ellas mismas las que suelen encubrir los elementos sorprendentes. Lo que aparentemente luce como un todo armónico, en el fondo esconde un germen problemático que no saldrá a la luz hasta generarse el conflicto. Esto se agrava por el hecho de que en la mayoría de los casos, la cultura individual está reñida con la propia cultura organizacional.
La complejidad, la sorpresa y el engaño son los elementos que desencadenan la cuarta y más importante característica de las organizaciones: la ambigüedad. Ésta se manifiesta por la dificultad para identificar los problemas entre las múltiples interpretaciones que de ellos se derivan, así como por la presencia de metas divergentes, conflictos políticos y emocionales, en la negación de responsabilidades y sobre todo, en la inadecuada utilización de criterios para medir el éxito.
Ante el reconocimiento de la ambigüedad como característica, surge una pregunta difícil de responder: ¿cómo saber lo que realmente está ocurriendo en nuestra organización? A lo que habría que preguntarse entonces, ¿cómo alcanzar el desarrollo si no sabemos lo que realmente está ocurriendo?
Dirigir una organización que al mismo tiempo es compleja, sorprendente, engañosa y ambigua no parece ser tarea fácil. La historia demuestra que el centro de atención y guía para la solución de los problemas organizacionales, dependía del enfoque que la gerencia le diera a la relación causa-efecto. Dependiendo de las valoraciones y creencias de éste, los problemas y conflictos pueden ser manejados, atendiendo a cualquiera de estos enfoques.
Tenemos así, el enfoque estructural que enfatiza la importancia de las metas, las funciones y la estructura; el enfoque de recursos humanos que enfatiza las relaciones entre la organización y su gente como portadora de necesidades, sentimientos y prejuicios; el enfoque político que enfatiza el uso del poder, la negociación y el manejo de recursos como medios para lograr la cooperación; y por último, el enfoque simbólico que propone la necesidad de incrementar la confianza en los modelos, imágenes mentales y valores, como vías para imponer y preservar el orden.
Todos estos enfoques, aunque válidos en cuanto a su naturaleza y contenido, no aportan nada significativo si se les trata de manera única y excluyente. Las acciones que deriven de la aplicación del enfoque político, por ejemplo, no surtirán efecto si no se toman en cuenta los supuestos estructurales. Igualmente, el enfoque humano podría ser inútil si no se considera el enfoque simbólico o el político.
Esto nos conduce a interpretar el éxito o fracaso de la organización, como la respuesta natural a su capacidad para utilizar varias perspectivas al mismo tiempo, sin concentrarse en un único enfoque que restrinja la habilidad para moverse con creatividad y flexibilidad en un ambiente crítico y retador.
El desarrollo de una organización solamente será posible en la medida en que sepa reconocer los cambios y adaptarse a ellos. Para lograr esto hay que visualizar las oportunidades, consolidar la cultura e integrar armónicamente las perspectivas y enfoques que, aún cuando aparentemente pudieran lucir contradictorios, se nutren unos de otros hasta volverse complementarios.
En conclusión, gestionar el cambio en medio de la complejidad y la incertidumbre es un reto que sólo podrá ser afrontado por el líder que establezca claramente una dirección, que propicie la creación de equipos de trabajo de alto desempeño para la generación y el desarrollo de estrategias, que inspire confianza y que energice a la gente para sobrepasar las barreras políticas y culturales.
El líder no deberá limitarse a lograr las metas organizacionales, sino que debe ir en busca de resultados potenciales, procurando un cambio en la mentalidad de la gente para que sea flexible, adaptable, innovadora y orientada a trascender la familiaridad y rutina que se haya implícita en toda zona de comodidad.
La velocidad del cambio será mayor en la medida en que los gerentes ejerzan mayor liderazgo para armonizar saberes e intereses. Una gerencia fuerte con un liderazgo débil creará un tapón que no permitirá liberar las presiones organizacionales y que sólo conducirá a consolidar los vicios empresariales.
La esencia del cambio radica en el compromiso y la voluntad. Son éstas las únicas armas que necesitamos para avanzar con paso firme hacia lo desconocido. No es un problema de tiempo, ni de recursos, ni de capacidad; es, simplemente, una cuestión de enfoque.
Extracto del documento: “Manejo del cambio y la incertidumbre” ©2010 Eduardo Pateiro Fernández

El poder de la ficción: trascendiendo las fronteras del liderazgo

Cualquier acercamiento teórico al manejo de la diversidad humana en las organizaciones, comporta una referencia a la ficción que se halla implícita en toda interpretación; ficción que no debe ser entendida como falsedad o como algo opuesto a la verdad, sino como la representación de una realidad construida de forma autónoma y subjetiva, que alienta a su narración y argumentación ante las legítimas pretensiones por dotarla de veracidad y consistencia.

Toda organización constituye un escenario en el que convergen ficciones bajo la forma de creaciones mentales, fantasías, ilusiones y delirios a los que la racionalidad moderna se ha empeñado en desconocer. Bajo dicha lógica sólo hay lugar para una realidad hegemónica, escasamente dispuesta a razonar ante las contradicciones en las que se ha sumido; contradicciones de las que, por cierto, sólo intenta escapar recurriendo a sus propias ficciones perfiladas mediante acciones dramatúrgicas; por ello, la retórica de la modernidad alentó la desnaturalización del sujeto enmarañado en sus propias complejidades, negándosele cualquier posibilidad de formular juicios críticos al amparo de su propia y también ficticia realidad.

En este acontecer, el sujeto organizado pasó a constituirse en sujeto sumiso, obediente y silencioso, defensor de una tradición heredada, solitario y desprovisto del suficiente talante moral para actuar en función de una comunidad en la que no era capaz de encontrar su sentido de vida más allá del que le ofrecían sus profundos valores religiosos y familiares. No obstante, su carácter gregario pudo iluminar algunas zonas oscurecidas por el énfasis en la racionalidad instrumental, siendo capaz de crear nuevas ficciones, esta vez mediante la construcción de un capital relacional con el que además de intentar despejar sus dudas y vencer su soledad, le permitía tantear su poder en el entramado social del que forma parte.

Perdidos en la maraña de sus propias ficciones, los sujetos “organizados” buscaron refugio en convencionalismos cognitivos y morales, encaminándose progresivamente a la absoluta pérdida de autenticidad. Estereotipos culturales rápidamente difundidos por los medios de comunicación social, así como modelos de gestión ajenos al temperamento e idiosincrasia de la colectividad en la que hacen vida, fueron rápidamente adoptados y sustituidos por otros nuevos en una sucesión infinita de despropósitos bajo la premisa de lo necesario, lo útil y lo correcto.

La fragilidad del “yo” pasó así a convertirse en la fragilidad del “nosotros”, erosionando a su vez los vínculos sociales artificialmente creados, y debilitando aun más el sentido de vida; todo un ciclo recursivo del que brotaba la desesperanza, la desconfianza, el desentendimiento, la negación del otro, la injusticia, la insolidaridad y la exclusión. El liderazgo, en su vertiente más ortodoxa, comenzaba a naufragar.

Bajo este escenario y ante el miedo infundido por amenazas sociales, culturales, políticas, económicas y tecnológicas sobrevenidas de la racionalidad tecnocrática dominante, la necesidad de sobrevivencia emergió como la principal preocupación de la organización, pero en su intento por lograrla, los individuos comenzarían a luchar sin encontrar otros caminos que el del nihilismo, el egocentrismo y el fanatismo, contentándose con pequeñas ganancias marginales con las que intentaban compensar acumulados sentimientos de frustración, ingratitud e incertidumbre.

En nombre de la sobrevivencia, la marginalidad de las intenciones cobró vida, y la pérdida de espontáneos vínculos comunicativos, como producto de la erosión de los enlaces emocionales y afectivos, deshumanizó a la organización hasta el punto de empobrecerla moralmente, acallando así la promesa del futuro. Pero ahora sabemos que no es en la promesa de reconstrucción de este futuro en donde habitan los gérmenes de un nuevo despertar de la conciencia, sino en la posibilidad de reconstruir una realidad que, aun cuando por su naturaleza hermenéutica seguirá siendo ficticia, posee la capacidad de encontrar eco en ajenas conciencias reflexivas, hasta hoy indiferentes a las narrativas particulares de los sujetos que conforman determinado ámbito social.

Paradójicamente, más que conducir a la construcción de una organización ficticia, dicha conjunción de ficciones la impulsa hacia su autenticidad, y si bien es cierto que la coexistencia de múltiples realidades en un mismo espacio socio-contextual incrementa su exposición a la incertidumbre para la que no existen códigos que permitan descifrarla, tal incertidumbre incentiva la construcción de un sólido tejido emocional y afectivo mediante el cual se puedan desarrollar sólidas redes de confianza y de cooperación.

Una mezcla legitimada de significados auténticos y en consecuencia probablemente opuestos, no puede ser concebida desde la lógica de la modernidad. Si los significados se basan en creencias e interpretaciones, el conocimiento práctico tampoco pudiera ser el producto de ilustradas mentes solitarias, por lo que su utilidad solo podrá derivarse del contexto, es decir a partir del intercambio de narrativas históricas y argumentos. Desde esta perspectiva, la ambición ética que trasciende la modernidad solo puede manifestarse a partir de la interpretación como práctica empírica que antecede a la decisión y la acción, y esto conduce inexorablemente a repensar la organización desde nuevos conceptos y con nuevas bases ontológicas.

Los cuestionamientos postmodernos hacia la estabilidad, la certidumbre, la formalización, el control, el poder como dominación, la racionalidad individual y el lenguaje entendido como vehículo transmisor de un discurso (más no como constructor de realidades intersubjetivas), demandan el abordaje de la organización desde una perspectiva constructivista a partir de interacciones simbólicas mediadas por el diálogo.

Es así como la conexión de los aspectos cognitivos y emocionales marcará el devenir histórico de los sujetos que conformen cualquier espacio organizacional, y tal vinculación trasciende las fronteras de un liderazgo mezquino, atrapado en su propia complejidad, pues sólo podrá darse mediante un proceso de socialización auténtico y sin cortapisas a través del cual se armonicen saberes, se conjuguen identidades y se articulen relaciones, al amparo de las particulares ficciones que los individuos hayan logrado construir.